El peligroso filo de la desocupación

El sonido de la radio llenaba la habitación con voces monocordes, etéreas conversaciones que se sucedían desde temprano en la mañana y hasta bien entrada la tarde, cuando finalmente daban paso a las de la televisión. Entretanto, Ernesto sumaba once meses sin trabajo, y los días, que hasta ese acontecimiento volaban y se desintegraban en el aire como estrellas fugaces, ahora eran interminables hastíos llenos de ocio y pensamientos derrotistas.

Había atravesado ya, casi todas las etapas típicas de la desocupación: la sorpresa, el estupor, la rabia, la impotencia, la decepción con su correspondiente dejo depresivo, la renovada esperanza y sus fuerzas para salir a buscar un nuevo camino, los denodados intentos, el nuevo choque contra la realidad y la difícil recuperación de ese traumatismo seco, profundamente doloroso y descarnado, que termina dejándote sin fuerzas para volver a intentarlo. La depresión misma. La disimulada compasión de los demás, con sus miradas cargadas de lástima, esas que te señalan desde atrás o por los flancos, gritando silenciosamente: “Pobre tipo, sigue sin laburo”.

Es cosa rara la mente. Son tan profundos sus misterios que la gran mayoría de ellos escapan a nuestra comprensión. Ese hálito de vida que nos mueve, ese estado de conciencia que nos muestra a cada instante que estamos vivos y que somos capaces de pensarnos a nosotros mismos, es el mismo que un día te inyecta dosis descomunales de energía, esperanza y valor, y al otro, te sumerge en oscuros pozos, dentro de los cuales somos incapaces de encontrar una salida por nuestros propios medios. ¿Qué es lo que provoca estos vaivenes de nuestra mente? ¿De dónde provienen los vientos que inclinan la veleta en una dirección o en otra? ¿Dónde nace la energía que mueve esos engranajes y nos lleva de un estado al otro, como si fuésemos marionetas? “Las circunstancias y los hechos de la realidad que nos circunda, ante los cuales reaccionamos como podemos”. Eso pensaba Ernesto, desde la perspectiva de alguien aplastado por el peso de una realidad que no sabe cómo cambiar. Transcurría sus días enterrado bajo capas y capas de angustia, desazón, dolor e impotencia, rodeado de voces ajenas que, a pesar de su alto volumen, no lograban acallar a las propias, esas que jamás cesaban de hablar dentro de su cabeza.

Todo va bien hasta que deja de hacerlo, el río fluye hasta que se seca, y a partir de ahí, todo es quietud. Donde antes había algo, ahora no hay nada. Y volver a construir sobre esa nada, a veces, es mucho más difícil de lo que parece, visto desde afuera.

Las esperanzas de Ernesto fueron menguando con el paso de los días y los meses, apagándose lentamente como una linterna que va quedándose sin pilas. Mientras queda algo de luz alrededor, puedes intentar encontrar alguna herramienta, algo que te rescate, pero una vez que llega la oscuridad, el cuerpo tiende a rendirse y a la mente parece que le gusta hacerle caso. Hay pocas cosas más tristes que ver a un ser humano entregado.

Es cosa rara la vida. Las circunstancias de Ernesto no se dieron todas juntas, ni de golpe, más bien fueron alineándose aritméticamente para terminar formando una espiral decadente, que terminó provocando el devenir que aquí estoy narrando.

No era el tipo más fácil de llevar, aunque tampoco el peor. Tenía sus cosas, sus manías, sus vueltas y sus reveses, pero los equilibraba bien con otros aspectos que, en sumatoria, lo hacían un tipo normal, honrado, buen amigo y sensible; algo dado al bajón, eso sí, pero nada grave, ni que llamase demasiado la atención. Tenía pareja, pero aún no tenían hijos. Ella trabajaba como empleada en una boutique de ropa para niños y él, a través de años de esfuerzos y cumplimiento, había llegado a encargado de local, en una cadena de mini mercados que abarcaba toda la costa del país.

Tras disfrutar de poco más de una década de buenos tiempos, donde lo más rescatable fue la estabilidad laboral y un pasar sin lujos, pero sin contratiempos, ambos sucumbieron ante los cómodos brazos del costumbrismo, y desde ninguno de sus puntos de vista lograron vislumbrar los negros nubarrones que lentamente se acercaban por el horizonte. La situación del país fue empeorando poco a poco, y sus consecuencias afectaron a varios sectores de la población, el costo de vida se encareció paulatinamente y las crecientes cargas impositivas resquebrajaron una endeble situación empresarial, que tuvo como corolario inexorable, el aumento de la desocupación.

