La bailarina descalza

Llevaba dos horas dando vueltas en la cama porque el dolor en las piernas no la dejaba dormir. Esta escena que ya se repetía a menudo, encontraba como único paliativo el mismo llanto mudo y furioso de siempre, que en los últimos días corría más por dentro que por sus mejillas.

— ¡Tienes que superarlo de una buena vez! — Eran las palabras que recibía cada vez que la oían quejarse por aquel maldito dolor —. Por lo que había aprendido a soportarlo en silencio, mordiéndose la rabia y masticando la impotencia.

Así que una vez más, resignada, apeló a los consejos de su terapeuta. Acomodó la espalda contra el colchón hasta encontrar una posición cómoda, cerró los ojos y comenzó a respirar lento y profundamente, ensanchando el abdomen al inspirar, reteniendo unos instantes y aflojándolo luego lentamente, al mismo tiempo que soltaba el aire tratando de demorar un poco más que en la inspiración. Finalmente, la respiración diafragmática aprendida para poder relajarse dio resultado, ya que al cabo de algunas repeticiones se quedó dormida.

Si bien sus sueños no se repetían exacta y sistemáticamente, había sí una escena recurrente en todos ellos, cuando comenzaba a llover se quitaba los zapatos y las medias y se ponía a bailar bajo las gruesas gotas de agua que le empapaban el rostro y la ropa, allí era feliz, allí no importaba nada, allí no había dolor, allí era completamente libre, otra vez. Luego de sentir el éxtasis del movimiento que amaba, aquella danza se desvanecía en llanto, todas las veces, como recordándole lo efímero de la felicidad y lo cruel de su realidad.

Aun seguía dormida, pero de alguna manera presentía que todo volvía a ser sólo un sueño.

Despertaba e instintivamente se secaba el rostro con la manga del pijama, entonces se quedaba quieta, inmóvil, como queriendo capturar aquella sensación de felicidad que una vez más se le esfumaba ante los ojos, como un espejismo en el desierto de sus días.

Sus niñas, como cariñosamente llamaba a sus alumnas, eran sus soles, verlas progresar y ganar en confianza era el premio que recibía cada día, sólo por tener la fuerza para encarar la jornada a pesar de sus grandes dolencias y pesares.

Puntualmente llegaba hasta el salón para quedarse allí, detrás del vidrio espejado que le permitía ver cada clase sin que las niñas se percataran de su presencia y por ende, se distrajeran o perdieran la concentración. Elena, su suplente, estaba haciendo un gran trabajo y sus alumnas estaban creciendo en todos los sentidos.

— Creo que va siendo hora de que enfrentes a las niñas, ellas te extrañan mucho y te necesitan. — Le dijo Juan, su esposo, apoyando suavemente la palma de la mano sobre su hombro.

Pero Clara se quedó en silencio.

— Piénsalo amor, que no puedas bailar no significa que no puedas seguir enseñándoles. Sabes cuánto te aman y respetan y sabes lo felices que serían por verte de nuevo. Piénsalo. — Apretó suavemente su hombro y se alejó, no esperaba respuestas,  sabía que no las habría.

Aquellas palabras de Juan eran dagas para Clara, porque si bien sabía que debía seguir adelante con su vida, a pesar de no poder bailar nunca más, era incapaz de enfrentar a las niñas y decirles la verdad, o peor, permitir que se percataran por ellas mismas.

Habían pasado 4 meses ya desde que les dijo que tendría que ausentarse un tiempo de las clases por un viaje, ellas lo tomaron como pudieron y ella lo sabía, pero su ego de exitosa bailarina profesional no le permitía decirles la verdad, el mismo ego que ahora le impedía abrir la puerta que la separaba del salón y fundirse en un abrazo con todas ellas para decirles, al fin, cuánto las necesitaba.

Entre pensamientos, su mirada se perdió en el éter y las imágenes venían a ella con la misma fuerza que aplicaba a cada movimiento, la música que llegaba desde el salón de clases la transportaba directamente a las grandes salas donde había triunfado, podía rememorar cada pensamiento, cada sensación y cada contacto con las tablas, casi con la misma fidelidad con la que ahora sus manos palpaban el frío metal de la silla que la transportaba.

Hubiese preferido mil veces haber perdido la vista, el habla o el oído, pero no los pies, no las piernas, ellos eran su pluma, su pincel, su instrumento y sus alas. Clara nunca podría  comprender la crueldad de una enfermedad que le permitió la vida, pero le amputó para siempre la libertad.

Entre lágrimas de impotencia apretó los reposabrazos de la silla y cerró los ojos con rabia y resignación, dejando que su mente divagase entre la música y las imágenes que se arremolinaban en su conciencia.

Allí estaba otra vez, bailando descalza bajo la lluvia, blandiendo la única felicidad que estaba a su alcance.

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