Sobre el libro: Matar al mormón

A partir de este año voy a anexarle a mis Letras Fernandinas las reseñas de los libros que iré leyendo, con la idea de compartir mis puntos de vista sobre los contenidos de cada obra. No pretendo hacer aquí estudios técnicos sobre los títulos, ni entrar en detalles exhaustivos sobre los contenidos y sus autores, más bien compartir esas sensaciones que toda obra literaria deja en nosotros, con toda su carga subjetiva obviamente, pero dando mi visión al respecto, expresando mis propias reflexiones y promoviendo, quizás, que puedas contrastarlas con las tuyas, si es que decides leerlos tú también.

Empiezo entonces con el primer libro que acabo de leer empezando el año: “Matar al mormón: La inseguridad pública, el narcotráfico y el magnicidio que impidió la DEA” de Gabriel Pereyra.

“Matar al mormón” nos interpela a todos, sin excepciones. Si hay algo que te queda claro luego de su lectura, es que la seguridad es un tema que nos involucra a todos los ciudadanos y del que, en realidad, sabemos muy poco, por no decir nada. El autor denuncia una realidad que duele enfrentar, que nos desborda completamente y de la que, evidentemente y a ojos vistas, hemos preferido ignorar sus verdaderas causas, quizá con la falsa ilusión de que con ello nos pegue menos, o que por no pensarlo parezca no existir.

Pero existe y es la realidad que vive buena parte de nuestra población, que desde la periferia de las ciudades y sumida en la máxima pobreza, se debate como puede entre carencias materiales, afectivas, culturales (en el más amplio sentido de la palabra), educativas, afectivas y espirituales.

Aprendí con este libro que es la pobreza justamente, una de las claves de la problemática que vivimos en cuanto a seguridad pública, pero aprendí también, que el problema es, a estas alturas, tan grave y tan profundo, que ya no basta con el asistencialismo que pretende “aliviar” esa pobreza, ni basta tampoco con trabajar en políticas que la reduzcan; la cuestión es ya tan amplia y profunda que requiere de acciones en varios niveles y estrategias específicas en diferentes ámbitos.

Hoy tenemos desde cuestiones genéticas que afectan a más de una generación de consumidores de drogas dentro de las mismas familias, cuestiones biológicas que, debido a problemas de alimentación y carencias sanitarias durante los primeros 6 meses de vida, han impedido el correcto desarrollo del cerebro de miles de niños, con las obvias consecuencias que ello acarrea; cuestiones estructurales por el desmembramiento de las familias, con la prácticamente unánime ausencia de los padres varones y la obvia incapacidad de las madres solteras para hacer frente ellas solas, a la crianza de varios hijos. Y éstas son solo algunas de las aristas de un problema mucho más complejo, que se fue fraguando lentamente a lo largo de varias décadas, ante la mirada omisa de todos nosotros, pero principalmente del sistema político.

Uruguay, y seguramente latinoamérica toda, están inmersos en un problema social muy difícil de encarar, porque tiene tantas puertas de entrada y salida que cuesta ver por dónde empezar.

Entre muchos otros temas que la obra aborda, me surgen estas preguntas:

¿Cómo hacer para recuperar el rol fundamental de la familia en sociedades que tienden cada vez más hacia el individualismo?

¿Cómo hacer para recuperar la cultura del trabajo en sociedades que, partidas en pedazos, privilegian “la fácil” y “la cómoda” antes que el esfuerzo, la dedicación y la superación constantes?

¿Cómo hacer para recuperar el nivel de la educación en sistemas que han sido colonizados por los gremios y en los que las eternas reivindicaciones han pasado a ser mucho más importantes que los resultados pedagógicos y académicos?

¿Cómo hacer para extirpar de las garras del narcotráfico a los miles de jóvenes que encontraron allí un espacio para sentirse “alguien”, en contraposición con el resto de la sociedad que los ignora y les da la espalda, por el mero hecho de ser pobres?

¿Cómo hacer para erradicar la problemática carcelaria, en la que tenemos sumidos a miles de personas (porque además de delincuentes son personas también) que viven en condiciones infrahumanas, de las solo puede emerger el odio y la sed de violencia hacia el prójimo, bajo las modalidades que sean?

¿Cómo hacer para que el sistema político eleve la mirada y se ponga por fin a trabajar en verdaderas políticas de estado que promuevan, con el aporte de todos los sectores, acciones en pos de empezar a solucionar los 3 o 4 temas en los que nos va la vida como naciones?

Son preguntas grandes que requieren soluciones grandes, pero es que grande es la problemática también. Y desde este punto de vista, el libro de Pereyra parece un grito en medio del desierto. Fuerte, claro, contundente y crudo, pero que nadie escucha. Y uno piensa, mientras lo lee, si lo estarán leyendo también quienes tienen la responsabilidad de representarnos políticamente. Si efectivamente, aquellos a quienes elegimos para que nos brinden soluciones desde el poder que brinda el estado, estarán en conocimiento de toda esta realidad, muy bien documentada y explicada por cierto, que el libro nos presenta. Y me lo pregunto honestamente, porque los últimos 34 años de gobiernos post dictadura a cargo de todos los partidos políticos de nuestro país, parecen demostrar lamentablemente, que no.

Vale la pena leer el libro, porque es importante que todos estemos al corriente de lo grave que es la problemática social que nos rodea, con todas sus aristas y con todos sus bemoles, y vale la pena también, para que al tomar conciencia nos hagamos responsables del rol que nos cabe, como padres, como hijos, como hermanos, como tíos, como amigos y, sobre todo, como ciudadanos. Asumamos la responsabilidad de velar por nuestro entorno y de proyectar hacia los demás una mejor imagen de nosotros mismos, en definitiva somos lo que hacemos y no lo que decimos. Exijámosle a los políticos que obren en consecuencia con su investidura, pero antes, demos nosotros también el ejemplo en lo que nos corresponde.

Nota para los lectores extranjeros: Si bien el libro describe una realidad del Uruguay, perfectamente su lectura se puede extrapolar a las realidades de otras naciones, principalmente latinoamericanas, teniendo el cuidado de salvar las distancias que correspondan.

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