La casa ciega.

“La casa ciega” es un cuento que escribí en el año 2010 mientras cursaba el taller de literatura del gran profesor Nelson Guerra y que posteriormente fue incluido en el libro “Lo que cuenta y canta”, producto de los mejores trabajos del taller en ese año.

Ahora presento aquí una nueva versión del mismo cuento, revisada, corregida y modificada con la perspectiva que permiten siete años de experiencia y práctica, espero les guste, la verdad es que disfruté el hecho de reescribirlo.

 

Greta, el nombre de mi gata está escrito afuera, sobre la calle de balasto, justo en la entrada de casa. Seguramente alguno de los gurises del barrio lo escribió allí para jugarme una broma, no sé, me resulta extraño, porque generalmente me ignoran. En fin, voy a aprovechar para darle a la gata sus galletas antes de preparar el tupper con la comida para el Piltrafa y llevársela como todos los días. Hoy le van a tocar los restos del guisito de ayer —qué bueno que estaba por Dios—, que bien le quedan los guisos a Raquel, los hace potentes como a mí me gustan, con panceta, porotos, chorizo colorado, boniato, papas, se me hace agua la boca con sólo recordarlo. Espero que a Piltrafa le guste, porque es un bicho de mal comer.

Ahora que lo pienso, ¡qué cosa rara ese perro! Apareció en el barrio hace unos meses, desnutrido, sucio, lleno de pulgas y garrapatas, se instaló enfrente y a pesar de que le llevamos comida todos los días, no entra en confianza, se mantiene ahí, siempre desconfiado, temeroso, hasta con cierto odio en su mirada, como si tuviera una expresión de ataque latente y la verdad, que en esos momentos mete miedo el infeliz. Por eso Raquel ya no quiere ir más a llevarle comida, dice que le da un mal presentimiento, que no le gusta su mirada, que le parece un perro con una energía maligna adentro, pero yo no lo creo, el pobre bicho es un sobreviviente, vaya uno a saber de qué batallas y me da cosa dejarlo ahí muerto de hambre.

Enfrente hay una casa abandonada desde hace muchísimos años, en realidad yo nunca la vi ocupada, cuando llegué al barrio con mis padres ya estaba así, tal cual como está ahora. No puedo negar que siempre me intrigó saber cómo era su interior, qué había allí dentro. Pero como está tapiada es imposible, ha quedado todo a merced de mi imaginación, que desde niño, reconozco, ha sido bastante prolífica.

Aparte de la propia historia de la casa —que con cierta dosis de misterio nos contaba el almacenero cada vez que íbamos a comprarle bolitas con los demás gurises del barrio—, yo he ido armando con el tiempo mi propia versión, porque nunca me cerró del todo eso de que el dueño desapareció sin dejar rastros y que años después, apareció un hijo que vivía en Brasil, que enterado de la desaparición de su padre y de la imposibilidad de venderla o alquilarla, vaya uno a saber por qué, decidió tapiarla para no tener problemas con los ocupas. Fue así que quedó entonces la pobre, ciega, muda y triste, indiferente a la realidad del barrio, que desfila ante sus ojos cerrados a prepo.

Volviendo a Piltrafa, éste encontró increíblemente una manera de meterse en la casa —que a estas alturas es “su casa”— y la verdad es que en el fondo me da un poco de envidia, porque después de haber pasado tantos años mirándola e imaginándome su interior, me resulta bastante irónico que el perro pueda conocerlo y yo no, claro, el agujero por el que se mete apenas da para que pase un perro de su tamaño, no hay forma de entrar sin agrandarlo y la verdad, ni se me ocurre meterme en problemas.

