El seudónimo

Cada vez que Ricardo terminaba de leer una novela de Antonio Peralta Díaz, se producía en él un enorme y profundo sentimiento de admiración, que luego se convertía en una fuerte envidia. Finalmente terminaba en una irrefrenable corriente de inspiración que lo obligaba a escribir sin parar hasta terminar de volcar sobre el papel la totalidad de la idea surgida.

Ricardo Martínez era aficionado a la escritura. Desde que a los 17 leyó la primera novela de Peralta Díaz, este se transformó, no solo en su escritor favorito, sino también en su máximo referente y principal inspiración. Todos los cuentos que escribió Ricardo surgieron de la lectura de Peralta. En cualquier momento una metáfora, un oxímoron o simplemente un diálogo podían despertar en él la chispa de la creación. Incluso llegó a ganar un par de concursos y a ser seleccionado en otros tantos, lo que nunca sintió como suficiente. Peralta Díaz era su sol, pero también su sombra y de ahí se alimentaba aquella envidia que, con los años, fue aumentando en forma paulatina sin que él fuera consciente.

Aunque Ricardo se sentía un buen escritor, odiaba, sin saberlo, el fuego que crecía dentro de él cada vez que quería escribir y no podía, porque la única forma era tomar un libro de Antonio y dejarse llevar por las palabras hasta que la chispa se encendía.

Los años pasaron y aquel ritual creativo se hizo carne en Ricardo, quien bajo ningún concepto podía escribir sin recurrir a dichos textos. Eso provocó algunos desajustes en el proceso creativo, llevándolo todo a un límite aún más difícil de manejar para él

Antonio Peralta Díaz publicaba un par de novelas por año: una a mediados de año y otra al final, que convergía estratégicamente con el aumento de ventas durante las fiestas, algo que su editorial tenía muy bien planificado y aceitado. Además de prolífico, era un éxito en ventas y un escritor muy respetado en su ciudad, a pesar de su bajísimo perfil, su fobia a las fotografías y su casi nula participación en actividades sociales y culturales.

Vivió toda su vida en el mismo apartamento, un segundo piso con vistas al frente, en el 820 de la calle Sagrada Familia, a pocos metros de la esquina con Coímbra, en pleno centro de la ciudad. A 40 minutos de allí, en una vieja casona ubicada en la zona residencial, vivía Ricardo con su madre: ella en la planta baja y él en la alta.

Desde que Ricardo leyó por primera vez “Una vida entre dos aguas”, ópera prima de Peralta Díaz, quedó subyugado a tal extremo por la virtud en la prosa de aquel escritor, que generó, entre otras, la costumbre de caminar por la ciudad hasta el Café Colonial, para ocupar allí una mesa muy bien ubicada junto a la vidriera del frente, desde la cual podía ver cómodamente las tres ventanas del apartamento 202 del edificio El Virrey, en el 820 de la calle Sagrada Familia.

Aquella costumbre se mantuvo en el tiempo, y a pesar de no cruzarse nunca con su gran referente literario, ni verlo tampoco asomarse a ninguna de las ventanas del apartamento, Ricardo disfrutaba del ritual que lo acercaba, a su manera, a la figura de aquel hombre tan admirado por él.

Pero las cosas habían cambiado. En los últimos dos años, Peralta Díaz había publicado tan solo un libro, y aunque se rumoreaba que tenía otro listo para lanzarse al mercado, ni la editorial ni los medios lo confirmaban. Este hecho, por sí mismo, no representaba ningún problema para nadie, excepto para Ricardo Martínez, quien no lograba escribir ni una línea, desde que había leído “El ocaso de un penante”, última obra publicada por el escritor.

Lo que en realidad complicaba su vida, no era la falta de novedades literarias, sino el lanzamiento de un concurso con motivo del bicentenario de la ciudad, cuyo primer premio llevaba el nombre de su padre Juan Carlos Martínez Ricardo. Interpretaba que no habría mejor homenaje a la memoria de su progenitor, que una historia con la que pudiera llevarse el máximo galardón.

Pasaban los días y, en la soledad de la planta alta de la vieja casona, Ricardo se afanaba en continuos intentos por crear aquel cuento que lo colocaría, al fin, en la consideración de toda la ciudad como un escritor de valía. Pero del mismo modo en que se acumulaban los papeles en el cesto, lo hacían también la frustración y la desesperación.

