Vívidos recuerdos

Eran las 3 de la mañana cuando me percaté del tiempo que llevaba leyendo, estaba absolutamente inmerso en la trama del libro que sostenía entre mis manos, no recuerdo exactamente si tenía 9 o 10 años en ese momento, pero aun hoy, treinta y tantos años después,  logro evocar perfectamente cuánto amaba escabullirme en esos mundos inexistentes, pero pletóricos de imágenes que en mi mente se veían — y se ven — tan vívidas y reales como cualquiera de los recuerdos de mi propia vida.

Desde esas épocas, los libros han estado permanentemente cerca de mí, literalmente; sobre la mesa de luz, en el escritorio, en las mesas del living o en la del comedor, en la cocina y hasta en el baño, en el auto, en una mochila, en un bolso o simplemente en la mano, siempre prestos a entregarme sus letras, sus palabras, siempre cerca, como perro fiel que se acurruca entre tus piernas a la espera de caricias. Reconozco que me cuesta salir sin llevar un libro “por las dudas”, ya sea por esa eterna sensación de que eventualmente surja un espacio propicio para la lectura, o porque en realidad odio la posibilidad de perder el tiempo. Van y vienen conmigo, los abra o no. Se acostumbraron ellos y se acostumbró también mi familia.

Recuerdo que acompañar a mi abuelo al club de lectura era mágico, llegar e irme directo al estante de los libros infantiles era como estar frente a una infinidad de puertas que conducían inexorablemente a la aventura. Leer los lomos buscando esa palabra que me atrapara u ojear las tapas en busca de una imagen cautivante, formaba parte del ritual electivo, ellos sabían que quizás no los eligiera esa semana, pero que más tarde o más temprano se irían de paseo en mis manos. Luego llegaba la ansiedad por abrirlo y comenzar a devorar las páginas completando un círculo, dentro del cual, me sentía a mis anchas.

Allí, descansando en el largo estante colmado de historias, encontré a mi primer amor literario, ese que nunca se olvida, ese que te inocula el virus de la lectura para el resto de tu vida.

Mi mirada escaneaba lentamente los lomos de los libros hasta que se topó con una combinación de palabras llamativa: “Colmillo blanco”. Enseguida hundí mi índice en el hueco que quedaba entre el libro y el estante de arriba, calcé la yema del dedo en el  reborde de la tapa y cinché suavemente hacia atrás, desvelando poco a poco una tapa que contenía un par de ojos profundos, que se quedaron mirándome fijamente. No lo pude soltar nunca más, y aunque una semana después el libro volvía a reposar en su lugar, yo no lo solté, se quedó conmigo para siempre. La apasionante historia de ese perro lobo — que devoré en sólo 3 días —, quedaría grabada en mi mente, en mi memoria y en mi corazón para el resto de mis días.

Como en el primer amor, no se vuelve a sentir algo igual, habrán quizás y seguramente amores más fuertes y profundos más adelante, incluso hasta ese sentimiento que llega para quedarse toda la vida, pero lo que sientes al descubrir el amor no se repite nunca más. A mi me pasó lo mismo con ese libro y de ahí en más, no pude ni quise separarme jamás de la lectura.

Por Colmillo Blanco de Jack London derramé mis primeras lágrimas literarias, rompí mi primer récord en acabar un libro, sentí lo que era llenarse el pecho de emoción y también conocí esa extraña sensación de avanzar sin descanso por la trama, al mismo tiempo que deseas con todas tus fuerzas que nunca termine.

Más adelante seguramente escriba sobre mi relación con la lectura, con los libros y con el arte de escribir, pero quería dedicar este texto a ese libro tan especial que marcó mi infancia, mi vida como lector y mi futuro como escritor, esa historia tan dura y emocionante a la vez, que dejó guardados en mi memoria un hermoso manojo de entrañables y vívidos recuerdos.

 

 

 

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