Así es que como todos los días, atravesé la entrada en la que alguna vez hubo una portera de madera —que el tiempo y la lluvia se encargaron de destruir—, caminé tan solo unos pasos hasta el porche techado del frente y vacié el contenido del tupper sobre la lata que traje la primera vez que vine a dejarle comida al perro. Como siempre, cuando me aprestaba a llamarlo para que viniera a comer, se apareció silencioso por uno de los costados de la casa, se frenó a unos cinco metros y me quedó mirando desconfiado, como esperando que yo hiciera el primer movimiento para luego decidir qué hacer él. Ahí estaba de nuevo esa mirada traicionera que Raquel tanto temía, y la verdad, es bravo verlo así, pero me da pena dejarlo sin comer. Empecé a recular para no darle la espalda, pasé de nuevo por la portera sin que me quitara la vista de encima, tanto que ni se movió hasta que yo atravesé la puerta de mi casa y la cerré. Una vez adentro lo miré por la ventana, se abalanzó sobre la comida, que nunca le dura más de dos o tres minutos y se devoró todo como un desesperado. Enseguida siguió con el ritual diario, sale por la portera y antes de irse calle abajo, se para a mirar desafiante hacia la misma ventana por la que yo también estoy mirándolo, y aunque él no puede verme, gracias al visillo que se interpone entre ambos, parece intuir mi presencia. Segundos después —que siempre me han parecido minutos—, agacha la cabeza, adopta su típica postura de perro infeliz y se marcha, nunca he sabido a dónde, para volver siempre en las primeras horas de la noche.

En cuanto a mí, soy mecánico dental y tengo mi pequeño taller en una habitación que da al frente de casa. Mi mesa de trabajo está justo debajo de la ventana, me gusta trabajar mirando hacia la calle, me gusta ver movimiento, me distrae un poco de la tarea que esté realizando, pero para poder trabajar tranquilo hice colocar una lámina polarizada en el vidrio, así durante el día, desde afuera no pueden verme.

* * *

Desde el otro día hasta hoy ya pasaron cuatro días y para mi sorpresa, cuando crucé a llevarle la comida a Piltrafa me volví a topar con el nombre de mi gata escrito en el balasto de la calle. Esta vez me preocupó un poco, no puedo negarlo, porque no entiendo cuál puede ser el motivo de algo así, si bien Greta es conocida por todos en el barrio, nunca sale afuera ni tiene contacto con nadie, tampoco recuerdo haber escuchado a los niños jugando por aquí, generalmente hacen bastante ruido cuando andan por la cuadra. Borré las letras con el pie y crucé a dejarle unos huesos que tenía para el perro, que como como todos los días, se apareció silencioso y se quedó mirándome como todas las veces. Pero ahora fui yo el que presintió algo diferente, no puedo explicarlo, pero hay algo en la mirada de Piltrafa que no he visto otras veces, es como una energía distinta, oscura.

Así que dejé al perro comiendo y volví para casa, pero me quedé colgado el resto del día con esa sensación latente, y casi sin darme cuenta, me pasé mirando hacia la casa abandonada toda la tarde. Estaba distinta, más lúgubre que nunca, como si estuviera agazapada, al acecho. Las ventanas tapiadas del segundo piso eran ojos blancos cegados por la cal, el porche techado del frente, se me hacía una gran boca dominada por dos columnas blancas cual enormes caninos, dispuestos a devorarse todo lo que pasara entre ellos. Era la primera vez que sentía escalofríos al ver la casa abandonada, no entiendo mucho por qué, mil veces me quedé mirándola desde el taller, pero nunca tuve esta horrible sensación.

Preferí no decirle nada a Raquel, seguramente todo era producto de mi imaginación, y además, a ella nunca le ha hecho mucha gracia vivir frente a esa casa muda y ciega que a pesar de no ver, igual nos mira.

Esa noche soñé con Piltrafa, lo veía escribiendo con sus patas sobre el balasto de la calle el nombre de la gata y lo hacía mirando fijamente hacia la ventana, como intuyendo que al otro lado del visillo estaba yo observándolo como siempre. Desperté en medio de la madrugada con esa imagen pegada en la mente, me levanté, fui hasta la cocina y me calenté un vaso de leche sola. La tibieza del vaso entre las manos y el dulce sabor de la leche me reconfortaron un poco, pero no pude evitar ir hasta la ventana y mirar hacia la casa. De noche se veía ciertamente tenebrosa, corrí la cortina y me volví a la cama para intentar dormirme de nuevo.

Los días siguientes se tornaron, poco a poco, cada vez más extraños. Reconozco que estoy un poco obsesionado con la casa abandonada, he pasado días enteros mirándola desde el taller, y cada vez que cruzo a llevarle comida a Piltrafa, me siento observado por ese par de ojos ciegos, incluso a veces, hasta he creído escuchar que desde el fondo de las fauces de ese porche, justo desde la tapia de lo que alguna vez fue la puerta de entrada, emergía una especie de sonido gutural, que me hizo salir corriendo y meterme en casa de golpe con el corazón en la boca, para que luego de respirar un par de veces, al mirar por la ventana me encontrara de frente con la mirada inquisitoria de Piltrafa, parado justo en el lugar donde aparecía escrito el nombre de la gata.

He dudado en contarle todo lo que me está pasando a Raquel, pero no me parece muy verosímil y temo que no le de ninguna importancia, así que he optado por callar e intentar aparentar cierta normalidad, al menos frente a ella.

Me está costando muchísimo llevarle la comida al perro, pero como tampoco puedo revelar el motivo de mi miedo, lo sigo haciendo; eso sí, corrí la lata hasta el límite del terreno, así puedo dejarle la comida sin tener que acercarme tanto a la boca de la casa.

Me temo que mi comportamiento y mi obsesión por la casa ciega se estén tornando un poco evidentes para Raquel, porque sin que yo me percatara la encontré un par de veces mirándome extrañada cuando me he quedado colgado mirando hacia enfrente.

* * *

Hace un par de días Raquel tuvo que ir a la casa de sus padres para cuidar a su madre enferma y la verdad que han sido dos días terribles para mí. El primer día salí a llevarle la comida a Piltrafa y me topé con el nombre de la gata escrito de nuevo en la calle, en el mismo lugar de siempre, pero con una diferencia que me dejó helado y con los pelos de punta, toda la escritura estaba manchada con sangre, como si se hubiesen lastimado al hacerlo. Di media vuelta y entré corriendo a la casa buscando a la gata, pero no aparecía por ningún lado. Busqué desesperado por todas partes, hasta que recordé que la pobre, cada vez que se asustaba se metía dentro del mueble que estaba debajo de la pileta de la cocina. Por suerte estaba allí y cuando me vio maulló enseguida, pero no logré sacarla, estaba aterrada, seguramente quien, o quienes escribieron en la entrada, deben haber hecho ruidos que la asustaron, no se me ocurre otra hipótesis.

Por las dudas revisé cada rincón, todo estaba intacto, fui de nuevo hasta la ventana del frente a mirar, y juro que me pareció ver que la casa abandonada esbozaba una sonrisa con esa horrible boca hambrienta. Desesperado empecé a pensar en qué hacer, el pánico se estaba apoderando de mí, así que corrí al taller y empecé a vaciar los estantes de las paredes, los arranqué de su lugar y los llevé al living. Después corrí al lavadero y de la caja de herramientas saqué un martillo y un bollón con clavos grandes, volví al living y empecé a clavar los estantes sobre las ventanas y la puerta hasta que quedaron tapiadas por dentro. Después, desarmé la biblioteca y usé las maderas para tapiar las ventanas y la puerta de la cocina y con las puertas de los placares tapié las ventanas de los cuartos. Una hora después me dejé caer en el sillón exhausto, pero a salvo.

Por suerte, con Raquel tenemos la despensa llena, por lo que no tendré problemas para comer y dudo que extrañe salir, porque a no ser para llevarle la comida a Piltrafa, hace tiempo que no voy a ningún lado. Lo único que seguramente extrañaré será mirar por la ventana, pero prefiero estar así que tener que volver a enfrentar la mirada de esos malditos ojos ciegos, porque aunque ahora no pueda verla, sé que la casa está ahí afuera, paciente, acechándome como un lobo a su presa.

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