El facón del abuelo

A las siete de la tarde, Ramón ya no era Ramón. Con las tripas quemadas por el alcohol y subido a la calesita de un mundo que no paraba de girar, arrancaba lento y como podía, rumbo al rancho. Llevaba años ahogando las frustraciones en caña barata. Las changas que le salían, apenas le daban para mamarse y arrimarle algún mango a la patrona para la comida. 

«La gorda es maga —pensaba mientras caminaba agarrándose cada tanto de algo—. Siempre se las arregla pa’que haya un plato pa’mi y pa’las gurisas. Ella ni sé si come, ni cómo hace. Pero bien que se mantiene gordita la yegua, se ve que alguno le llena el buche mientras yo la peleo. Si no estuviera tan mamao, la cazaba del cogote y la hacía cantar con quién me encaja los cuernos. Pero, así como estoy, mejor me voy p’al catre y no me complico».

Ramón tenía dos hijas, una de 14 y otra de 9 y una mujer que valía por dos, pero que a estas alturas ya estaba cansada de luchar contra la miseria y la bebida. Él no fue siempre así. Cuando lo echaron del abasto, porque iban a cerrarlo, no le supo encontrar la vuelta a la nueva situación. Por ahí se dijo que empezó a enredarse con gente complicada, que se deprimió de a poco y que de a poco también empezó con la bebida. 

Este último año apareció con algunas reacciones nuevas en él. Al principio, la insultaba cada vez que ella le reprochaba la bebida y las juntas. Hasta llegó a tirarle algún cachetazo al vuelo, que no llegó a destino, pero que marcó un cambio grande en su actitud. Su esposa lo quería, lo quiere, o en realidad quiere a aquel que quería. Y se niega a perder la esperanza de encontrar una forma de ayudarlo, pero no sabe cómo. Él tampoco se deja. La gurisa grande se le ha puesto de punta un par de veces, se niega a aceptar que su padre esté como está y que su madre le aguante las borracheras, los insultos y el destrato. «Los jóvenes tienen otra cabeza por suerte —dice siempre la mujer—, a ellos no te los llevás por delante así nomás». Y la más chica no dice nada, nunca dice nada, pobre, desde que Ramón está agresivo la niña se ha retraído muchísimo y se pasa las tardes enteras sumergida en sus libros de historietas, o en la casa de sus amiguitas. 

Tambaleándose, como casi siempre, Ramón entró por la portera y se enredó con el perro que salió haciéndole fiesta. Le encajó una patada en la panza, mientras le escupía una puteada de aquellas y se lamentaba por criar bichos bobos. El animal se metió en la cucha entre alaridos de dolor. 

En medio del alboroto, la mujer se asomó a la puerta y se encontró de frente con el mamao, que hedía como mechero berreta. 

—Ramón, ¡mira cómo estás, das lástima hombre! ¿Qué le hiciste al pobre perro que rajó a los alaridos? 

—Correte y dejame entrar —la hizo a un lado con el brazo—. No me rompas las bolas con el bicho e’mierda ese. La próxima vez que se me atraviese, le parto un fierro en la cabeza. 

—Pobre perro, como si él tuviera la culpa de que vengas mamao todas las noches. 

—Mirá, haceme el favor y andá callándote la boca, si no querés que haya fierro pa’vos también. ¿Qué hay pa’comer? ¿Ta’pronta?

—Venís cuando querés, borracho hasta las patas y encima apurao por la comida. A ver, ¿cuánto trajiste hoy? Porque pa’mañana no tengo nada y a las niñas hay que darles una leche con pan, aunque sea. 

—¡Ja! ¿La señora precisa plata? No hay. Hoy no hay un mango. ¡Ta! Y si querés comprarles la leche a las niñas, pedile la plata a ese que te mantiene el buche lleno y la panza bien redondita. ¡Gorda!

—¿Qué mierda te pasa, Ramón? ¿Ahora resulta que te meto los cuernos también? Sabes qué, hijo de puta, me paso agarrando cada limpieza que me sale para que podamos comer y mantenernos, aunque más no sea. Y mientras, espero y sueño con que consigas un trabajo y te cures hijo de puta. Porque estás enfermo, Ramón, ¡estás enfermo y sos el único que no lo ve!

Se toma la cara y estalla en un llanto ácido, que tenía atragantado desde hacía tiempo. Ramón, mirándola con una expresión entre apenada e indiferente, recibe un golpe desde atrás, en la cabeza. Se da vuelta sorprendido y trastabillando. Su hija más grande, con la cara empapada y los ojos rojos de dolor, arremete contra él con golpes desesperados y a los gritos.

