Crónica de la inoperancia

Eran las 9 y algo de la mañana y estaba muy frío, la noche anterior había caído la helada más grande en lo que iba del invierno, junté todos los papeles que necesitaba para el trámite que debía realizar y me encaminé rumbo a la dependencia estatal que me esperaba, o al menos esa era la sensación que yo tenía ya que había gestionado el turno por Internet en el website del propio organismo, por lo que obviamente, a la hora acordada me estarían esperando.

En el mismo instante en que ingresé a la dependencia, me percaté de que no sólo nadie me estaba esperando, sino que los dos (2) funcionarios que se encontraban tras el escritorio de recepción, estaban bastante más interesados en su conversación y sus teléfonos celulares que en recibirme, y por ende, atenderme.

De todas formas, y aunque no con la actitud que uno espera —¿y merece?—, procedieron a realizarme una serie de preguntas sistemáticas —que me dieron la sensación de que en realidad preferían que me retirara, en lugar de pretender completar mi trámite—, las que contesté rápidamente y tras lo cual me entregaron un apoya papeles, un bolígrafo y un formulario, para que lo llenara en ambas caras con los datos que correspondieran.

Me senté tranquilo a completar el formulario y mientras tanto, pude observar con más detalle el flujo de actividad que se desarrollaba normalmente en aquella dependencia pública.

La sala estaba bastante silenciosa, cada tanto se escuchaba alguna conversación que llegaba desde el otro extremo de la dependencia, donde habían más funcionarios. Entre respuesta y respuesta a las preguntas del formulario, observé que los dos que me habían recibido, prácticamente no hablaban entre ellos y aunque por la forma en que estaban sentados daba la sensación de que estuvieran haciéndolo, en realidad cada uno estaba ensimismado en su teléfono celular. Debo haber estado unos 10 minutos sentado allí y en ese lapso no utilizaron —y ni siquiera miraron— una sola vez, las computadoras que tenían frente a ellos, por lo que no pude terminar de comprender qué tareas realizaban, además de recibir a quienes llegábamos, hacernos 3 preguntas y entregarnos un formulario para llenar.

Minutos después se abrió una puerta y una mujer me llamó por mi apellido. Una vez dentro de lo que era un consultorio me encontré con tres (3) funcionarias más, que muy risueñas me fueron indicando lo que tenía que hacer —no me quejo, al menos en esta instancia había buena onda—. Una de ellas me pesó y midió, dictándole los resultados a otra, que bien apostada en su silla detrás de una muy pequeña mesa, esperaba para tomarme la presión arterial. Luego de hacerlo, me indicó que saliera y esperara a que me llamara el médico y que cuando entrara le entregara el formulario que ya había completado. La tercera mujer que estaba dentro del consultorio no pude saber qué función cumplía, más que la de hacer apoyo logístico en las conversaciones del grupo.

Una vez afuera no tuve que esperar demasiado para volver a escuchar mi apellido de boca de otra mujer, en este caso la doctora (1) encargada de realizar el ¿chequeo? final. No es por resultar quejoso, pero lamentablemente en esa instancia volvió la mala onda. Digamos que el chequeo médico fue tal, para no entrar en demasiados detalles, así que esperé que la señora terminara de completar su propia planilla, me la diera e indicara que se la entregase a la administrativa que esperaba afuera.

Efectivamente, afuera había otro escritorio con una (1) nueva funcionaria cuya “función” fue recibir la planilla, cortar el talón y entregármelo, indicándome que debía continuar el trámite en otra dependencia. Hacia allí partí.

Al llegar e ingresar me recibe una (1) nueva funcionaria que me entrega un número y me indica que debo esperar que me llamen desde un box en el que se encontraba otra funcionaria (1) realizando los trámites en cuestión.

Habré esperado allí una media hora, más o menos, cuando me llamaron desde el box. Entregué toda la documentación correspondiente y unos 5 minutos después la funcionaria me entrega un post it con un número escrito con bolígrafo, que indicaba el número de trámite en curso y me da instrucciones para ir a pagar el mismo a una empresa privada que queda fuera del edificio público.