Nadie imagina ni espera quedarse sin trabajo. Había señales, balas que picaban cerca y compañeros que quedaban por el camino, pero él no reparaba en esos detalles, estaba entregado a sus tareas y confiado en su labor y disposición. Así las cosas, una tarde como cualquier otra, pero distinta a todas, el gerente de la cadena le telefoneó para pedirle que, al salir, pasara por las oficinas del centro para reunirse con él. ¿Resultado? El recorte de personal y el abatimiento de costos que necesariamente debía encarar la empresa, lo ponían a él en un incómodo lugar; su antigüedad y su cargo, elevaban su salario a un nivel que no podían sostener. Al salir de allí, Ernesto era un desocupado más.

El movimiento y la acción generan más movimiento y acción, pero la quietud, por el contrario, engendra más quietud. El devenir de los días, las semanas y los meses sin conseguir un trabajo a partir del cual retomar el camino, fueron haciendo estragos en su ánimo primero y en su salud después. Son indudables la injerencia y el poder que ejercen nuestro cerebro y nuestra mente en el conjunto de nuestro ser, y si empiezan a provocar fallas por causa de los procesos depresivos que se van generando, más temprano que tarde se desarrollan desórdenes a nivel físico, que terminan desencadenando algún trastorno o enfermedad.

Los interminables días de Ernesto transcurrían entre programas deportivos de varias radios, algún que otro informativo y poca cosa más, a lo que se sumaba un incesante parloteo mental en el que los auto reproches, las preguntas sin respuestas y la victimización taladraban a un sistema nervioso cada vez más endeble. No era fácil para él llevar casi un año de vivir a expensas de su mujer, sintiendo en todo momento que era más una carga que un compañero. Era común, que en algún momento de la semana lo asaltaran pensamientos suicidas, pero no tenía el valor ni el convencimiento suficientes para dar tal paso. La relación con su mujer estaba dañada por meses de discusiones y peleas sin tregua a causa de los problemas económicos y hoy, era el cariño mutuo, el respeto a la situación de él y esa suerte de acostumbramiento, que experimentan las parejas que llevan mucho tiempo juntos, lo que los mantenía unidos (por así decirlo) bajo el mismo techo. Pero, desde hacía unos tres meses, el rol de ella era más el de una madre que el de una compañera o pareja, tenía que estar sobre él para todo, su desidia era tal que hasta lograr que se bañara era todo un trámite.

Qué curiosas pueden ser las circunstancias de una vida y qué solos estamos en realidad. Aunque tengamos la interna convicción de contar con los demás para las más difíciles, cuando llega el momento, es sorprendente la facilidad con que se cierran las puertas en nuestras narices, o los teléfonos no contestan, o cómo se prodigan las excusas que eximen de la responsabilidad de tener que mover el culo, para darle una mano a alguien que la necesita. Hay que vivirlo para comprobarlo.

Y esa era, justamente, la dura comprobación que Ernesto estaba asumiendo. Hizo todas las llamadas que pudo, visitó a todos los amigos, conocidos, conocidos de los conocidos y más, para terminar como estaba, tirado en un sillón, abatido y derrotado por la crueldad de una situación general que no lo afectaba solo a él, sino también, al resto del país. ¿Qué más puede hacer una persona que lo ha intentado todo en la medida de sus posibilidades, si la realidad le devuelve, una y otra vez, el golpe en forma de cachetada? ¿De qué otra forma puede reaccionar alguien que no tiene padrinos en la sociedad y que ve cómo las circunstancias lo expulsan de un sistema, en el que todo funciona en la medida que consumes y acompañas el ritmo que marca el dinero? ¿Es posible vivir dignamente y sin dinero en la sociedad actual? Lamentablemente, él no encontró respuestas válidas para estas preguntas y se dio por vencido.

Era un buen lector, disfrutaba mucho las novelas de ciencia ficción y hasta fantaseó más de una vez con escribir alguna, dejó un par de intentos truncos, que nunca pasaron del primer capítulo y menos de una docena de cuentos malos, en los que no destacaban ni la técnica, ni el particular golpe de efecto que caracteriza al género. Pero resultó que desde el tercer o cuarto mes de estar en el paro, tampoco podía leer, lo intentaba, pero no podía, le era imposible acallar el constante parloteo de su mente y, por ende, era incapaz de concentrarse para seguir el hilo de la narración; al cuarto o quinto renglón, su mente volvía a divagar y para cuando se percataba, no tenía idea de lo que estaba pretendiendo leer, esto terminaba provocándole más dolor y decepción, por lo que decidió abandonarlo también. El ocio persistente te incapacita, te ata, te mutila, te deprime y sin proponérselo, la persona se deja, se entrega, se apaga.

