«Las uvas de la ira», una obra con eterna vigencia

Anoche conversaba con mi hijo de nueve años sobre los libros, y lo que estos podían representar en nuestras vidas si generábamos el hábito de la lectura y comprendíamos que a través de ellos podíamos vivir otras vidas, viajar a infinitos lugares, tanto reales como imaginarios, conocer otras culturas, comprender al ser humano, y hasta incluso, llegar a conocernos a nosotros mismos.

Con aquella conversación aún en mente, hoy terminé de leer «Las uvas de la ira», el clásico de 1939 del Nóbel de Literatura John Steinbeck, quedándome con esa sensación inequívoca de que uno no emerge de las aguas de ese libro, siendo el mismo que se internó en ellas.

La novela es una obra profundamente humanista, narrada con una naturalidad tan grande, que su lectura fluye como el agua que tanto escaseaba en el inicio de la obra, producto de la tremenda sequía que los granjeros del medio oeste americano debieron sufrir, como la que sobre el final de la misma, situados ya en el estado de California, cayó en tanta abundancia, que terminó anegando no solo los campos, sino también las vidas de miles de emigrantes, sumergidos en la más inhumana de las pobrezas.

Su lectura permite muchas interpretaciones, y quizás la primera que surja (o la más facilista) sea la político/económica, esa que atribuye todas las culpas de lo allí narrado, a las desigualdades provocadas por el sistema capitalista; algo que objetivamente no se puede negar pero, reflexionando post lectura, tiendo a creer que no fue precisamente ése, el enfoque que pretendió darle el autor a su obra.

Es cierto e innegable, que el sistema capitalista ha creado valor para unos a partir del esfuerzo, el sufrimiento y la opresión de otros, también es cierto que ha sido el provocador de algunas de las paradojas más dolorosas de la historia de la humanidad, como la existencia de miles y miles de hectáreas de campo improductivo, propiedad de grandes latifundistas, mientras miles y miles de familias, bien dispuestas a trabajar esa tierra con el único fin de poder sobrevivir, debieron (y deben) transitar junto a ellas con el dolor de la impotencia, la rabia de la injusticia y la incomprensión de semejante desigualdad.

Pero del mismo modo que no podemos negar estas horrorosas verdades, debemos aceptar también, que las contrapartidas socialistas o comunistas, aplicadas en varias naciones y en diferentes momentos de la historia, tampoco solucionaron estos temas, ni provocaron en sus sociedades una calidad de vida superior, a la generada por el capitalismo, aún a expensas de sus peores falencias. De este análisis, desprendo que la novela permite hurgar un poco más allá de esta primera interpretación, para entrar en terrenos un tanto más filosóficos, sociológicos, antropológicos y hasta, por qué no, religiosos (un tema omnipresente a lo largo de toda la obra).

«Las uvas de la ira» es una obra que desnuda magistralmente la esencia del ser humano en toda su amplitud, demostrando algo que tanto la historia como la filosofía han tratado en profundidad: que el hombre es tal (y se comporta en ese sentido), de acuerdo a sus circunstancias. Pero claro, no podemos dejar de ver que esas circunstancias terminan siendo, para cada individuo, algo así como el resultado de una rifa cosmológica, en la que su número siempre resulta acreedor: en algunos casos de premio y, en otros, de castigo.

¿Y cómo es esto? Sencillo, si en la rifa de la vida nos toca nacer en un entorno apropiado, seremos poseedores de las oportunidades necesarias para salir adelante y tener una vida digna, dependerá de nosotros lograrlo o no, pero el punto de partida jugará indefectiblemente a nuestro favor. Por el contrario, si por obra del azar universal, nos toca nacer en un contexto complejo, en el que por más que lo deseemos las oportunidades no existan, o dependan en exclusiva de una nueva cuota de azar o de la voluntad de terceros, pero no de nuestros inocuos esfuerzos, entonces nuestras circunstancias nos moverán en un sentido diametralmente opuesto al de los primeros.