—¡No te metas más con mamá! ¡Dejá de cagarnos la vida y andate de casa! ¡Sos un monstruo! ¡Sos un mons… —. No alcanza a terminar la frase porque un puño cerrado le asesta de lleno entre el labio superior y la nariz. Ramón la deja en el piso, envuelta en un charco de sangre. La mirada de su hija le revuelve el estómago y no puede contener el vómito. —Todo es un desastre. 

La niña grande sigue llorando, tirada en el piso, llena de sangre; la más chica acurrucada en el rincón de su pieza, se tapa bien fuerte los oídos con las manos y aprieta sus ojos y sus dientes; el perro escondido en la cucha, mira hacia la puerta con miedo al castigo, y la mujer, presa de una locura impotente arremete a patadas y trompadas contra él, que se la saca de encima con un solo golpe.

—¡Ya no se puede estar en esta casa carajo! —grita con el puño en alto—. Lo único que me faltaba es que vengan a pegarme también. Mucho cuidado eh, no se hagan las locas porque les pelo la coruja a las dos y se terminan los reclamos de una. ¡Acá mando yo carajo! Y se hacen las cosas como yo digo, y si no les gustan, se pueden ir bien a la mierda las dos, ¿ta’claro?

—¡Vos no sos Ramón! —grita la mujer desde el piso—. Sos un borracho mal hecho, que se pasa el día entero lamentándose. ¡Inútil! —se para y lo enfrenta—. No servís como padre, ¿no ves que tu hija te odia, de tanto verte mamado y de tanto ver cómo destrozas tu vida y la nuestra? —lo empuja—. No servís como marido tampoco, inútil de mierda, tengo que aguantar que vengas borracho y sucio todas las noches, que te tires en la cama sin bañarte, vestido. Que te despiertes de madrugada y empieces a manosearme como si fuera una puta barata. ¡Basta Ramón! Estás enfermo. Ya no sos el hombre del que me enamoré, sos un inútil que no ha hecho otra cosa que arruinarnos la vida. —lo toma de la ropa—. No servís para nada… carajo… no… servís… para… nada… —cae sobre sus rodillas con el llanto cortándole la voz y se acurruca sobre sus piernas, dejando escapar un mar de lágrimas contenidas durante años de silencio cómplice.

Mientras tanto, él, paralizado por las palabras de su mujer, por el llanto y la sangre de su hija y por la cantidad de veces en que la palabra inútil acababa de apuñalarle el alma, arrancó desesperado rumbo a la cocina, abrió el cajón de los cubiertos y revolviendo con las manos temblorosas y la mente confusa, empuñó con fuerza el facón del abuelo.

La mujer y la niña que escuchaban el choque de metales en el cajón, se abalanzan sobre la puerta de la cocina como queriendo impedir una desgracia. Pero Ramón, que ya no era Ramón, había salido hacia el fondo por la puerta trasera y estaba parado debajo de la higuera, como una sombra, apenas recortada por el brillo de la luna llena y con el facón del abuelo empuñado firme en la mano derecha. 

Las dos mujeres gritaron al unísono y el grito, que sonó como un aullido desgarrador, fue a partirse de lleno contra el perfil de un Ramón abatido. Giró sobre sí mismo, las miró fijo por un par de segundos y les gritó con todas sus fuerzas.

—¡Ya está carajo! Vivan sus vidas tranquilas, que el inútil este se va la mierda y las deja en paz.

Levantó la mano y se asestó un corte rápido en la garganta, certero, limpio, propio de alguien que manejaba a la perfección el cuchillo. La noche clara se devoró los gritos desesperados de dos mujeres, que, hincadas bajo la sombra de una higuera, acariciaban con rabia los pelos crespos de una cabeza inerte y golpeaban el cuerpo deshabitado de un hombre, que cada tardecita, dejaba de ser el hombre que conocían para transformarse en un ser que solo acarreaba desgracias. Mientras tanto, sobre el frío y húmedo césped de la noche, aún caliente la empuñadura y manchada la hoja con la misma sangre que una vez lo legó, bajo la inquieta luz de la luna, brillaba el facón.

José Luis Martínez Gadea ©


Este cuento fue seleccionado en 2019 para integrar la primera edición del libro “Historias de mi pueblo”, editado por el Municipio de San Carlos, departamento de Maldonado, Uruguay.

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