Qué bien nos haría un “Thanksgiving”

Los Estados Unidos festejan todos los años, el cuarto jueves de Noviembre, su Thanksgiving o “Día de Acción de Gracias”. 

Tal como su nombre lo expresa, en este día, todos los norteamericanos “dan gracias” a quien, o a lo que corresponda, en un acto que sin dudas define a este pueblo desde un punto de vista sociológico y cívico, porque el hecho de “agradecer” por todo aquello que se recibe es un acto de madurez, de respeto y de grandeza.

No quiero aquí, entrar en el análisis ni la polémica sobre todos los aspectos buenos o malos que también definen al pueblo norteamericano, sino centrarme en el concepto que representa esta festividad para una nación y para todo su pueblo.

En muchos casos el acto de “dar gracias” es posterior al acto de “pedir”, en otros es consecuencia de recibir la ayuda de alguien o de algo, pero en todos los casos, es un acto de “reconocimiento”. Reconocemos que sin la intervención de esa persona o entidad, no hubiésemos logrado aquello que buscábamos, o no hubiésemos podido alcanzar el estado en el que ahora nos encontramos.

Dar gracias es también un acto de humildad, es aceptar y reconocer que no lo puedo todo, es poner las cosas en su justo lugar, es crear una corriente de energía positiva que abarca a las dos partes, y es permitir que el otro sienta la satisfacción lógica y natural de haber hecho algo que valió la pena, por alguien que lo merecía.

Dar gracias permite crecer, material y espiritualmente, porque el sólo hecho de permitir la ayuda y reconocer luego a quien la otorga, es la base del trabajo en equipo, es el cimiento sobre el que se afirma toda sociedad, es el punto de partida para que las personas se sientan útiles y valoradas, y a partir de ello, se proyecten al futuro con convicción.

Ahora bien, del mismo modo que un simple “gracias” provoca por sí mismo la creación de un círculo virtuoso, lo contrario, el “desagradecimiento”, genera una escalada de negatividad que se extiende como una enredadera, ahogando hasta la muerte al mismo árbol que le da soporte.

Es muy fácil criticar desde lejos ciertas actitudes o rasgos del pueblo norteamericano, que generalmente están vinculados a su altísimo consumismo, a sus aun hoy lamentables expresiones raciales, o a su altanería política que muchas veces los mueve a pelear por causas que no les son propias y a las cuales tampoco fueron llamados, entre otras tantas cosas; pero no podemos negar que son un pueblo pujante, que va a más, que aquel que realmente tiene convicción y fuerza de voluntad logra lo que se propone, que son altamente profesionales y que gran parte de su éxito viene precisamente de acciones tan puntuales como dedicarle un día al acto de dar gracias, a ser agradecidos de corazón, a respetar el trabajo y la acción del otro, a respetar las normas y a respetar el derecho ajeno. Obviamente que hay excepciones, pero la excepción jamás será la regla.

Si pensamos un poco en el presente de nuestra sociedad, vamos a encontrar una infinidad de ejemplos de desagradecimiento, de falta de respeto, de falta de profesionalismo, de falta de cultura cívica, de falta de valores, de falta de iniciativa, etc., etc..

La verdad, son tantos, que siento que es difícil distinguir por dónde empezar a darle forma a una sociedad que la ha perdido completamente. Violencia, inseguridad, corrupción política, jóvenes que no estudian ni trabajan, jóvenes sin sueños ni expectativas,  adultos mayores desacreditados por las generaciones menores, adultos mayores que apenas sobreviven, que no tienen esperanzas, padres desorientados, hijos con problemas de adicción, una educación que duerme la siesta mientras la de los países desarrollados entrena fuerte para encarar un futuro que será maravillosamente increíble, pero sumamente demandante. En fin, la lista negra parece ser eterna, como nuestra falta de encare y voluntad para hacer lo que debemos hacer y no, lo que nos da la gana.

Vuelvo a pensar en la raíz, en la base de la festividad del “Día de Acción de Gracias” y me convenzo de que algo así nos haría mucho bien, porque nos hace falta dar más las gracias, reconocer al otro, reconocer aquello que la vida nos entrega y en el mismo acto, valorarlo en su justa medida, y por sobre todo, “honrarlo”, para que no caiga en saco roto, para que el otro se contagie y sienta que vale la pena el esfuerzo.

No hay nada más lindo que hacer algo por alguien y recibir un simple “gracias”, es tan fuerte esa palabra, que la mayoría de las veces opaca absolutamente a la eventual retribución económica que podamos recibir a cambio. ¿Cuántas veces hicimos algo con tantas ganas y con tanta convicción que ni siquiera pensamos en cuánto cobraríamos por ello? ¿Cuántas veces estuvimos dispuestos a hacer algo importante a cambio de un simple gracias? ¿Muchas verdad? Tantas, como aquellas en las que nos decepcionó no recibirlo, porque sentíamos que era lo mínimo que merecíamos, aún a pesar de haber cobrado por ello.

Es muy fuerte el poder del agradecimiento, es transformador, es alquímico, es capaz de transmutar todo a su alrededor.

Como a todo soñador, me golpea saber que a pesar de volcar estas palabras en el lienzo infinito de la red, las mismas seguramente no hallen eco en la mente ni el espíritu de mi sociedad, y que seguramente el óxido que corroe sus estructuras haya calado demasiado hondo como para estar a tiempo de cambiar las cosas, pero como todo soñador, no pierdo la esperanza de que esta humilde semilla que aquí siembro, germine al abrigo de un alma receptiva, que esté dispuesta a contagiarse de este espíritu de cambio.

Mientras tanto, te doy las gracias por tomarte el tiempo de leerme y reflexionar conmigo.

 

 

 

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