Las caminatas hasta el Café Colonial ahora eran diarias, las tazas de té en la mesa de siempre se sumaban; la puntera del costoso zapato derecho de Ricardo subía y bajaba sin cesar emitiendo un ritmo pertinaz que se acompasaba con la corriente eléctrica de su sistema nervioso. Estaba desesperado. No había novedades de Peralta Díaz, al menos para antes de la fecha de cierre del concurso, y ninguno de los ejercicios creativos a los que había recurrido, rindieron frutos que estuvieran a la altura de las circunstancias.

Una noche de insomnio fue tolerable, pero la siguiente provocó que las cosas llegaran a otro nivel. Así que esa mañana, luego de ducharse con la intención de devolverle a su rostro un poco de vivacidad, se juró a sí mismo que encontraría una forma de solucionar, de una buena vez, su problemática.

Se vistió con un traje gris claro, camisa blanca, corbata azul marino y un par de impecables zapatos italianos color negro, y partió lento pero decidido rumbo al café. Eran, cuando llegó a destino, las diez menos cuarto de la mañana. Se paró frente a la entrada del Colonial y justo en el momento en que se aprestaba a ingresar, levantó la vista y en el reflejo de la gran vidriera, vio las ventanas del apartamento 202, con sus cortinas habitualmente descorridas. La solución que tanto anhelaba acababa de golpearlo como un rayo. Era una apuesta arriesgada, sí, pero ineludible dada su actual situación. Giró sobre sí mismo y se encaminó a cruzar la calle con la meta de ingresar al edificio e intentar encontrarse cara a cara, con la única persona que, a esas alturas, podría ayudarle.

No encontró mayores obstáculos para llegar, se paró firme, ajustó las solapas del saco y alisó suavemente con ambas manos las tapas de los amplios bolsillos; luego, y con seguridad, golpeó dos veces con la segunda falange del dedo mayor, la perfectamente pulida y laqueada superficie de cedro colorado.

Instantes después, se abrió la puerta. No solo se pudo ver la agradable decoración del recibidor, sino también la desgarbada figura del reconocido escritor. Finalmente, maestro y discípulo, entelequia y ente, se encontraban cara a cara.

—Buenos días, estimado señor, permítame presentarme: mi nombre es Ricardo Martínez. Soy probablemente su más ferviente lector y admirador —dijo, al tiempo que ofrecía la palma de su mano.

—Muy buenos días, estimado amigo, cuénteme, ¿qué lo trae por aquí?

Ricardo, emocionado y sin mayores preámbulos, abrió su alma y le habló con total franqueza.

—Lo que necesito decirle puede resultar inverosímil, alocado y hasta quizás enfermizo, pero créame, por favor, que es la pura verdad sobre la situación en la que me encuentro, y de la que estimo, solo usted puede ayudarme a resolver.

—Muy bien —dijo el escritor haciendo una pausa para pensar sin soltar el picaporte de la puerta. Enseguida hizo un gesto lateral con el cuerpo, a modo de invitación—. Pase entonces. Vayamos al living, así puede explicarme en qué forma puedo resultar útil. Siga adelante por favor —dijo, señalándole al frente y acompañando a Ricardo hasta el sofá de tres cuerpos en el que lo invitó a sentarse, para luego dirigirse a un cómodo sillón Versalles desde el que se aprestó a escucharlo atentamente—. Y llámeme Antonio…

—Gracias, Antonio. Se me hace difícil encontrar una forma de empezar que no lo confunda. Llevo dos noches sin dormir y me juegan en contra ahora que pretendo hilvanar mis ideas —bajó el rostro como buscando foco, se acomodó en el sofá y empezó con su relato.

