La dictadura de los hijos

Nuestros hijos tomaron el poder y nosotros no opusimos resistencia.

Detrás de esta pasiva actitud como padres habita una de las emociones que más paraliza: el miedo. Un miedo que se gestó, probablemente, en nuestras propias infancias y adolescencias. Miedo que hoy se expresa como tal en nuestro interior, pero que en su génesis mutaba de forma en forma, yendo de la rabia a la frustración y de la impotencia a la rebeldía, entre muchas otras conformaciones que internalizábamos, a medida que convivíamos con nuestros padres y su propia (y muy distinta) forma de educarnos.

A la gran mayoría de quienes hoy somos padres de niños y adolescentes, nos educaron de una manera muy diferente a como lo hacemos nosotros con nuestros hijos. ¿Aquello fue mejor que lo actual? No necesariamente, pero muy probablemente sí fue más claro, contundente y efectivo. Porque en muchos aspectos, hoy le estamos errando y muy feo.

Entre fines de los años sesentas y el dos mil, eran muy pocos los que gozaban (siempre hablando de infancia y adolescencia queda claro) de tener un diálogo abierto con sus padres, y de encontrar una actitud de escucha atenta antes los diferentes deseos y demandas que expresábamos. Los límites estaban claros, los roles también y el respeto se inculcaba de tal forma, que lograba trascender sin problemas los límites del hogar. Y aquello, que hoy valoramos siendo adultos, no era precisamente música para nuestros jóvenes oídos, muy por el contrario, nos revelaba; pero fuera como fuera, acatábamos, no había otra, la autoridad estaba clara y bien marcada, la tenían los padres.

Esa necesidad de un diálogo más abierto, franco y cercano con nuestros referentes mayores, y principalmente con nuestros padres, fue gestando la búsqueda de un cambio en el relacionamiento padres/hijos, por una estructura más horizontal e implicada. Nosotros nacimos en otra época, distinta a la de ellos y nos horrorizaban muchas de sus anécdotas de la infancia, y del mismo modo en que hoy lo dicen nuestros hijos, repetíamos que no aceptaríamos un trato así, ni reglas tan duras y estrictas como las que a ellos les tocaron aceptar.

Nada nuevo bajo el sol, ¿verdad? El mundo avanza, los seres humanos avanzamos y las costumbres cambian.

En el afán de tener con nuestros hijos esa ansiada relación que no tuvimos con nuestros padres (al menos en la juventud), nos desbandamos. La bienvenida horizontalidad del diálogo, la escucha atenta a sentimientos, emociones y demandas (cada vez más demandantes, valga la redundancia) nos sobrepasó. Cuando nos dimos cuenta de que no teníamos herramientas (ni referencias válidas) para lidiar con tamaño cambio, ya era tarde.

Si prestamos atención al derrotero del ser humano a través de la historia, veremos que generalmente no transitó en línea recta, más bien fue haciéndolo a los bandazos, yéndose de un extremo al otro, hasta ir encontrando los equilibrios que le permitieran convivir, porque de eso se trata finalmente, de vivir en la mayor armonía posible los unos con los otros, tarea ineludible por tratarse precisamente de seres sociales.

Entonces, si a lo largo de miles de años de historia el hombre se comportó de esa manera, ¿por qué habría de hacerlo de otra en las últimas siete décadas? De hecho, no lo hicimos. Seguimos yendo de un extremo a otro, intentando encontrar el equilibrio. Pero claro, si ya de por sí es difícil controlar un solo cuerpo y una sola mente, vaya si lo será con una sociedad entera, por lo que los cambios, cuando menos, llevan décadas.

Con estos antecedentes llegamos a hoy y nos encontramos con varias problemáticas ligadas a un mismo origen: la familia y su rol en la sociedad.

La familia es una estructura y como tal, debe tener todas sus piezas en el orden y lugar correspondiente, de otra forma, se derrumba. Por otra parte es una organización social, por lo que debe regirse por determinadas normas (que incluyen obligaciones y derechos para todos sus miembros), que permiten una convivencia en paz y armonía, de otra forma, es inviable. Y como la familia es la base sobre la que se construye nuestra sociedad, todos sus problemas se transmiten proporcionalmente al conjunto.

