La vida en una botella

Un productor de vinos entrega su legado en cada botella que envasa. En ellas, no solo hay jugo de uva fermentado, hay trabajo duro, expectativas, riesgos, conocimiento, pasión, amor, dedicación, sufrimiento, alegrías, orgullo, tradición, suerte, esfuerzo, esperanza y muchos otros ingredientes más, que hacen a un todo que lo define.

La misma analogía podemos aplicarla a nuestra vida, imaginándola como una botella a la que llenamos a lo largo de su transcurso. Cuando nacemos, está completamente vacía y a la espera de que volquemos en ella cada una de nuestras experiencias.

Por supuesto, hay algunas reglas ineludibles en este ejercicio. No podemos evitar que alguna vivencia desagradable o no satisfactoria se incluya, porque allí se guarda todo lo que hagamos y, por otra parte, la capacidad de almacenaje, obviamente, es finita.

Recién cuando somos jóvenes empezamos a visualizar nuestra botella y a soñar con nuestro futuro. Tenemos tanto espacio por llenar, tantas posibilidades y tanto tiempo por delante, que podemos darnos el lujo de experimentar, probar y hasta errar, porque hay espacio suficiente para corregir sobre la marcha.

Luego, llega una etapa en la que somos finalmente conscientes que, como el productor de vinos, nuestra botella es, ni más ni menos, que nuestro legado, así que llenos de expectativas comenzamos a preocuparnos por que su contenido “valga la pena”. Estamos a medio camino, las expectativas son altas, no nos preocupa que la botella incluya algunas experiencias que no coincidan con éstas, porque aún hay tiempo y espacio para que el producto final sea tal como lo imaginamos y queremos. Navegamos, siendo plenamente conscientes de lo que queremos y lo que no.

Pero el juego no es fácil ni predecible, porque en definitiva, la vida tampoco lo es, así que las circunstancias (ayudadas por nuestras decisiones y acciones) hacen también sus propias movidas, alejándonos de nuestros objetivos. Mientras tanto, el tiempo sigue corriendo y nuestra botella llenándose.

¿Cómo queremos que sea nuestro legado? ¿Cómo pretendemos que se vea nuestra botella cuando finalmente la llenemos y miremos en retrospectiva?

Me hago estas preguntas porque son justamente nuestras decisiones y nuestras acciones las que van llenándola, aún más allá de las circunstancias que nos toque atravesar. ¿Estamos yendo en el sentido que pretendemos o estamos dejando que la corriente nos lleve? ¿Estamos ocupándonos con pasión, con amor, con dedicación, con esfuerzo, con conocimiento y con esperanza, igual que lo hace el enólogo, para que nuestro legado sea digno de nuestro propio orgullo?

No siempre somos esclavos de las circunstancias, al menos no definitivamente, más tarde o más temprano el camino que tomemos va a depender de nosotros mismos, de nuestra actitud, de nuestro valor, de nuestra resiliencia y de nuestro amor propio, para sobreponernos a las difíciles y para aprovechar las buenas rachas. En definitiva, somos los constructores de nuestro propio destino y los productores del vino que contenga la botella de nuestra vida.

El tiempo seguirá corriendo y nuestra botella llenándose sin pausa, por eso no nos queda otra que intentar que cada segundo valga y que cada momento vivido vaya en el mismo sentido que nuestros sueños y nuestros objetivos, para que podamos terminar nuestra producción, orgullosos de la cosecha que legamos.

© José Luis Martínez Gadea

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