Palabras perezosas

A mis letras, y por ende a mis palabras, les caben las mismas generales de la ley que a cualquier mortal, ya que a veces, no siempre, se ponen perezosas, remolonas, quejosas y retraídas, por lo que les cuesta salir a la luz y mostrarse ante todos como generalmente lo hacen.

Durante esos periodos, tiendo a desaparecer como autor, como guía o domador de palabras, porque no tiene sentido forzarlas cuando no quieren trabajar. Soy respetuoso de sus momentos, pero más que nada de sus ánimos, porque he aprendido en el tiempo que con palabras obligadas no se escribe bien, por más que te esfuerces —y las fuerces—, se notan pesadas y con malas ganas de estar ahí, donde uno se empeña en colocarlas. Podría decir incluso, como ejemplo, que hasta ponen mala cara para la foto, arruinándola.

Así que las dejo haraganear todo lo que quieran, no me estreso, pero tampoco les quito la vista de encima, porque sé, que en cualquier momento también se cansarán de no hacer nada y volverán renovadas a pedirme que las vuelva a escribir.

El otro día cumplí cuarenta y siete años, y entre otras cosas que he estado reflexionando, me percaté de que tengo mucha más paciencia que antes para la mayoría de las cosas que me involucran directa o indirectamente. Supongo, que la paciencia se gana con los años vividos y con la práctica —muchas veces forzada— de ese arte, al que llegas no solo a dominar, sino también, a disfrutar.

Cuando somos jóvenes, somos atropellados, belicosos, ansiosos, impacientes y precoces, desbordamos energía vital y en el afán de tener, de poseer, de hacer, de conseguir o de alcanzar, muchas veces arruinamos la experiencia de hacerlo, o en otras palabras, nos enceguecemos tanto con la meta que no disfrutamos el recorrido. Y eso aplica a la vida, a las relaciones, al trabajo y por supuesto, al arte.

Mis letras y yo nos conocemos desde muy jóvenes, hemos atravesado todo tipo de etapas y atravesaremos seguramente muchas más, y en ese largo trayecto hemos aprendido a respetarnos y a darnos nuestro espacio, porque sabemos por propia experiencia, que en tierra agotada no crece nada fuerte.

Así que este tiempo en el que no publiqué nada nuevo, no fue por inconsistencia, dejadez o falta de disciplina, todo lo contrario, me dediqué gustosamente a darle su espacio a mis palabras y me relajé viéndolas holgazanear.

Y la práctica del arte de la paciencia finalmente dio sus frutos, que irán apareciendo aquí oportunamente, como siempre.

Un fuerte abrazo para todos desde San Fernando de Maldonado, Uruguay. Y el deseo de que tengamos un mucho mejor 2021. ¡Salud!

José Luis Martínez Gadea ©

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