Un día cualquiera aparecieron unas molestias abdominales que, al principio, solo lo incomodaban, pero que paulatinamente fueron transformándose en agudas punzadas, que luego de una serie de estudios realizados a duras penas y con mucho de insistencia, en una salud pública que desbordada intentaba atender la demanda que recibía, tuvieron como corolario el indeseado diagnóstico de un cáncer en estado evolutivo. Así que cuando todo indicaba que la vida de Ernesto se dirigía inexorablemente hacia un fatídico y previsible final, ocurrió lo impensado, lo ilógico, lo sobrenatural, lo extraordinario.

Es cosa rara el destino. No se guía por las leyes de la física ni de la biología, ni de ninguna otra ciencia. Puede albergar todo tipo de fenómenos, los que podemos explicar y también los que no, sin modificar un resultado que parece estar escrito en algún punto específico, más allá de nuestro alcance y de nuestro espacio/tiempo.

Sentado en la sala de espera del oncólogo, ensimismado en sus pensamientos y moviendo rítmicamente la pierna izquierda, en un sube y baja constante, molesto y nervioso, se vio sorprendido por una anciana que, apoyando la mano derecha suavemente sobre su rodilla, lo miró a los ojos y le dijo: Tranquilo hijo, todo va a estar muy bien. Tu momento de partir no es éste, todavía te queda mucho por vivir y a muchas personas por ayudar. Tranquilo. Deja por fin descansar a esa mente atribulada, ya bastante te has golpeado; permítele que te saque adelante, abre los caminos que tus miedos han cerrado y no temas al destino. Estar vivos es lo único que necesitamos para VIVIR. Los obstáculos han sido siempre parte del camino, no los pienses infranqueables, no los sientas invencibles; no alimentes demonios que no existen, no desperdicies tu energía, canalízala hacia afuera, entrégasela a los demás y verás que retorna revitalizada. Tranquilo hijo, afloja ese organismo, libera esa tensión, permítele fluir nuevamente con naturalidad. No te culpes, ni culpes a los demás, las cosas son como son y eso siempre será así. Luchar contra lo inevitable no tiene sentido, ir contra corriente de la energía te agota, pero unirte a ella y seguir su sentido te fortalece. Créeme hijo, hazle caso a esta vieja a la que ya no le queda mucho más por dar en este mundo. Cuídate hijo y vive, por favor, vive”.

Atónito, Ernesto no supo qué contestar ni qué pensar, se remitió tan solo a esbozar una leve sonrisa a aquella viejita de ojos transparentes y mirada luminosa que, tras apretar cariñosamente su rodilla, se levantó y se alejó por el pasillo, con la misma naturalidad con que segundos antes, rompiera en mil pedazos y sin que él aún se diera cuenta, la prisión que lo mantenía cautivo desde hacía tantos meses. Se abrió la puerta del consultorio y lo llamaron por su apellido; sin lograr salir de su estupor, entró envuelto en una extraña sensación, pero con la fuerte convicción de que su vida acababa de cambiar drásticamente.

Tan solo seis meses después, Ernesto colmaba sus tardes entre sonrisas inocentes, voces y gritos de niños que ensordecían completamente a los ya viejos parloteos de su mente. Se había acercado por motu proprio a un merendero que, a pocas cuadras de su casa, daba de comer a más de 50 niños en situación de calle. El contacto diario con la realidad de éstos y con sus compañeros de tarea, literalmente le había devuelto la vida, ahora tenía un motivo para vivir que trascendía a su propia desgracia y, a pesar de seguir sin trabajo formal, había recuperado lo más importante para todo ser humano, su dignidad y su amor por la vida.

En ese momento Ernesto aun desconocía que, gracias a su labor en el merendero, un par de meses después conseguiría trabajo en una de las empresas benefactoras del mismo y que a un año de ese acontecimiento, con su cáncer en absoluta remisión y tras un fuerte proceso de autoanálisis, en el que vio en perspectiva su reciente situación personal, decidiría crear un blog para contar su historia y dar ánimos a todos aquellos que estuvieran pasando por el mismo trance. De alguna manera, lo que buscaba era honrar las palabras de aquella viejita que encausó una vida que se dirigía directamente hacia un despeñadero.

Así pues, “Ojos de luz” se transformó poco a poco en un espacio abierto, al que acuden diariamente cientos de personas en busca de palabras que mitiguen de alguna forma, el sufrimiento de atravesar por la difícil situación de ser víctimas del letal filo de la desocupación.

José Luis Martínez Gadea ©

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: