El rojo no es rojo para todos

Mi esposa se queda en la cama siempre un rato más. La miro unos segundos y con ello completo mi pequeño ritual de los buenos días, el beso vendrá después, más tarde. Al poco rato, ya estoy sumergido en cuerpo y alma en mi actividad y todo lo que sucede conmigo y a mi alrededor, pasa a formar parte de una costumbre.

En ese estado de inmersión, no reparo en detalles, vivo en piloto automático, atendiendo únicamente las cuestiones importantes. Pero hoy, y para mi tormento, entiendo que son precisamente esos detalles, los que hacen que esta vida merezca vivirse plenamente. Una sonrisa, un gesto, un roce de pieles, un contacto entre manos, un rezongo, un consejo, una mirada cómplice, un abrazo, una lágrima, una broma, un problema, una solución, una discusión, una caricia, un te quiero. ¿Qué se yo? Todas esas cosas que obviamos cuando estamos sumidos en aquello que creemos (erróneamente) que es más importante. 

Recuerdo bien que era un día gris, muy húmedo e incómodo; fuera del apartamento, frías garúas arreciaban cada tanto, mientras que adentro, el cuerpo te daba permanentes muestras de no estar conforme con el clima. Ella me comentó lo que había pensado preparar para el almuerzo, y calculo, que habrá recibido como respuesta una de mis muecas silenciosas que no significaban absolutamente nada. Luego despertó a las mellizas y poco rato después, salió a hacer las compras. 

El teletrabajo me ha permitido estar en casa y ser partícipe, aunque a veces lo haga en modo distraído o desatento, de toda esa serie de rituales que conforman la vida familiar, pero justo ese día, me encontraba muy complicado con la entrega de un trabajo, las mellizas habían amanecido especialmente activas y no me dejaban concentrarme como debía, así que opté por la salida más fácil y les permití ponerse a jugar con la playstation, a pesar de saber que la norma establecida en común acuerdo con mi esposa, lo prohibía expresamente en las mañanas. A su arribo de hacer las compras, la cara de reprobación fue automática y la discusión que se produjo entre miradas de fuego, voces bajas y murmullos entre dientes fue, como mínimo, fuerte. 

Almorzamos los cuatro como siempre, pero dos de nosotros, mostrábamos rostros más largos y agregábamos silencios más pronunciados que los acostumbrados; las niñas no descifraban aquel código, comían entretenidas, con sus mentes aún seguían inmersas en el juego virtual. Ese día no fui a llevarlas al colegio, enseguida de comer volví a internarme en mi trabajo. Me despidieron con dos alegres y siempre dispuestos besos en la mejilla, y mi esposa, con un leve contacto entre labios, tibio, no frío, pero tampoco sentido, casual, cotidiano y sistemático.

Mi memoria sólo trae aquella sensación de frío que no me abandonaba a pesar de la calefacción, aquella incomodidad de cuerpo que sentía desde la misma mañana, quizás presagio de un fin de jornada que como en un degradé, iría oscureciéndose desde el gris claro, hasta quedar grabado en negro para el resto de mis días. 

El teléfono sonó un rato antes de las seis. Una voz grave, fría y húmeda como el día, repetía desde el otro lado de la línea, una serie de palabras que mis oídos se negaban a dejar entrar. Desconozco cuánto tiempo me llevó reaccionar y apenas empezar a comprender que aquel beso leve, tibio y sistemático que nos dimos al mediodía, había sido el último. Apenas podía siquiera empezar a comprender el abismo que se acababa de abrir bajo nuestros pies, ni mucho menos podía ser consciente de que a partir de esa llamada, mis mellizas y yo tendríamos que aprender de nuevo a caminar y a transitar una nueva vida, acompañados de un vacío que jamás se llenaría.

Nunca sabremos al levantarnos cada mañana, si a las cinco y media de la tarde, o a cualquier otra hora, el color rojo de una luz suspendida en las alturas de una esquina, tendrá el mismo significado para unos que para otros, y que esa simple interpretación cromática pueda terminar provocando daños irreversibles en la vida.

Desde ese día me hago siempre la misma pregunta: ¿por qué el rojo no es rojo para todos? Pero no hay respuesta, nunca la habrá. Tan sólo hay silencio. Silencio y vacío.

4 comentarios sobre “El rojo no es rojo para todos

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  1. Buen trabajo. Los daltónicos tenemos ese problema, no sabemos si vemos verde esperanza o rojo de alerta. En efecto, al final solo queda vacío, pero mientras eso llega que un buen relato no nos falte. Un saludo especial para ti!!!

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  2. A lo mejor , yo soy daltònica de corazón. Entiendo ese momento en el que de pronto todo llega a una cómo clarividencia, de lo que podemos disfrutar y no he sido consciente. Quizá despierta?! A mí me ha gustado ese primer contacto con tu mujer, esa transicion del día y cómo se va hilando todo. Me gusta cómo escribes. Y perdona si no paso amenudo. Bueno, ya lo he repetido tantas veces que perderá valor así que ahora que me sigues te tengo localizado. Un saludo!!

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