Luego de pagar, retorné y esperé unos 15 minutos más para que volvieran a llamarme desde el box, e iniciaran la etapa final del trámite para entregarme el documento que pretendía renovar, el cual tuvieron que imprimir dos veces por errores de la impresora. “Esto pasa todo el tiempo —dijo la mujer—, sale una bien y una mal”. Mientras, yo miraba cómo descartaba el plástico mal impreso en un cajón para tal fin —con total naturalidad y aclarándome que era para reclamarlo luego a la empresa proveedora—, y pensaba en el gasto de materiales que se generaba al día, todos los días, por no buscar una solución definitiva al problema.

Sinceramente, es muy difícil que un país prospere con un panorama así, en el que abundan los puestos ineficaces e improductivos, donde el gasto es mirado de reojo y sin el más mínimo interés por evitarlo, con un desgano y una falta de actitud de servicio absolutos desde la función pública.

Aclaro desde ya, que no pretendo generalizar en esta crónica y entiendo que en todo el aparato estatal hay funcionarios que cumplen su función como corresponde y que hay también, personas que hacen su trabajo con alegría y actitud positiva, la cual trasladan a quienes atienden; pero no puedo dejar de ver la cantidad de puestos innecesarios, que acumulan funcionarios y generan un gasto mastodóntico que termina pagando el contribuyente, sin el más mínimo derecho al reclamo.

Me tocó realizar un trámite que perfectamente podría haber sido atendido eficazmente por sólo dos personas —un funcionario y un médico—, pero no, tuve que toparme de bruces con el gran aparato gubernamental que prefirió utilizar siete (7) personas —con sus respectivos salarios y beneficios— y dos dependencias, para entregarme una experiencia muy poco satisfactoria.

Indudablemente si tuviera la capacidad de elegir, no volvería a utilizar este proveedor para el mismo trámite, me iría directamente con la competencia y de paso, seguramente le recomendaría a varios de mis conocidos, que lo pensaran dos veces antes de dirigirse hacia allí, para tramitar lo que fuera que necesitaran.

Pero claro, al estado no le interesa fidelizarnos como clientes, sabe muy bien que nos tiene cautivos y sabe también que no tenemos otra alternativa, que pagar lo que se les antoje cobrarnos, del mismo modo que a los “inamovibles” funcionarios públicos les interesa un bledo brindarnos una atención mínimamente deferente; no importa lo que pienses ni lo que digas, ni cuanto te quejes, ni nada, a ellos no les afectará en lo más mínimo.

Es así entonces que nuestros países y nuestras economías alimentan estados absolutamente inoperantes, incapaces de cumplir con sus funciones de una manera efectiva y eficaz, optimizando los siempre escasos recursos para poder volcarlos hacia causas mucho más relevantes —y en las que sí le va la vida al país—, que por culpa de las patéticas administraciones, se ven desplazadas indefinidamente.

Podemos soñar con un país mejor, con un desarrollo sustentable y sostenible en el tiempo, con un país con una infraestructura que lo proyecte hacia el futuro, con una educación que siente las bases necesarias para que la fuerza laboral esté preparada para ocupar los puestos que requiera el mercado, con leyes y normas claras para todos, con políticas de estado que incentiven el emprendedurismo y la inversión, con políticas de estado que apoyen la natalidad y brinden las condiciones necesarias, para la emancipación económica de los jóvenes al alcanzar la mayoría de edad; en fin, podemos soñar con estas y muchas otras cosas más, pero sólo podremos soñar, porque basta toparse con la realidad cotidiana que nos abofetea sin piedad, para darnos cuenta que estamos recorriendo el camino incorrecto y en la dirección contraria, porque el resto del mundo va por la vía rápida y en sentido opuesto al nuestro. Lo vemos todos, menos los que en realidad tienen que verlo. ¿O será que no les conviene hacerlo?

Ya vendrán las épocas electorales, en las que nos prometan todo tipo de soluciones para los mismos problemas de siempre y ojalá que nos encuentren atentos, conscientes, reflexivos y demandantes, porque ese es el único momento que tenemos para hacer valer nuestra voz, después, “a llorar al cuartito”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: