La paradoja de la creación

Todos tendemos a idealizar al acto creativo y a sus progenitores. En el imaginario colectivo se acuña la imagen del creativo tendido cómodamente sobre un colorido sofá, al tiempo que las musas de la inspiración descargan sobre él todo tipo de ideas grandiosas que lo vuelven un ser talentoso y digno de la máxima admiración por parte del resto de los simples mortales.

Seguramente también, hoy en día muchos piensen que esta imagen del creativo “iluminado” está bastante superada y que de alguna manera ya comprendemos que avocarse a la tarea de crear algo, no es para nada algo tan sencillo ni mágico, sino más bien una labor bastante ardua.

Si bien esto es muy cierto, me gustaría profundizar un poco más y llegar a las sensaciones que nos invaden antes y durante el trabajo creativo. Generalmente, tendemos a asociar a la creatividad con una cierta energía positiva —por así decirlo— que nos invade en determinados momentos, ya sean posteriores a un arduo trabajo de investigación y preparación, o simplemente porque el placentero contacto con el agua tibia durante una ducha nos puso en trance y nos iluminó sobre alguna cuestión que teníamos aun sin resolver.

Quisiera reflexionar entonces sobre esa energía positiva y sus consecuencias para con el acto creativo.

Los humanos sabemos por experiencia propia que todo lo relacionado con nuestra zona de confort, generalmente redunda en estados relajados, en sensaciones de tranquilidad emocional y en una cierta falta de audacia o interés por romper el equilibrio alcanzado. El mismo fenómeno ocurre durante los momentos de bonanza económica, los cuales rara vez promueven acciones diferentes a las “establecidas” o a grandes cambios de rumbo.

Y si tomamos como cierta la famosa frase del físico alemán Albert Einstein, de que “no se pueden obtener resultados diferentes si se hace siempre lo mismo”, fácilmente podremos concluir entonces, que en cualquiera de estas situaciones descritas, las consecuencias del sosiego serán, en el mejor de los casos, más de lo mismo, algo que justamente no se emparenta tanto con la definición de creatividad.

Por el contrario, ¿qué sucede durante la incomodidad y las crisis? ¿Qué nos pasa cuando estamos incómodos, cuando estamos intranquilos, cuando estamos entre la espada y la pared, cuando nos agobia la falta de tiempo o de recursos, cuando una situación nos supera y obliga a pensar “fuera de la caja”?

En todos esos casos y en varios más que no detallamos, se encienden nuevas conexiones cerebrales —sinapsis— y nuestro cerebro comienza a comportarse de un modo mucho más cercano a lo creativo. ¿Por qué? Porque las circunstancias nos obligan a serlo para poder sortear los obstáculos que se nos presentan y porque nos ponen en un estado “incómodo” —por llamarlo de alguna manera—, al cual jamás accederíamos por motu proprio sin estas presiones externas.

De alguna manera entonces, me resulta paradojal el hecho de que para ser creativos tengamos que forzarnos a entrar en ese estado de “incomodidad”, cuando nuestra eterna búsqueda como seres humanos ha promovido y promueve, exactamente lo contrario.

Trabajamos para vivir mejor, para disfrutar de un mejor pasar, para alcanzar ese deseado estado de tranquilidad mental, entre otras tantas cosas por las cuales nos levantamos todos los días y hacemos frente a las circunstancias de la vida.

¿Debemos renunciar entonces a  la comodidad, a la tranquilidad y a esa suerte de certidumbre para poder ser creativos?

Pienso que no.

Pero si pretendemos producir algún tipo de elaboración creativa, aplicada a la tarea que sea, creo que deberíamos provocar sí, de alguna manera, esos estados de incomodidad, intranquilidad, agobio o molestia, que generalmente buscamos evitar.

Y algunos ejemplos que se me ocurren entonces para acceder al creativo estado de incomodidad, pueden ser:

  • obligarnos a trabajar a diario en esa disciplina a través de la cual pretendamos crear y no sólo cuando nos sintamos inspirados o cuando tengamos ganas —recordemos que eso forma parte de la zona de confort que queremos deshabitar—, aunque sea por veinte minutos o media hora.
  • Obligarnos a trabajar con elementos que nos resulten incómodos o incluso que nos disgusten, exigiéndole a nuestro cerebro a adaptarse y a producir en condiciones no ideales.
  • Obligarnos a cambiar la perspectiva desde la cual evaluamos los problemas a resolver, porque nada nuevo provendrá desde nuestra habitual forma de ver las cosas.
  • Obligarnos a frecuentar espacios diferentes y hasta incluso contrarios a nuestros gustos personales, hablo del tipo de música que escuchamos, del tipo de textos que leemos, del tipo de arte que consumimos y de los lugares que frecuentamos, porque nada alimenta mejor a la imaginación que aquello que nos es desconocido y que por ende nos provoca curiosidad.

Es muy importante que reconozcamos primero, que todo lo que pensemos en contra de este tipo de acciones son meras excusas que hábilmente produce nuestro cerebro, intentando desesperadamente que no lo pongamos a trabajar. Por eso utilicé la palabra “obligarnos” al principio de cada ejemplo, porque ese es justamente el desafío más grande que tenemos, rebatir los argumentos que presenta nuestro cerebro para ponernos efectivamente, manos a la obra.

Es seguro que a ustedes se les ocurrirán muchos ejemplos más —que de paso estaría bueno que los compartieran en los comentarios, para que todos podamos ejercitar mejor nuestras habilidades creativas— sobre cómo hacer para poder abandonar nuestra comodidad, a pesar del gran poder de convencimiento de nuestra mente.

Una de las cosas que me permitió arribar a esta reflexión, fue notar que aquellos textos con los que a priori me sentía más incómodo, terminaban siendo generalmente los que mejor expresaban mis ideas, o los más valorados por aquellos que me leían. Por otra parte, reconozco que cuanto más me obligo a escribir a diario —con o sin ganas y con o sin temas concretos que expresar—, con más facilidad hilvano las ideas que arriban.

Dejemos entonces la zona de confort para los momentos de descanso y relax, tan necesarios en nuestra tarea y en nuestro actual modo de vida, pero abandonémosla cuando llegue la hora de trabajar en aquello que tanto nos gusta y completa, sea cual sea la forma de arte que elijamos para expresarnos.

Horas de vuelo, trabajo duro, perseverancia, persistencia, voluntad, resiliencia y una mente bien abierta son básicos para poder encontrar nuestro propio estilo y nuestra propia forma de expresar mediante el arte, aquello que habita en nosotros y que puja por ver la luz; creémosle las condiciones necesarias entonces, para que algún día podamos finalmente plasmar nuestra huella indeleble en este mundo.

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