Las minorías esclavizantes

La mayoría de las problemáticas sociales que hemos enfrentado, y enfrentamos actualmente —delincuencia, corrupción, terrorismo, violencia, bulling, discriminación, xenofobia, racismo, etc., etc.—, están concebidas y ejecutadas por una minoría absoluta, si se tiene en cuenta el total de la población.

Esto me hacía reflexionar estos días sobre el gran poder mediático que tienen estas problemáticas, ya que nos hacen pensar permanentemente que “la mayoría” de las personas encaja o se encuentra dentro de alguno de estos grupos, cuando la realidad es absolutamente lo contrario a ello, basta hacer un rápido repaso por todas las personas que llegamos a conocer de alguna manera, para darnos cuenta que la gran mayoría de ellas son personas de bien, que tratan de vivir una vida en paz y armonía. Incluso, se puede recurrir a la estadística para obtener datos científicos y corroborados al respecto.

Obviamente que siempre hay excepciones y uno tampoco conoce en profundidad a todo el mundo, pero está claro que son muchísimas más las personas que están libres de causa alguna, con respecto a las que enfrentan algún tipo de proceso en su contra, e incluyo aquí también a quienes aún gozan de cierta impunidad ante sus hechos.

¿Qué clase de poder ejercen entonces estas minorías, al punto de someter plenamente a una mayoría que las supera muchísimas veces en número?

¿Cuál es el elemento fundamental que accionan para evitar que la mayoría reaccione rápidamente y las extirpe?

¿Cómo es posible que una gran mayoría acepte dócilmente el accionar de una ínfima minoría sin levantarse activamente en su contra?

Son preguntas del sentido común que cualquiera puede hacerse y para las cuales no hay una única respuesta. Son preguntas que llevan a la reflexión y que nos cuestionan como seres humanos y sobre todo como ciudadanos, integrantes de una sociedad democráticamente constituída.

Tiendo a pensar en estos casos que el miedo, la pereza o apatía, la falta de compromiso, el conformismo y la inacción en general por parte de las mayorías, son el caldo de cultivo en el que abrevan estas patologías que nos afectan como sociedad y son el arma perfecta de las minorías para actuar a sus anchas, mientras el resto miramos para el costado, pretendiendo creer que si no vemos la realidad, ésta dejará de existir.

Pequeños cambios sostenidos en el tiempo son capaces de generar nuevos hábitos, que luego se mantienen firmes e inalterables. De la misma manera, podríamos como sociedad intentar abrir los ojos a la realidad, reconocer aquello que está mal y actuar en consecuencia, ya sea denunciando o actuando de algún modo; haciéndonos responsables del papel que nos toca como ciudadanos, en vez de quedarnos en la cómoda de exigirle a unos pocos —¡otra minoría!— que solucione por nosotros, como se les antoje y convenga sólo a ellos, los problemas de todos.

Si no tenemos y cultivamos nuestros sueños y deseos de ir a más y crecer como personas en todas las facetas que nos componen, ¿cómo y con qué autoridad podemos pedirle a los demás que lo hagan? ¿Cómo podemos exigirle a los políticos que gobiernen para darnos aquello que nosotros tampoco procuramos para nosotros mismos? No se puede ser hipócrita si se pretende vivir mejor y tener un futuro promisorio como sociedad.

Es grande la impotencia de sentirse esclavo de las minorías y no poder hacer nada al respecto, mirar para el costado y constatar que tan solo somos un cúmulo de individuos, pero no una mayoría consistente y compacta, un grupo como tal; algo que la minoría si es y utiliza perfectamente para concretar su voluntad a expensas del resto.

Como reza el dicho popular: “en tierra de ciegos el tuerto es rey” y mientras esta realidad no cambie, seguiremos comentando las noticias cada vez con menos asombro, cómplices de una realidad que nos implica y ante la cual preferimos deambular como zombies, en vez de actuar como adultos responsables.

Tenemos las sociedades que nos merecemos.

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