El valor del respeto

Cada día me convenzo más de la importancia que tiene el valor del respeto para el desarrollo de cualquier sociedad.

Prácticamente todas las actividades humanas están influidas por este valor fundamental, ya que tanto la presencia como la ausencia de respeto por parte de los demás, termina actuando directamente sobre nuestra psiquis, a favor o en contra del resultado final que esperamos, dependiendo de si sentimos que hemos recibido ese respeto, o no.

Yendo al llano de la cuestión, es a través del respeto que valoramos al otro, que lo apreciamos, que lo consideramos y al mismo tiempo, que lo aceptamos tal cual es, a pesar de las diferencias que puedan o no separarnos. Lo mismo sucede en sentido contrario, es a través del respeto que nos dispensan los demás, que nos sentimos realmente valorados, comprendidos, aceptados y útiles.

Ahora, cuando este valor se ausenta sistemáticamente de las relaciones humanas, comienza a germinar un malhumor generalizado, que se esparce a lo largo y ancho de la sociedad, afectando no solo el relacionamiento entre pares, sino también, la confianza, la autoestima y la esperanza en un mejor porvenir.

¿Cómo imaginar un futuro mejor, cuando permanentemente interpretamos, a través de los actos de los demás, que todo da igual, que el esfuerzo no vale, que el trabajo se reduce a un mero valor económico, que el conocimiento y la capacidad sucumben ante el amiguismo y la mediocridad del lobby, que el alumno destrata al maestro, que el hijo increpa al padre o que el joven se mofa del anciano?

Este valor debe inculcarse fundamentalmente desde el hogar y su principal aprehensión se da a través del ejemplo, por lo que encontramos aquí una de las claves para poder comprender primariamente, dónde estamos fallando.

Respetar al otro, ser agradecidos, tolerantes y civilmente educados son valores fundamentales para el desarrollo de cualquier sociedad y en la medida en que los perdamos, o nos acostumbremos a prescindir de ellos, le estaremos abriendo la puerta a la barbarie. 

No quiero entregarme a la idea pesimista de que todo está perdido y que nuestra sociedad va camino al precipicio, todo lo contrario, prefiero creer que a pesar de la falta de ejemplos fuertes y claros y con un sistema educativo que camina a los tumbos, sin tener aún muy claro hacia donde va; será gracias a la convicción, las ganas, la fuerza y el compromiso de la mayoría de los docentes, que nuestras generaciones más jóvenes podrán distinguir la paja del trigo y recorrerán nuevos caminos que nos guíen hacia una convivencia más armoniosa, donde prime el respeto por sobre todas las cosas.  

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