El conjuro de la bestia

Erase una vez un hombre al que todos llamaban “La Bestia”.

Puede decirse que en parte, quizás tenían razón, pero por otro lado, este hombre era exactamente, todo lo contrario.

Su nombre era Waldemar, un hombre de contextura gruesa, muy alto -superaba fácilmente el metro noventa y cinco-, de tez oscura y ojos saltones, su boca se marcaba en el rostro únicamente cuando al abrirse, dejaba ver parte de la blanca dentadura o de la lengua con su pálido color rosa. Waldemar era un hombre hosco, seco, de poco hablar, de gesto duro y mirada esquiva; hasta se puede decir que muchos de quienes lo nombraban por su cruel apodo, desconocían el verdadero sonido de su voz, por lo que se manejaban con esa leyenda urbana que aseguraba, entre otras cosas, que la misma era profunda, gutural y oscura y que por ello aquel hombre evitaba hablar delante de los demás. Waldemar era un hombre muy adinerado, vivía en una vieja casona, la más grande del pueblo, la cual había comprado, hacía ya muchos años, a los herederos de un antiguo general militar, que la había construido allí, a raíz del exilio que le impuso su patria.

Sin llegar al estado de abandono, se podría decir que la casona estaba falta de varios cuidados, principalmente los que tenían que ver con la pintura exterior y con el césped del parque, el cual superaba en altura a la cintura de cualquier hombre de estatura promedio. El único sector que se mantenía prolijo, era el que rodeaba al camino de piedras, que oficiaba de acceso a la puerta principal, césped que personalmente cortaba Waldemar, todos los domingos a primera hora de la mañana, exactamente a la salida del sol. Este tipo de actitudes y actividades en horarios poco comunes eran habituales en “La Bestia” y alimentaban de alguna manera, todas las especulaciones sobre su persona. Aunque muchas de ellas no estuvieran del todo erradas.

Las costumbres extrañas de aquel hombre promovieron la versión, por todos aceptada, de que allí, en la vieja casona, entre otras actividades, “La Bestia” se dedicaba a la alquimia o a otras prácticas esotéricas, las cuales no hacían más que alimentar el inconsciente colectivo que de por sí, ya estaba bastante predispuesto a aceptar todo aquello que escapara al común de esa pequeña y conservadora sociedad.

Quienes ya peinaban canas, aseguraban conocer a alguien, que a su vez conocía la casa desde antes de la llegada de “La Bestia”, a lo que enseguida sumaban relatos espeluznantes sobre un calabozo, cual mazmorra medieval, que supuestamente estaba construido en el subsuelo de la propiedad y en el que se podían ver máquinas infernales, diseñadas para provocar dolor y dignas de las más terribles historias de horror. Pero el mito más fuerte grabado en la mente de toda la población era la rueda, una circunferencia de acero, de un metro y medio de diámetro, completamente forrada con clavos de plata perfectamente afilados, sobre los que se ataba a las víctimas boca arriba, hasta que penetraban completamente su cuerpo, para luego poner al artefacto a girar, trescientos sesenta grados, durante horas.

Obviamente, “La Bestia” conocía todos estos comentarios sobre su persona, pero les restaba interés, sus verdaderos objetivos estaban bastante más allá de todas esas historias fantásticas acerca de él, de hecho, para su propia forma de verlo, no podían estar más errados.

Cincuenta años atrás, en su país natal, Waldemar tuvo que vivir, debido a particulares circunstancias, una serie de episodios que marcarían su vida para siempre. Aquel joven liceal, que tenía una vida colmada de proyectos por delante, se topó, de buenas a primeras, con una guerra civil que terminó dividiendo al país en dos bandos política y filosóficamente enfrentados.

La cruda realidad de la guerra y su voraz arremetida, le impidieron tomar partido por propia convicción, no tuvo tiempo, una semana después de los primeros enfrentamientos, su padre fue capturado por los militares, bajo el cargo de sedición. A la vista de aquel adolescente, aquello fue absolutamente inaceptable, desconocía por completo las actividades clandestinas de su progenitor y no se convencía de que aquello estuviera  efectivamente pasándole a su familia.