—El regalo que más atesoro de mi difunto padre (¡que Dios lo tenga en la gloria!) es el hábito y el placer por la lectura. Desde que tengo memoria, no encuentro mayor placer que perderme entre los estantes de las librerías, con la misma voracidad con la que un pirata busca tesoros escondidos. Así que a mis 17, en plena excursión a través de los largos pasillos del Ateneo, me encontré frente a frente con un libro que cambiaría mi vida para siempre. “Una vida entre dos aguas”, su primera novela, Antonio, terminó significando para mí varios descubrimientos. Descubrí su escritura, su prosa inigualable, su facilidad para transportarnos a lugares insospechados, en los que, sin su guía, nuestras almas se perderían sin remedio. Descubrí que las preguntas muchas veces nos enseñan más que las respuestas y que, para algunas, simplemente no hay respuestas. Y descubrí también, para mi gran pesar creativo, que podía escribir; que yo también podía encadenar ideas y palabras formando piezas originales. Pero este último descubrimiento no me ha sido gratuito, ha conllevado en sí mismo un gran dolor y una gran frustración, ya que lo que en un principio fue un mero juego creativo, un ejercicio divertido y eficaz, con el tiempo se transformó en una cárcel de la que no soy capaz de escapar por mis propios medios. Vea usted, cuando leía sus libros volaba, flotaba, soñaba y a partir de ese estado, generalmente también creaba. Antonio, su prosa ha sido mi musa, mi chispa creativa; sus frases, la mecha que encendía mi escritura. Tan solo bastaba empezar a leerlo y dejarme llevar por las palabras, para que tarde o temprano el fuego se encendiera. Y aquí arribo por fin, mi estimado Antonio, al problema que me aqueja y para el que no solo lo encuentro útil, sino y mejor dicho, la única alternativa de la que dispongo. Desde hace unos dos años, soy incapaz de crear ni escribir por la falta de novedades de su parte; ha paralizado literalmente mi producción. Esto no me complicaría mayormente, le soy sincero, si no fuera porque la municipalidad ha lanzado un concurso de cuentos, el más grande e importante de la última década, por cierto. Para colmo de mis males, le ha puesto nombre al primer premio, ni más ni menos que el de mi querido y difunto padre, Juan Carlos Martínez

Ricardo, hace una pausa larga, se inclina hacia adelante apoyando los codos sobre sus rodillas y el mentón sobre los dedos entrelazados de sus manos, cierra los ojos, respira un par de veces rodeado del silencio y bajo la atenta mirada de Antonio, levanta la vista hacia éste y retoma decidido:

—Antonio, necesito leer algo suyo, algo nuevo. Necesito sumergirme en su prosa para que mi fuego se encienda, se lo ruego, y discúlpeme el atrevimiento por lo que voy a pedirle: permítame leer el manuscrito del libro que se rumorea tiene listo para lanzar este fin de año. Es la única oportunidad que me queda para poder homenajear la memoria de mi padre con un cuento que sé que puedo escribir, y que confío estará a la altura para alzarse con el primer premio del certamen. Se lo ruego Antonio, por lo que usted más quiera, ayúdeme por favor —finalizó su pedido con la cabeza hundida entre las manos, entregado y sin atreverse a sostenerle la mirada a su referente.

Un largo silencio sepulcral se adueñó de la habitación, como negro presagio de lo que allí ocurriría a continuación.

—No puedo negar que su historia me tomó completamente desprevenido. Durante mi larga carrera como escritor he imaginado mil situaciones en las que los lectores interactuaban con mis libros, pero jamás se me ocurrió una como la suya, ni en mis sueños más extraños podría yo haber adivinado que alguien dependería de mí para crear. Créame que ha logrado sorprenderme, pero temo que la respuesta que voy a darle, no va en la misma dirección que sus deseos. Mi estimado Ricardo, sepa que no existe tal manuscrito listo para su publicación, porque cuando entregué “El ocaso de un penante” a la editorial, di por finalizada mi carrera como escritor. Perdóneme, lamento de verdad, no ser de la utilidad que usted espera.

Ricardo, que en ningún momento imaginó aquel desenlace, cerró los ojos y apretó fuerte la mandíbula mientras buscaba una forma de hacerle entender a Peralta que su respuesta, en las actuales condiciones por él narradas, era inaceptable.

 —Tiene que haber alguna forma —dijo Ricardo mirando el suelo con la cabeza aún hundida entre las manos—. Tiene que haber alguna forma, Antonio. Puedo entender, aunque me cuesta mucho, que no haya una obra o que no quiera escribir más, pero no por ello ha dejado usted de ser un escritor.

—Es cierto Ricardo, uno no deja de ser un escritor hasta que muere, concuerdo contigo, pero has pasado por alto el hecho de que esa chispa que tan bien describiste, me ha abandonado a mí también, quizás extinguida por tanto uso, o probablemente por la falta de interés en el mundo circundante, que ahora me embarga.

—¿Pero no tiene siquiera algún texto anterior no publicado, algo que me permita intentar inspirarme? —dijo Ricardo suplicante.

—Lamento confirmarte una vez más que no, nunca guardé textos sin terminar o que no encontrara a la altura del resto de mis creaciones, esa fue quizás, la única superstición que me permití como artista.

—¡Maldita sea, Antonio! —dijo Ricardo incapaz de contener la ira —. ¡Si no tiene nada escrito, póngase a escribir entonces! Deme algo para terminar con esta maldición que me embarga por su culpa, y deje de mirarme con esa compasión insoportable.