Y esta dicotomía está presente a lo largo de toda la novela, con situaciones tan cotidianas como la búsqueda desesperada de trabajo por parte de aquellos que lo único que anhelan es comer (al menos una vez al día), o conseguir un humilde techo protector, pero chocan una y otra vez, contra un sistema que los repele y contra otros seres tan humanos como ellos, pero que dadas sus circunstancias, terminan sintiendo lástima primero, luego molestia, impaciencia, miedo y finalmente rechazo, y hasta en algunos casos odio, por esos inmigrantes indigentes, sucios, hediondos y molestos, que ruegan permanentemente por trabajo o comida, y que llegan para romper con la armonía de esa tierra y de sus vidas: ¡no tienen derecho!, esgrimen a viva voz. Por supuesto que no, la rifa universal no los premió, los castigó y deberán convivir con ese castigo, por el tiempo que duren sus desdichadas vidas.

Entonces, ¿es el sistema el que está mal, o es la esencia humana la que provoca finalmente esta asimetría?

Quizás ambas, aunque en definitiva los sistemas son creados por esos mismos hombres, incapaces de superar sus miserias y lo suficientemente avaros como para renunciar a sus privilegios, o para desprenderse de esa cuotaparte de sus pertenencias (que no necesitan en ningún aspecto) en pos de una igualdad, que pregonan de la boca hacia afuera, pero que en realidad no les importa, mientras sus circunstancias no se modifiquen.

Esta obra te duele, te interpela, te provoca, te obliga a reflexionar y a replantearte tu postura ante muchos aspectos sociales, pero sobre todo, te impide hacerte trampas en el solitario de la reflexión interna, lo que provoca indefectiblemente que te cuestiones muchas de las actitudes que tenemos a diario en ese modo automático en el que vivimos, en el que cada vez más, invisibilizamos todo aquello que no coincide con nuestras creencias o nuestro modo de vida, aunque lo que dejemos de querer ver, sean seres humanos iguales a nosotros, pero con suerte dispar a la nuestra.

Y justamente, creo que ése era el espíritu del autor: provocar, interpelar, promover la reflexión profunda e interna, individual, sincera, desprovista de sesgos e ideologías, cruda, realista y transformadora, muy lejos del dedo acusador que apunta hacia afuera, volcando las culpas en el sistema, en las minorías privilegiadas, en los hombres inescrupulosos, en aquellos que por necesidad se limitan a cumplir órdenes, o en todos aquellos que de alguna manera u otra participan de este mecanismo maquiavélico.

Por el contrario, pienso que Steinbeck quería torcer ese dedo hasta que nos apuntara a nosotros mismos, y nos obligara a replantearnos la forma en la que nos paramos dentro de la realidad que nos circunda, quería obligarnos a tomar partido, a no permanecer impávidos ante el sufrimiento de nuestros semejantes, como una solución posible (aunque poco probable) para una problemática que lo abrumaba y superaba en infinidad de aspectos. Algo así como una revolución silenciosa, que partiera desde las almas, pasara por los corazones, conquistara las mentes y finalmente se concretara en acciones.

Pero claro, décadas después, podemos comprobar que más allá de la evolución constante de nuestra especie, de los miles de avances logrados en las áreas más diversas, hay una esencia en el ser humano que permanece inalterada, aunque ello implique que las más atroces desigualdades, no solo se mantengan, sino que en realidad, se sigan acentuando en detrimento de millones y millones de personas en todo el mundo.

Los clásicos tienen ese poder: su vigencia se mantiene inalterable en el tiempo, quizás justamente porque desnudan nuestra esencia y nos provocan, nos aguijonean, nos perturban y nos persiguen, ya que una vez que los leemos, no podemos olvidarlos. Y cuando menos lo esperamos, en cualquier momento futuro, saltan en nuestra conciencia para recordarnos que por más que nos hagamos los ciegos, hay seres que están ahí, presentes, vivos e impotentes ante unas circunstancias que los superan, y todo, gracias (o por culpa) del azar.

Termino haciendo referencia al final de esta novela que me cautivó y me removió internamente, el autor logra emular aquí, una vez más a la vida y a la realidad, consciente de que aún en las peores circunstancias, el ser humano es capaz de provocar el cambio, que es capaz de crear luz en medio de la oscuridad, que es capaz de generar vida incluso desde la propia muerte y, en un epílogo que insiste en creer en el ser humano más allá de su esencia, siembra la semilla de la esperanza, de una de las formas más sublimes que se pueden imaginar y narrar.

Te invito a leerla, no te vas a arrepentir.

© José Luis Martínez Gadea

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