No somos iguales, somos diferentes

16 A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido,[a] y él se enseñoreará de ti.

La Biblia – Antiguo Testamento – Génesis 3:16 – Edición Reina-Valera 1960 (RVR1960)

Enseñorear
1. tr. Dominar  algo.
2. prnl. Hacerse  señor  y  dueño  de  algo.

Diccionario de la Real Academia Española

Está muy claro que la batalla que llevan adelante las mujeres en pos de la igualdad con respecto al hombre y con respecto al lugar que ocupan dentro de una sociedad que se diseñó y desarrolló bajo un modelo machista y patriarcal, no es nada sencilla.

¿Qué otra cosa se podía esperar, si la propia Biblia, el libro que más ha influido en la historia de la civilización occidental, prácticamente comienza plantando esta idea en las mentes de hombres y mujeres, desde por lo menos el siglo VIII antes de Cristo hasta nuestros días?

Y que de no mediar una inteligencia emocional que permitiera trascender las cuestiones de la fe y la lógica del dominio físico y psicológico, era obvio que hasta las propias mujeres terminaran sometiéndose ante la inobjetividad del poder masculino. No cabía ninguna otra opción realista para ellas. Todo intento grupal o individual de sublevación ante el dominio del noble señor, sería cortado de raíz y desacreditado completamente, como naturalmente correspondía, dadas las circunstancias del caso y de la época.

Indudablemente que dadas estas condicionantes, el camino que resta por recorrer es extremadamente largo, no se pueden desandar más de 2.000 años de historia en menos de un simple siglo, pero tampoco se puede negar que el terreno ganado en las últimas décadas es muy importante y que, para suerte de todos, hombres y mujeres del siglo XXI, las nuevas generaciones vienen, casi que de fábrica, con un seteo mental muy diferente al que portábamos nosotros.

Aclaro enfáticamente desde ya, que no soy ni me siento un feminista, pero tampoco comulgué jamás con las costumbres arcaicas y machistas que aún hoy presenta, lamentablemente nuestra sociedad.

Escribo este artículo en realidad, con dos objetivos, saludar y reconocer la lucha que llevan adelante las mujeres en pos de su causa igualitaria, y al mismo tiempo, reflexionar sobre los extremos. Porque la historia ha demostrado en varias oportunidades que el ser humano tiende a avanzar a los bandazos, yendo de un extremo al otro en vez de intentar caminar por un centro más equilibrado.

Cómo nos cuesta reconocer los errores, aceptarlos y seguir adelante, construyendo a partir de esas experiencias. Preferimos en cambio “morir con las botas puestas”, como si no fuera posible un cambio de postura sobre un tema determinado, o como si ello representara una degradación de nuestra persona y de nuestra imagen ante los demás.

¡Por favor!

¿Qué hombre puede sentirse realmente superior a cualquier mujer, si partimos de la base que para nacer, sin más, necesita de una? Y al mismo tiempo, ¿qué mujer puede sentirse realmente superior a cualquier hombre, si para poder realizarse en su rol de madre, cuando menos, necesita de uno?

¡No somos iguales, somos diferentes!

Y esa es la verdadera clave del éxito. No seremos nunca iguales, porque para poder sobrevivir como especie y como sociedad, debemos ser lo que siempre fuimos hombres y mujeres, ¡complementarios!

Adelante las mujeres con su lucha, porque es justa y necesaria. Su voz, su presencia y su valor han sido acallados durante siglos y siglos y llegó el momento en que los hombres rompamos el paradigma del macho todopoderoso y aceptemos que en muchos aspectos que hacen a la vida y a las actividades sociales, empresariales, culturales, políticas, etc., las mujeres tienen mucho que enseñarnos y nosotros mucho espacio que cederles.

Pero cuidado, cuidado las mujeres en su afán. Porque esta lucha no es a vida o muerte, ni se trata de vencer y destrozar al otro bando para asumir así el poder. No. Su lucha es para reclamar un rol que les pertenece por naturaleza y que debe desarrollarse en igualdad de condiciones con respecto a los hombres.

Aboguemos todos por la igualdad entre hombres y mujeres, pero reconociendo y aceptando la complementariedad entre ambos, y más importante aún, transmitamos ese mismo espíritu a los más pequeños, para que ellos no tengan que luchar por causas perdidas, o enfrentar a gigantes de papel, que una vez que se descubre su endeblez se caen solos y por su propio peso.

Que este nuevo 8 de marzo, no sirva solo para reclamar lo que corresponde, que promueva también la reflexión entre aquellos que formamos la sociedad mundial y que permita empezar a construir un mundo de igualdad, pero sobre todo de sana complementariedad.

No somos iguales, somos diferentes y esa es la verdadera clave para el éxito de la humanidad como tal.

2 comentarios sobre “No somos iguales, somos diferentes

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  1. Desde luego que el uno sin el otro no serían posibles. Es algo que debemos tener en cuenta y que ningún sexo (en realidad personas) debe quedar por encima. Más bien , a la misma altura. Hay quien enfatiza tanto en querer ensalzar el género para ,creo, querer demostrar superioridad. Pero tus palabras muestran una clara verdad. Lejos ya de aquellas reglas que ya no nos representan, y logrando esa libertad que a poco vamos recogiendo gracias a lucha por el diálogo, podremos avanzar en el objetivo y apartar el sentimiento retrógrada. No nos representa una mente de antaño. Evolucionamos, cómo tal nuestras necesidades y progresos y anhelos ya no son los de antes. La mente cambia.

    Me ha gustado mucho esa dosis de realidad.

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