La cuarentena que nos parió

Flotamos como fetos dentro de nuestras placenteras casas, sumergidos en un letargo lento y extraño, a través del cual, la cuarentena nos está re-gestando.

Renaceremos, no cabe ninguna duda.

Cuando acabe este periodo y veamos nuevamente la luz, saldremos al exterior siendo “otros”, diferentes a aquellos embriones que fueron introducidos a prepo dentro del ¿protector? útero de nuestros hogares.

En apariencia, transitamos este proceso en forma inconsciente, como adormecidos por el tibio calor del hogar y la pasmosa lentitud del devenir de los días, mientras nos perdemos entre el aburrimiento y la inevitable realidad de tener que encontrarnos con nosotros mismos.

Pero en realidad, el proceso es, o debería ser, muy consciente y durante el tiempo de gestación tendríamos que ir visualizando los cambios que en nosotros se van produciendo. Pero ¿tenemos los ojos y la mente lo suficientemente abiertos como para apreciar el fenómeno?

Mirar hacia adentro debe ser una de las cosas más difíciles para cualquier ser humano, tomarnos el tiempo para observar atentamente desde una perspectiva que nos permita comprender lo que vemos —sin teñirlo con nuestra forma natural de “entender” el mundo y nuestra realidad—, para quizás de esa forma poder aprender sobre nosotros mismos, y por ende, provocar los cambios que entendamos necesarios para crecer o, por qué no, renacer.

Y justamente, tiempo es lo que nos ha regalado esta cuarentena. Y no cualquier tiempo, sino uno en el que, desde el confinamiento, nos obliga a vernos, frente a frente, con nuestros propios demonios, esos a los que fácilmente ocultamos cuando nos dispersamos entre tareas y actividades de todo tipo, esos que desaparecen sí, pero que afloran una y otra vez, cada vez que osamos detenernos.

Así que en esas estamos, recluidos, encajonados, aislados y finalmente, a solas con nosotros mismos, el tiempo suficiente como para que no podamos obviar mirarnos y ¡ver! Sea lo que sea y nos guste o no lo que veamos.

Estamos aprendiendo a valorar muchas cosas a las que pasábamos por alto, estamos re-entendiendo el poder de los vínculos, estamos recuperando la sensibilidad al contacto humano, ante la falta del mismo —sobre todo con aquellos a quienes queremos, pero por ahora no podemos—, estamos empezando a comprender que hay cosas en nosotros que deben cambiar, aunque ello no necesariamente signifique que lo vayan a hacer, estamos experimentando en carne propia lo mal que nos comportamos con la naturaleza y las consecuencias que ello puede acarrear, estamos asistiendo a una revelación, en la que vemos claramente que hay muchas cosas que no pueden seguir como venían, que hay cambios que urgen, que hay hábitos y costumbres que debemos modificar, por conductas más sanas para con nosotros mismos y para con la sociedad y el planeta todo.

Pero ¿estamos a la altura del aprendizaje recibido y de las acciones que se esperan de nosotros, tanto como individuos como sociedad?

No podemos cargar con tamaña mochila solos, por supuesto, pero tampoco hacernos los distraídos y mirar para el costado como si de nosotros nada dependiera. Depende mucho y dependen muchos de nuestras actuales y futuras acciones. Ojalá tengamos la intención, la visión, la claridad, la fuerza y la voluntad, para aprender primero y cambiar después, todas esas cosas que esta cuarentena nos está obligando a enfrentar.

Nuestro tiempo llegó, estamos siendo llamados a actuar, es reclamada nuestra responsabilidad al respecto y no tenemos alternativa, más que aprovechar este tiempo divino que nos han dado, para demostrarnos que podemos y que cuando llegue el momento del alumbramiento, ¡renaceremos!

Y que lo haremos, siendo una mejor versión de nosotros mismos.

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