Sobre la fe

La fe (del latín fides) es la seguridad o confianza en una persona, cosa, deidad, opinión, doctrinas o enseñanzas de una religión.1​ También puede definirse como la creencia que no está sustentada en pruebas,23​ además de la seguridad, producto en algún grado de una promesa.45

Wikipedia

Hace bastante tiempo que vengo reflexionando sobre la fe. En parte, porque de niño recibí una educación fuertemente religiosa, que dejó algunos mojones importantes en mi formación y desarrollo, y en parte también, porque mi insaciable sed de conocimiento me llevó, entre otras disciplinas, a la filosofía y su sistemática promoción de preguntas.

Cuando te entregas a reflexionar sobre todo aquello que te rodea, sobre tu modo de vida, tus creencias, tus motivaciones y las de tu entorno, y pretendes interpretar o comprender el mundo del que formas parte, generas una tendencia casi natural a privilegiar la razón (o el entendimiento puramente intelectual) sobre otras formas de conocimiento o de aprehensión de la realidad, como pueden ser los sentidos o incluso algunas experiencias más místicas o espirituales, que no tienen una explicación tan lógica como el por qué llueve o el cómo nacemos.

Esto genera un problema importante si se pretende que la reflexión sea lo más objetiva posible, ya que termina sesgando toda conclusión a la que se arribe y pintándola con los tonos que arrojan las lentes del intelecto y la razón.

Este detalle me pareció muy importante de aclarar, porque justamente la cuestión que aquí pretendo interpretar, no se rige por las leyes de la razón y la lógica, más bien todo lo contrario.

Desde niño la fe ha sido para mi algo concreto y muy parecido a un bastón o a un aro salvavidas, o sea un elemento interno, espiritual y muy personal, en el cual puedes apoyarte, o incluso hasta “salvarte” si las circunstancias lo requieren.

Pero, a pesar de haberme asido en muchas oportunidades a ese bastón y de haber sentido internamente la fuerza con que me apuntalaba e impedía que me desplomase, ello no evitó que en determinado momento de mi vida pusiese en cuestión, en una verdadera cuestión, su naturaleza o su legitimación.

Claro, para alguien que fue educado en la fe cristiana, como es mi caso, esta duda que empezó a gestarse en mi no estuvo, ni está, exenta de costos espirituales. Es muy caro dudar de aquello que no podemos comprobar y que además, viene adosado de una rastra de “lecciones” en las que “la duda” se paga y su costo no es precisamente bajo.

Sin renegar de mi formación católica, ni llegar tampoco a la completa negación de la misma, o sea, tratando de mantenerme en un espacio intermedio que me permitiese la reflexión más libre a mi alcance, me di a la tarea, durante todos estos años, de leer, investigar, charlar, debatir y sobre todo, pensar al respecto.

No puedo negar que algunas conclusiones a las que he arribado generaron en mi escalofríos espirituales, sismos que sacudieron los cimientos de mis estructuras mentales, arraigadas desde la primera infancia. Como dije antes, la duda es cara en temas religiosos.

Hace unos días terminé de leer el best seller Una educación de Tara Westover (título que recomiendo), en el que se muestra de una manera natural y muy cruda al mismo tiempo, cuánto influyen los mandatos parentales sobre una persona y cuánto puede costarle a ésta intentar separarse de los mismos, para construir una visión propia de la vida y sus circunstancias.

Mucho, e incluso en algunas ocasiones, demasiado.

Al menos así lo fue para esta escritora estadounidense que nació en el seno de una familia mormona, opuesta a la educación y la salud públicas, que vivió (o padeció en realidad) a un padre altamente conflictivo, con delirios de persecución, con una fuerte concepción machista de la vida y con una fe (justamente) que podía llegar mucho más allá de toda lógica, aun en las cuestiones más inverosímiles.

A Tara Westover no la enviaron a la escuela, tampoco a la secundaria, tuvo que trabajar en el desarmadero de su padre desde muy pequeña, realizando tareas a la par de sus hermanos varones mayores. Su familia vivía al margen del sistema público, sus hijos no estaban inscriptos en el registro civil, por lo que tampoco contaban con partida de nacimiento (los alumbramientos eran en la casa familiar asistidos por comadronas que trabajaban en la ilegalidad), tampoco recurrían al sistema médico, todo lo relativo a la salud quedaba en manos de su madre, que practicaba la homeopatía y algunas técnicas de manejo de la energía (incluso en varias ocasiones en las que sufrieron gravísimos accidentes que los tuvieron al borde la muerte). Su padre, era una figura relativamente importante dentro de la iglesia mormona y llevaba realmente a la práctica la fe que predicaba, a diferencia de sus feligreses que simplemente la “sentían”, como expresa la autora en un segmente del libro.

La vida de Westover ha sido de todo, menos sencilla. Pero es increíble leer y apreciar cuánto sufrimiento psicológico ha debido soportar por culpa (por decirlo de alguna manera) de la fe.

