El tiempo y las metas

Corría por la vida creyendo que a su meta llegaba.

Pero no se daba cuenta 

que cuanto más corría,

más lejos de ella quedaba.

El tiempo y las metas, dos entidades que nos quitan el sueño y por las que generalmente accionamos en modo contrario al que deberíamos.

El mercado y la sociedad nos exigen productividad, compromiso, esfuerzo y dedicación casi permanentes, si es que pretendemos seguirle el hilo al estilo de vida consumista que hoy nos envuelve y del que por más que lo intentemos, no podemos liberarnos completamente, ya que una vida “normal” — no una de mera supervivencia — exige acceso a una alimentación sana y balanceada, educación para los hijos, algo de esparcimiento, un lugar donde morar, algún tipo de vehículo para trasladarse — o el uso del transporte público —, cobertura de salud, vestimenta y poder cumplir con los impuestos y con los gastos de los servicios del hogar —agua, luz, teléfono, internet, etc. —, si pretendemos contar con ellos a diario.

Todo esto se consigue y se mantiene con dinero y el dinero cuesta tiempo físico, que para poder dedicárselo al trabajo, a la empresa o a nuestro proyecto personal, debemos quitárselo a otras actividades.

En un equilibrio razonable y adecuado, deberíamos dividir las finitas 24 horas del día entre el trabajo, la familia, el esparcimiento, nuestro propio tiempo personal — que puede incluir no hacer absolutamente nada — y el descanso o las horas de sueño y recuperación diarias.

Pero cuando perdemos justamente ese equilibrio, comenzamos a postergar a unas en favor de otras, llevándose generalmente el trabajo la mayor parte de nuestro tiempo y quedando “nuestro tiempo” personal y/o nuestra familia, relegados a un segundo o tercer plano de atención y dedicación.

A partir de ahí, estamos definitivamente inmersos en esa loca carrera que emprendemos en sentido opuesto a la meta a la que pretendemos llegar; para peor, nos percatamos de ello recién cuando vemos que la meta está tan lejana que nos obliga a abandonar, o cuando un día nos encontramos frente a nuestros hijos siendo hombres o mujeres y no entendemos cómo crecieron tanto sin que nos diéramos real cuenta.

Una de las cosas más difíciles de definir o determinar es qué queremos lograr en la vida. Qué queremos ser, qué queremos hacer, qué nos completa como seres humanos y qué imagen queremos transmitirle a los demás.

Hace más de 1900 años ya lo expresaba Séneca en una de sus cartas a Lucilio: “No hay viento favorable para el barco que no sabe adónde va”; lo que demuestra que este problema al que nos enfrenta nuestra actual forma de vivir no es originario de nuestra época, ni de nuestras circunstancias, sino que es uno de los dilemas existenciales del hombre desde siempre, y aquellos que arremeten contra él y logran encontrar un norte para sus vidas, son los únicos que están en condiciones de trazar un derrotero que los lleve hasta allí, sin la necesidad de correr “a lo loco”, perdiéndose las vivencias del día a día y el paisaje que las rodea y les aporta valor y sentido.

Lo expresó muy claramente el Maestro Washington Tabárez en su discurso a la llegada de la selección uruguaya, luego del cuarto puesto obtenido en el mundial de Sudáfrica 2010: “lo importante no es la meta, lo verdaderamente importante es el recorrido”.

He leído mucho sobre personas que han estado enfrentadas a situaciones límite y que por diversos motivos estuvieron muy cerca de la muerte, y todas ellas hablan de un cambio de perspectiva luego de atravesar ese proceso. Ninguna privilegió en esas instancias los valores económicos, los logros profesionales o la posición social que pudieran o no ostentar, todo lo contrario, ellos comprendieron finalmente que todo lo que tiene valor real al final de una vida, son cosas inmateriales, son sentimientos, son legados, son actitudes y fundamentalmente “la presencia”, entendida como el acto de estar en plena consciencia de lo que se está haciendo, ya sea un trabajo, un negocio, un juego con sus hijos, un abrazo, una caricia o el amor con su pareja, ¡estar presentes!

¿De qué valen una vida de consumo y una carrera exitosa, si al final del viaje no podemos recordar las primeras palabras de nuestros hijos, sus primeros pasos, su primer diente caído, su primer baile escolar, su primer logro deportivo ni su graduación, por no haber estado presentes? ¿De qué valen todas las comodidades del hogar o las prestaciones del nuevo coche, si al final del viaje nos arrepentimos de no haber estado un poco más con los viejos, o de decirles lo importantes que fueron para nosotros?

Ninguna de las cosas materiales tienen real valor al final de nuestras vidas, por eso es tan importante frenar, detenernos por completo y mirar hacia dentro, explorar qué hay, qué es lo que quiere salir, preguntarnos qué cosas son las que realmente valen la pena y recién después de tenerlo claro, trazar el camino que nos lleve a ellas y echarnos a andar, pero no corriendo, caminando y siendo plenamente conscientes de cada paso, disfrutando el recorrido como corresponde para que al llegar a la meta, estemos en paz y a gusto con nuestra vida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: