La ceguera de los tontos

Hagamos un pequeño ejercicio de imaginación. Luego de una vida en la que hemos gozado de nuestros cinco sentidos a pleno y estamos acostumbrados a valernos de ellos, tanto para afrontar nuestro diario vivir, como para interpretar nuestra realidad y el mundo que nos rodea, resulta que en un solo instante y sin previo aviso, perdemos la capacidad de ver, quedando completamente ciegos.

¿Qué hacemos entonces?

Sin dudas, lo primero es quedarnos absolutamente quietos y tratar de entender qué es lo que está sucediendo, luego y a tientas, intentaremos llegar a algún punto de referencia basándonos en nuestra memoria y en la última ubicación que registraron nuestros ojos.

Hasta aquí me alcanza el ejercicio para ejemplificar la analogía con la ceguera que voy a plantear en el texto, quedándome únicamente con esa primera reacción automática e instintiva que tenemos los humanos grabada en nuestro ADN, que no es ni más ni menos que la quietud, la pausa. Quizás, el primer refugio natural que busca nuestra mente para proteger a nuestro cuerpo y a sí misma, de cualquier daño eventual que pueda ocurrirnos al no poder recurrir a uno de sus principales sentidos guías, como es el de la vista.

Bien, aclarado esto, definamos ahora a un tonto, para poder empezar a entender adónde pretendo llegar con esta reflexión que unirá ambos conceptos. Según el diccionario, “un tonto es una persona falta o escasa de entendimiento o razón”, entendiendo al entendimiento —valga la redundancia—, como el tener una idea clara de las cosas.

Ahora bien, dependiendo de la perspectiva desde la que miremos, absolutamente todos podríamos caer en la categoría tontos, es más, me animo a decir que los nacidos desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, hemos hecho un posgrado acelerado en estos últimos 20 años, perfeccionando aún más esta incapacidad y escasez de entendimiento o razón en algunas áreas que, a priori, parecen de una importancia secundaria, pero que si analizamos un poco en profundidad, podemos apreciar claramente que son bastante más importantes y abarcativas de lo que inocentemente creemos.

Por lo que cabe la pregunta: ¿realmente tenemos una idea clara de las cosas?

Pues en algunos aspectos parece que no tanto, o más bien parece que nos hubiese afectado una suerte de ceguera selectiva, que nos impide ver algunas cosas, aunque estén delante de nuestras narices. Y este fenómeno puede abarcar un amplio espectro de temas, que van desde el relacionamiento con los demás, la atención que le dispensamos al otro y los grados de importancia que le asignamos a cada cosa, hasta el deseo de superarnos y el compromiso con nuestro entorno y con nuestra sociedad, entre otros muchos que se podrían incluir.

De un buen tiempo a esta parte parece que estuviésemos ciegos o “paralizados” —siguiendo la analogía del principio— en cosas en las que antes no lo estábamos, incluso, hasta podría haber utilizado el término “anestesiados” para ejemplificar este estado en el que nos encontramos y que ciertamente me preocupa y ocupa cada vez más.

No me caben dudas que la aparición explosiva de la tecnología de uso personal es uno de los factores fundamentales de este estado en el que nos hemos sumergido —y no reniego de ella, todo lo contrario—, ya que seguramente ha provocado el cambio más radical en el modo de vida del hombre desde el mismo descubrimiento del fuego.

El inmenso poder que han colocado en nuestras manos las computadoras personales, los teléfonos inteligentes, las tabletas digitales, los relojes inteligentes, etc., etc., etc., ha modificado drásticamente la forma en que nos comunicamos —ya no sólo entre humanos, sino también con distintos artefactos electrónicos y mecánicos—, la forma en que accedemos al conocimiento y la información, y también la forma en que “nos vemos” y “vemos” a los demás; así como “nos mostramos” y los demás “se muestran” ante nosotros, provocó que quedara al desnudo nuestra carencia para asimilar tantos cambios, a la velocidad exponencial con que la tecnología se desarrolla.

No estábamos preparados para esta revolución tecnológica, ni tampoco para las diferentes y variadas consecuencias que ella traería consigo. Es absolutamente fantástica, no caben dudas, pero como nada es gratis en la vida, algunas de esas consecuencias nos están costando bastante más caras de lo que pensábamos. Y lo peor, es que muchos no se están percatando de ello.

Nada de “todo tiempo pasado fue mejor”, eso es negar el desarrollo y esa no es mi intención, la reflexión que planteo es otra, me refiero a nuestra capacidad para asimilar y afrontar este tsunami tecnológico que barrió, en muy pocas décadas, con un modo de vida que tardó siglos en desarrollarse. Algunas pruebas contundentes de este fenómeno son la falta de espacios de intercambio y encuentro al interior de las familias, la proliferación de accidentes de tránsito provocados por la desatención que causa el móvil en los conductores, la escasez de diálogo entre personas que circulan o se encuentran juntas en espacios públicos, la creciente sustitución de mano de obra por máquinas que automatizan las funciones, la cada vez mayor dificultad que experimentan las personas para mantenerse actualizadas en cuanto al desarrollo de las tecnologías con que interactúan todos los días, la automática necesidad de actualización que experimentan los profesionales que acaban de graduarse en las carreras que sean, porque ni bien se enfrentan al mercado laboral, comprueban que los conocimientos que acaban de adquirir en sus estudios, no sólo no son suficientes, sino que en algunos casos, incluso están ya obsoletos.