Leer sobre esa vida permanentemente atribulada por la culpa, promovió muchas reflexiones en mi. Porque, entre otras cosas, es la culpa justamente, la principal herramienta de la que se vale la religión cristiana para impedir la duda existencial.

¿O acaso, el “Dichosos los que crean sin haber visto, porque de ellos será el reino de los cielos” no es, de alguna manera, una forma de decirles a “aquellos que no creen” que no hay lugar para ellos en el paraíso?

¿Y qué pasa entonces, si aquellos que no creen, de todas formas llevan una vida acorde con las enseñanzas cristianas?

Si entre otras cosas, aman y ayudan al prójimo, si lo respetan, si no cometen delitos y viven de acuerdo a las normas morales y sociales, si cuidan a sus hijos, les proveen educación y les transmiten todos estos valores, pero no la fe cristiana o de cualquier otra religión. ¿Acaso no serían merecedores también de un lugar en el reino de los cielos? Sé que esta pregunta corresponde hacérsela a un sacerdote, pero de todas formas surge aquí naturalmente.

Por la misma línea de razonamiento, surge una cuestión que se me hace medular: ¿qué relación hay entonces, entre la fe y el pensamiento mágico?

Y no es arbitraria la pregunta.

La fe me exige creer en algo que no puedo comprobar, pero al mismo tiempo me impide dudar de su existencia. Por lo que debo encomendar mi destino a esa fuerza y esperar que su divina providencia colme mis expectativas.

Si esto aplicara solo a las cuestiones y dilemas internos, que a diario nos interpelan, se puede llegar a comprender y aceptar como válido e importante para la persona, porque podría dotarla de una fuerza trascendente que quizás no disponga en su interior.

Ahora, si por el contrario, tratamos de aplicarlo a cuestiones mundanas como el estudio, la salud, el amor de pareja o el trabajo, y pretendemos que el éxito o fracaso de cada una de ellas dependan, o estén influidos por la calidad de nuestra fe y por la disposición que esa fuerza (o ese Dios) tenga a nuestro favor, en ese caso nos encontramos mucho más cerca de la magia que de la lógica. Y ambas no son compatibles.

En numerosas ocasiones la fe cristiana nos exige actos reñidos con la lógica moderna y en ese vaivén nos debatimos, presas de la culpa que promueve la duda por un lado y contestes a lo que demuestra la ciencia por otro, o a lo que indica nuestra fría razón.

Qué puerta escoger o qué camino seguir, es algo que aun hoy me cuesta definir, a pesar de mis interminables esfuerzos por encontrar una idea concluyente al respecto.

Reconozco en mi mismo la fuerza ineludible que representan los mandatos familiares o educativos, que sembraron una semilla muy profundamente, en una tierra que gozaba de plena fertilidad. El fruto que recogieron es fuerte y se niega a descomponerse fácilmente, su piel es dura, está preparada para resistir los embates del conocimiento y mantener a salvo la dulce pulpa de la fe.

Es clave creer en uno mismo y tener fe en sus capacidades y virtudes. Pensar y sentirse así promueve la acción, genera las condiciones para enfrentar las circunstancias y salir adelante frente a las diferentes situaciones que se nos presentan.

Quizás sea bueno también (dependiendo de las creencias de cada uno) apoyarse en algo que nos trascienda. Es muy probable que esta sea una necesidad que el hombre tuvo desde siempre, para poder enfrentar aquellas cuestiones que escapaban a sus posibilidades de acción.

Pero muy distinto es poder actuar, poder incidir y no hacerlo, porque dejamos que ese algo (Dios, fuerza, energía, etc.) sea quien se encargue. Y esta forma de actuar que parece obviamente incomprensible, es aplicada por cientos de miles de personas a lo largo y ancho del mundo, personas que han depositado tanto de sí mismas en su fe y en sus creencias, que éstas terminan colocándose por delante de su raciocinio y de su capacidad de acción.

Como toda cuestión existencial, la fe es motivo de debate, un debate válido y complejo, como el de todos los tópicos que involucran cuestiones trascendentales que superan nuestra capacidad de compresión y asimilación, pasando entonces a ser meros puntos de vista, influenciados por el color de la lente que tengamos colocada frente a nuestros ojos.

Hay cosas que seguramente nunca podremos explicar ni comprobar, pero que seguirán formando parte sustancial de nuestras vidas como seres humanos, y hasta es muy probable también, que sean esas cuestiones justamente las que nos acicateen la mente, el alma y el espíritu, y nos obliguen a intentar llegar siempre, un poco más allá de nuestro alcance natural.

La maravillosa esencia del ser humano esconde dentro de sí misma, tantos enigmas, tantas posibilidades y tantas contradicciones, que las respuestas a prácticamente todas nuestras preguntas estén en nosotros mismos.

Pero claro, nosotros no podemos verlas.

Ya lo dijo Saint Exupèry en El Principito, a través del Zorro: “… lo esencial es invisible para los ojos.”

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