¿Quién manda realmente en nuestros hogares? Porque si nosotros, los padres, no ocupamos el lugar que nos corresponde en la estructura, ésta se derrumba sobre nuestras cabezas y pasamos a vivir sobre los escombros de lo que alguna vez quiso ser una familia. Si no ejercemos nuestro rol de líderes en esa organización social tan particular, la convivencia se dificulta y los resultados pueden ser muy negativos, sin olvidar que luego los estaremos transmitiendo al conjunto de la sociedad, por pura inercia.

¿Está mal que tengamos un diálogo franco, abierto, cercano y atento con nuestros hijos? Pienso que no, y que ese es seguramente uno de los avances que logramos como generación, pero lo que sí está mal es que malentendamos esa horizontalidad que promovemos y que por culpa de ella, luego seamos incapaces de volver a ocupar nuestro puesto de autoridad al momento de tener que marcar límites, por ejemplo. ¿A qué le tememos tanto? ¿A que dejen de querernos? ¿A que piensen de nosotros lo mismo que pensábamos de nuestros padres a esa edad? ¿O a reconocer que aquel modelo que idealizamos en nuestros jóvenes sueños, estaba lejos de ser perfecto, o cuando menos, mucho mejor que el de nuestros progenitores?

Nadie nos enseña a ser padres, vamos aprendiendo a medida que avanzamos, tratando de errarle lo menos posible en el trayecto. Y así lo deben haber hecho nuestros padres y los padres de sus padres, etc., etc.. Pero hubo algo que ellos no hicieron y nosotros sí: deslindar la responsabilidad de educar a nuestros hijos en valores fundamentales y trasladarles la responsabilidad de tener que encontrar los límites que nosotros no les marcamos. Las consecuencias de nuestras omisiones están a la vista.

Los especialistas no se cansan de repetir que los padres no somos los amigos de nuestros hijos, somos sus padres. No estamos inscriptos en un concurso de popularidad y si la perdemos ante estos y sus pares, qué le vamos a hacer, son los gajes de nuestro rol. ¿O acaso no nos encerramos a llorar de rabia en alguna oportunidad en que nuestros padres no nos permitieron hacer aquello que tanto deseábamos? ¿Y luego qué, dejamos de quererlos, dejamos de respetarlos? Para nada, y más bien, todo lo contrario.

A mi me llevó más de cuarenta años darle las gracias a mis padres por todo lo que hicieron por mí, y tuve que hacerlo por escrito porque dudo que me hubiese animado a hacerlo de frente y mirándolos a los ojos, y lo hice después de asistir a una charla del Psicólogo Alejandro De Barbieri, en la que me hizo “ver” la importancia de retribuirles con un: “…gracias viejo, tarea cumplida”, por haber asumido la difícil responsabilidad de ser padres. Así que como bien dice De Barbieri, no esperemos que un niño, ni mucho menos un adolescente, venga a darnos las gracias por ponerles un límite y frustrarlos, todo lo contrario. Y si se enojan, se frustran y en su fuero íntimo juran odiarnos, quizás estemos haciendo las cosas bien y asumiendo el rol de responsabilidad que nos corresponde.

No es nada fácil, porque cada vez que les negamos algo, los frustramos o les marcamos un límite, no solo se lo hacemos a ellos, también se lo estamos haciendo a aquel niño o niña que fuimos y que no supo qué hacer con la frustración, la rabia o la impotencia, y por eso nos duele tanto. Pero no nos queda otra, porque si todas las estructuras familiares se derrumban, finalmente se derrumbará la sociedad y corregir eso demandará mucho más tiempo y esfuerzos. Tratemos de legarles un mundo en el que puedan desarrollarse y no uno en el que pierdan sus vidas tratando de enmendar nuestros errores.

Tengo mucha fe en el futuro, porque estamos a tiempo de corregirnos y porque ellos, nuestros hijos, son versiones mucho mejores de nosotros mismos.

José Luis Martínez Gadea ©

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: