Cual retazo de los cielos

En este espacio de letras y reflexiones, he volcado varias veces ya mi opinión sobre la pérdida de valores fundamentales que experimenta la sociedad uruguaya, una sociedad que parece encaminarse decididamente hacia un despeñadero del cual, una vez que esté rodando pendiente abajo, difícilmente pueda escapar.

Puedo hacer el esfuerzo por entender que hay cuestiones sociales multicausales, que requieren esfuerzos coordinados para poder solucionarse, y que ello muchas veces no es posible con la velocidad y la efectividad que todos deseamos, pero no puedo entender —y me niego a aceptar incluso— que aquellos que están en posiciones de poder, con responsabilidad de dirección y con apoyo político del oficialismo principalmente, sean quienes terminen provocando que el viaje rumbo al precipicio se de a mayor velocidad.

En Uruguay la educación está en serios problemas desde hace mucho tiempo.

Mantenemos un modelo educativo del siglo pasado, que ya no solo no se acompasa con el ritmo actual que exigen los mercados, sino que además, se empeña en reforzarlo y defenderlo, a pesar de los patéticos resultados que año tras año arrojan las pruebas PISA por un lado, y la cada vez mayor deserción estudiantil por otro —principalmente en la educación secundaria—.

Por otra parte, y al mismo tiempo, se profundiza en nuestro país el fenómeno de la desintegración de la familia nuclear —o el grupo formado por los padres y sus hijos— y aunque este fenómeno se produce a nivel global, estamos en una etapa de transición en la cual el posible “nuevo modelo” familiar aún no se ha establecido definitivamente, acarreando entre otras cosas, que muchos hijos deambulen de casa en casa tras sus progenitores, adoleciendo en la mayoría de los casos de figuras claras que les transmitan los ejemplos correspondientes, y que aún peor, en muchos casos terminen usándolos en forma egoísta para fines personales, incluyéndolos en banales disputas maritales, de las cuales los hijos terminan siendo inocentes víctimas.

Es muy difícil abarcar un tema tan complejo en un espacio tan reducido, pero me mueve a reflexionar y escribir sobre el tema, la permanente asistencia a declaraciones por parte de las autoridades de la educación, tanto a nivel político como gremial, en las cuales demuestran una y otra vez, que lejos de estar trabajando en la creación y el desarrollo de políticas de estado que apuntalen nuestra educación de cara a un futuro cada vez más complejo y competitivo, están malgastando el precioso tiempo de generaciones y generaciones de niños y adolescentes, buscando y proponiendo ideas, que no hacen otra cosa que demostrar que están absolutamente incapacitados para la tarea.

Esta semana tomó estado público una propuesta de la Inspección de Primaria, en la cual pretenden modificar el sistema mediante el cual, año a año se otorgan los pabellones patrios a aquellos alumnos que en base a estudio, esfuerzo, disciplina y comportamiento a lo largo de todo el ciclo escolar, arriban a sexto grado —el último en Uruguay— con los mejores desempeños. Estos alumnos portan los 3 pabellones durante todo el año, en cada uno de los actos que se realizan en las fechas patrias conmemorativas, legando este privilegio a fin de año, a la siguiente generación.

Esta tradición ha sido siempre un premio al trabajo de estudiante y ha sido aceptado por todos quienes hemos asistido a la educación primaria, como algo justo y natural, aún a pesar de no haber recibido ese privilegio, como lo fue en mi caso por ejemplo. Jamás sentimos que ello nos discriminara como estudiantes, porque éramos plenamente conscientes de nuestras virtudes y de nuestros defectos, y comprendíamos cabalmente el significado de dicho honor que se ganaba en base a capacidad y esfuerzo. Es más, era un orgullo ver a nuestros compañeros y amigos, portar esos símbolos con responsabilidad y alegría. No ser portador de ninguna de las banderas no te incapacitaba como estudiante, ni comprometía tu futuro, porque bien sabíamos que aquello era simplemente un premio a la labor cumplida.

Por el contrario, la nueva propuesta de la Inspección de Primaria pretende que a partir de ahora los pabellones patrios sean entregados no a los alumnos que se lo ganen en base a esfuerzo, capacidad, rendimiento y estudio, sino a aquellos que sean más “populares” entre sus pares, llegando a los resultados luego de sendas campañas proselitistas en pos de obtener el voto amigo. En la propuesta, los inspectores aducen que se pretende pasar de una meritocracia a una democracia.

Pues bien, habrá que entender primero qué significa ser “popular” en la escuela, cuando está claro que no es igual que en la adolescencia y mucho menos que en la adultez. Ya veremos muchos votos a “los más lindos” de la clase, a los “mejores amigos” o a los que siempre nos invitan a jugar a su casa y difícilmente veremos votos a los que se preocupan de aprender a escribir bien, o a los que se esfuerzan por leer correctamente y mucho menos a los que participan activamente en clase pidiendo la palabra.

No quiero entrar en todo el entramado de razones por las cuales no me parece bien esta idea, pero sí me gustaría reflexionar sobre el valor del esfuerzo, del trabajo y de la tenacidad para superar los obstáculos, porque esos son los valores que nos ayudan a salir adelante en la vida, no el amiguismo, ni la simpatía, ni la locuacidad, ni la viveza; porque generalmente aquellos que prefieren los “atajos” para alcanzar sus fines, terminan rompiendo las reglas sociales para lograrlo, ya que adolecen de las capacidades emocionales necesarias para enfrentar verdaderos retos.

Vista esta propuesta que tan “alegremente” presentan los inspectores de primaria, no me extraña que nuestras naciones latinoamericanas estén asistiendo a sendos casos de corrupción política, con incluso ex presidentes enfrentando causas penales y algunos ya en prisión. No me extraña que para muchos el fin justifique los medios, ni que las poblaciones sientan un descrédito absoluto por la política y los políticos.

¿Alguien se imagina alcanzar un cargo gerencial en una empresa privada mediante el voto popular de todos los integrantes de la misma? La respuesta es obvia, a esos puestos  se llega con capacidad, trabajo, esfuerzo y dedicación, por eso las empresas públicas que son gerenciadas y dirigidas por cargos otorgados políticamente terminan como terminan. ¿Más claro? ¡Echarle agua!

Ya lo he pedido otras veces, recordemos las palabras de nuestro prócer José Gervasio Artigas y “no vendamos el rico patrimonio de los Orientales al bajo precio de la necesidad”, tengamos la altura moral suficiente para dejar trabajar en la educación a quienes realmente saben y a quienes en verdad les interesa sacarla adelante, aggiornando un sistema que necesita urgentemente ser adaptado a los nuevos tiempos y a las nuevas tecnologías, porque de lo contrario estaremos cercenando las posibilidades de generaciones y generaciones de jóvenes, que ya no podrán soñar con un futuro mejor porque sencillamente no estarán preparados para afrontarlo.

Vuelvo a Artigas, “sean los Orientales tan ilustrados como valientes”. ¿Dónde dice “populares”? ¿Dónde dice “simpáticos” o “locuaces”?

Por favor señores, que nuestra bandera siga siendo un retazo de los cielos, que siga siendo un símbolo y un honor al que aspirar genuinamente. Tengan conciencia moral y no nos dejen una patria en retazos, meros despojos de lo que un día supo ser.

No nos quiten señores, la capacidad de soñar o aspirar a un futuro mejor.

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