Las máquinas y su tecnología cambiaron de cuajo y para siempre nuestras vidas, pero hay algo que sigue inalterable aun y es que seguimos siendo personas, seres humanos de carne y hueso, con ideas, con sentimientos, con virtudes y defectos y que sea como sea, seguiremos habitando este planeta y conviviendo en sociedad, por más cambios, por más máquinas y por más tecnología que haya a nuestro alrededor y a nuestro alcance.

No perdamos de vista —aunque estemos ciegos— que somos y seguiremos siendo seres sociales, que necesitamos del otro para poder ser y desarrollarnos. Recordemos que el contacto que necesitamos es físico, no virtual y que, si no entendemos que “el otro” es también “nuestra” responsabilidad, terminaremos adentrándonos en un territorio que será cada vez más hostil a nuestros intereses y en el que probablemente será muy difícil sobrevivir.

Volvamos a preguntarnos: ¿realmente tenemos una idea clara de las cosas?

Sigo pensando y me sigo convenciendo que, en una cantidad de aspectos, realmente parece que no. Esta ceguera que nos afecta parcial y selectivamente nos impide ver que estamos perdiendo no solo valores fundamentales —como el respeto, por ejemplo—, sino también que estamos entregando nuestras vidas y nuestro futuro, casi que gratuitamente, por la sola razón de preferir vivir en este estado de piloto automático que nos propone la tecnología y todos sus seductores juguetes.

A ver si logro explicarme mejor con algunos ejemplos.

Te sientas en una cafetería y observas a tu alrededor con atención, la gran mayoría de las personas están con su cabeza inclinada hacia delante, inmersas en una pantalla de 5 pulgadas que sostienen con sus manos, y así permanecen durante largos minutos sin cruzar palabra alguna con la o las  personas que comparten su mesa y que también se afanan en la misma tarea. Cada tanto, te topas con algún grupo que interactúa, pero si te quedas pendiente, no pasará demasiado tiempo a que alguno de ellos destine al menos una rápida mirada a su teléfono, aunque éste no haya hecho nada por llamar su atención. Miras por la ventana y afuera encuentras varias situaciones más, idénticas a las anteriores; personas que esperan o caminan juntas en el plano físico, pero que están a miles de kilómetros en el plano mental.

Sales a la calle y observas los autos que pasan, muchos de ellos transportan a un conductor, junto a uno o más autómatas que lo acompañan sumergidos en la virtualidad de sus dispositivos. Miras al frente mientras caminas por la acera y ves venir a una joven madre empujando con una mano el carrito que transporta a su pequeño bebé, mientras que con la otra maneja hábilmente su teléfono móvil.

Sigues caminando y en una esquina un pequeño niño le habla a su padre insistentemente mientras le tira de la chaqueta, pero no obtiene respuesta, seguramente lo que la pantalla le está mostrando a su padre es bastante más importante que lo que sea que el niño le quiera decir, entonces se te ocurre que para el pequeño sería más efectivo y rápido enviarle un mensaje de WhatsApp, sonríes, pero al pasar por su lado, en realidad te quedas con una sensación rara, porque está claro que algunas cosas no andan del todo bien.

El semáforo está en rojo, te detienes y observas, por delante tuyo pasan entre diez y veinte autos, varios ocupados por personas que hablaban por su teléfono móvil y gesticulaban al mismo tiempo.

Ahora estás en tu casa, escuchas las noticias por la radio y te percatas de que, detalles más o detalles menos, los temas son siempre los mismos. La inseguridad aumenta casi al mismo ritmo en que se ensancha la brecha social y se profundiza la grieta que divide a poblaciones cada vez más polarizadas; los puestos de trabajo caen tanto por la mala gestión pública y política, como por la creciente sistematización de tareas que termina sustituyendo a la mano de obra; vuelven a aparecer indicios claros de corrupción política en el estado, iniciándose sendas investigaciones al respecto y mil y un argumentos se escuchan en un sentido u otro, pero siempre termina quedándote la sensación de que finalmente no pasará absolutamente nada, porque el sistema ha dado variadas muestras de aplicar justicia a diferentes niveles, una para los ricos y poderosos, en la que siempre aparecen argumentos que relativizan cada cosa en cuestión, y otra muy distinta para el resto de los simples mortales, incluidos obviamente los más carenciados, clase social que por obvios motivos, termina siendo presa favorita de un sistema que en su integralidad, parece terminar impartiendo más injusticias que ecuanimidad.

Enciendes la computadora, abres tu correo y observas la catarata de mails que inundan tu bandeja de entrada, más del 95% está conformado por cosas absolutamente superfluas y que, en realidad, no le aportan nada a tu vida, pero terminan ocupando tiempo de ésta aunque más no sea para poder deshacerte de ellos, o para darles una rápida “ojeada”.  Entras a una red social, cualquiera de ellas, sin percatarte de que acabas de traspasar la puerta de entrada al mundo de la pseudo perfección y la alegría eternas, habitado por todos aquellos seres que estudian meticulosamente cada uno de los posteos que hacen y cada una de las fotos que publican, cuidando que la “imagen” que transmiten coincida exactamente con el modo de vida que pretenden, añoran o idealizan y que no necesariamente coincide con el que realmente tienen.

En fin, este recorrido podría ser aun más extenso y seguiríamos encontrándonos en él con situaciones que experimentamos cotidianamente, demostrándonos que indudablemente hay cosas que no están bien y por las que nosotros sí podemos hacer algo y no quedarnos quietos, paralizados o anestesiados, como si hubiésemos sufrido un repentino ataque de ceguera.

Si tomamos la responsabilidad de hacernos cargo de lo que nos toca, en vez de seguir girando como autómatas en esta rueda de hamsters que nunca para, entonces y sólo entonces podremos estar seguros de haber superado esta ceguera de los tontos que nos rodea e incluye.

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