Helada blanca

La luna se ríe de mí mientras me observa desde su muda presencia, justo allí, suspendida entre las aristas de los edificios que se alzan delante de mi vista. Inmensos bloques de cemento, cuyos vértices, hundidos en la negra y espesa panza de la noche, dejan tras de sí cientos de puntos luminosos que perforan sus oscuras paredes. En cada uno de ellos, se tejen, en este mismo instante, historias de vidas que quizás jamás se conecten unas con otras.

Son mi única compañía esta noche. Todos ellos, más los escalofríos que ahora me asaltan y algunos recuerdos que aún acepto mantener, para no cortar definitivamente el nexo con lo que alguna vez fue una vida normal.

¿Cuántas veces me he preguntado qué es normal y qué no? Aunque al fin creo entender que nunca hubo, ni habrá, una sola respuesta para tal dilema. Poco me importa, el presente marca mi camino y trato de transitarlo un paso a la vez, sin apuro, sin destino y sin sentido.

El cuerpo, entumecido por el frío me va sumiendo en un estado de modorra, mientras mis ojos, que traspasan la leve bruma blanca que desciende y me envuelve entre sus gélidos tentáculos, se pierden en el recuerdo de un sol caliente, brillante y puro, que ilumina un par de ojitos celestes que me miran, enmarcados por rizos de oro y pecas de chocolate. Sonríeme una vez más, mi niña linda, entíbiame la noche con tu recuerdo, transmíteme el sonido de tu vocecita, no sabes cuánto necesito volver a escucharla…

Mis pies deben haber desaparecido, ya no los siento, en su lugar hay algo parecido a un leve ardor; mis manos dejaron de temblar y mi cuerpo empieza a experimentar una cálida y agradable sensación que me sumerge en un lánguido letargo.

Todo es lentitud, las luces se estiran en puntas, son estrellas, guías de luz que me marcan el camino hacia ti, mi niña linda. La luna es ahora una mancha clara, borroneada y sonriente, que se mezcla con imágenes extrañas, que no entiendo…

Tengo miedo, mi niña, pero otro miedo. Un miedo calmo, inerte, muy diferente al que sentí cuando partiste, éste es de hielo; aquel era de fuego, abrazador, desesperante y sofocante; éste es narcótico, liberador, aquel era paralizante y claustrofóbico.

Te busco, busco tu rostro de ángel, pero ya no te encuentro. Tu imagen se desvanece en mi mente, tu recuerdo se emborrona camuflándose entre luces, brumas y sombras. Floto, mi cuerpo ya no siente. Me desprendo, desgranándome en partículas diminutas que se esparcen, y con ellas exhalo mi último deseo: que volvamos a estar juntos dondequiera que estés. Sobre un fino cartón recostado a las gastadas paredes de un viejo edificio, apenas tapado por los retazos de una mísera manta, yace el cuerpo de un hombre socialmente invisible, cuyos ojos vacíos clavados en la profundidad de la noche, reciben un regalo largamente esperado, que desciende envuelto entre los mantos de una blanca helada.

© José Luis Martínez Gadea

2 comentarios sobre “Helada blanca

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    1. Hola! Bueno, no necesariamente, no sé si lo preguntas en forma metafórica, pero en realidad el cuento relata el final (por hipotermia) de un hombre sin hogar, que si bien pierde los lazos vinculares con su familia, no pierde los recuerdos, principalmente de su hija. Saludos y muchas gracias por tu lectura.

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