—Tranquilícese, Ricardo, hágame el favor y respete la tranquilidad de mi hogar. De esta forma no se solucionan los problemas, está usted perdiendo el control.

Ricardo, enfurecido por la pasividad y auto control de Peralta Díaz, siente esas palabras como un ataque directo a su persona, por lo que se abalanza sobre él tomándolo por el cuello con ambas manos y arrancándole del sillón en un mismo movimiento. Lo arrastra un par de metros y lo lanza sobre la mesa del comedor con todas sus fuerzas, amenazándole con el dedo índice de su mano derecha, directamente sobre el rostro.

—¡Basta! Tome pluma y papel y póngase a escribir algo que me inspire, vamos, no pierda más el tiempo, porque le juro que no respondo de mis acciones.

—Ricardo, por favor, trate de razonar, entienda que la creación no funciona de esta manera. He sido incapaz de escribir durante todo el último año, mucho menos podré hacerlo bajo estas condiciones. Tranquilícese, hombre, por el amor de Dios.

Ricardo ya no escuchaba nada. Enloquecido empezó a buscar papel y pluma para el aterrado escritor, que no daba crédito a lo que sus ojos veían. Ricardo tiraba todo a su paso, rompía lo que se le ponía por delante y a medida que avanzaba por la habitación su fuerza parecía crecer y sus ojos se inyectaban en sangre.

Antonio comprendió aquello y salió de su aletargado asombro para intentar detener y tranquilizar a Ricardo, aunque fuese por la fuerza.

—¡Escriba de una vez! ¡Escriba de una vez! ¡Escriba de una vez! —repetía Ricardo como un poseso.

Antonio tomó uno de los bastones de colección que guardaba junto a la estufa y golpeó con todas sus fuerzas la espalda de Ricardo. Y cuando se aprestaba a repetir el golpe, recibió una patada desde el piso, en forma de barrida, que lo hizo caer de espaldas bastón en mano. El golpe y la caída lo tomaron por sorpresa, pero no alcanzó a reponerse cuando se encontró con Ricardo sentado sobre su abdomen, sonriente y maldiciendo una y otra vez.

—Así que ya no puede escribir eh, ni tampoco inspirarse, entonces ya no me sirve para nada, ni le sirve a nadie más tampoco —le arrancó con ambas manos el bastón y en un rápido movimiento lo apretó con todas sus fuerzas contra el cuello y la tráquea de Peralta, que no podía con la fuerza descomunal que desplegaba Ricardo—. ¡Muera, Antonio, muera! Terminaré con la causa y también con la maldición. Seré libre al fin. ¡Libre al fin!

Peralta se debatía en intentos de quitarse el bastón del cuello, pero sus esfuerzos eran inútiles, fue perdiendo el aire y el control de sus movimientos hasta que finalmente su cuerpo se liberó de toda tensión, su alma ya no lo habitaba. Ricardo, al notar aquel estado en su víctima estalló en una tétrica carcajada, que detuvo en seco segundos después. Se levantó y empezó nuevamente a remover todo lo que veía, pretendiendo encontrar algún manuscrito oculto.

En ese estado de desesperación y locura absoluto estuvo al menos una hora, en la que nada encontró. Las lágrimas corrían por sus mejillas, del mismo modo que la frustración lo hacía por su torrente sanguíneo. Enfrentar el hecho de su incapacidad artística y creadora, era algo que ya no podía manejar, por lo que no tuvo dudas sobre el siguiente paso que debía dar.

Cuarenta minutos después de aquellos incidentes, los bomberos derribaron la puerta del apartamento 202 del edificio El Virrey, luego del llamado que los vecinos hicieron al ver el fuego que afloraba por las ventanas. Entre los restos, encontraron el cuerpo calcinado de un hombre al que días después, las pericias técnicas y forenses identificaron como Ricardo Damián Martínez Flores, y en una caja de acero, guardada dentro de uno de los pocos muebles que no fueron destruidos por las llamas, un sobre abierto, dirigido a Antonio Peralta Díaz, calle Sagrada Familia 820, apartamento 202, edificio El Virrey, en cuyo interior había una carta y un cheque por una cifra importante. En la misiva la editorial Buena Letra, le avisaba de un adelanto a cuenta por una novela a entregarse en agosto de ese año, para ser publicada antes de las fiestas, escrita por Ricardo Martínez bajo su habitual seudónimo de Antonio Peralta Díaz.

© José Luis Martínez Gadea

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