Inmediatamente nació en él un sentimiento anti militar que lo llevó a unirse al movimiento de liberación, lugar en el que muy poco tiempo después comprobó, no sin cierto dolor, lo célebre de la figura de su padre. Participó activamente en varias operaciones, destacando rápidamente por su gran capacidad física y su implacable dad para la acción armada, la cual se alimentaba por el ingenuo deseo de encontrar a su padre y poder rescatarlo.

Lamentablemente un hecho tristemente fortuito terminó enfrentando a Waldemar, a la única noticia que no estaba preparado para recibir, su padre había muerto, víctima de la tortura, en el cuartel en el que lo mantenían detenido y al que por un error estratégico, llevaron esa mañana a Waldemar, tras capturarlo en medio de una operación fallida. Aquello hundió al joven Waldemar en un pozo depresivo, del cual salió abruptamente una noche, tras su traslado a la oficina del general del regimiento. Esa reunión provocó un punto de inflexión en su vida. No emitió sonido durante todo el encuentro, no pudo, simplemente escuchó, durante lo que par a él fueron horas, el relato detallado, sádico y perverso de todo lo que aquel deleznable personaje, le había provocado personalmente a su padre, durante las “sesiones” que compartieron en aquella gran y nefasta oficina. El dolor fue tan fuerte y caló tan profundo en el alma de Waldemar, que en ese mismo momento se juró a sí mismo que fuera como fuera, no descansaría hasta encontrar la manera, no sólo de hacer pagar en vida a ese miserable todo el dolor físico y mental que le había infligido a su padre, sino que también, buscaría la forma de que luego de muerto, su alma tampoco descansara en paz.

Aquella guerra llegó a su fin, Waldemar logró salir de su cautiverio sin haber sufrido el flagelo de la tortura -seguramente hayan pensado que lo vivido por su padre, había sido suficiente, o quizás el general haya sido consciente de que tras la reunión mantenida, había provocado heridas mucho más profundas y dolorosas que las que pueden generarse al cuerpo físico-, terminó sus estudios y se graduó como abogado, ejerció con pasión, ahínco y un marcado énfasis por procurar la verdad y la justicia. Sus años como profesional, marcaron una época de éxito en su vida, tanto a nivel económico como social, llegando a ser un hombre muy respetado en su país.

Los años pasaron, pero Waldemar nunca olvidó su juramento, trabajó concienzudamente para encontrar la forma de juzgar al asesino de su padre, pero el poder político de turno, levantaba permanentes barreras a sus esfuerzos. De todas formas nunca claudicó, mantuvo firme su cruzada, hasta provocar el auto exilio definitivo de aquel personaje oscuro, ante el temor de que un día, el maldito abogado negro, a quien debió liquidar aquella noche, finalmente lograra su objetivo y lo hiciera terminar su vida encerrado en alguna cárcel estatal.

El general realizó muy bien los escasos movimientos que tuvo a su alcance, desapareciendo del país sin dejar rastros y cambiando su identidad para radicarse en un lejano lugar del que nadie tuviera noticias.

A pesar de ello, Waldemar no se entregó, todo lo contrario, abandonó el ejercicio formal de su profesión -a esas alturas el éxito laboral obtenido, más una serie de buenas inversiones en otros sectores, le habían munido de una fortuna suficiente como para no preocuparse por el resto de su vida-, por lo que pudo dedicarse en cuerpo y alma a encontrar al nefasto inspirador de su juramento. Recorrió cielo, mar y tierra, recabó y ató todos los datos que llegaron a sus manos, hasta que finalmente cumplió su objetivo de dar con el paradero de aquel miserable.

Se estableció en un país vecino al elegido por el general para su guarida, cambió él también su identidad y montó una empresa pantalla que utilizaba hábilmente para provocar todo tipo de contratiempos a la empresa que manejaba la familia del antiguo general. Todo esto, sumado al devenir de las circunstancias, fue provocando primero, el camino inexorable a la quiebra de éste y posteriormente, un pronunciado declive en su estado de salud. Una vez que estuvo seguro de la delicada estabilidad física, del a esas alturas septuagenario general, se apersonó ante éste, perfectamente disfrazado, de forma que nadie en aquel entorno pudiera identificarlo, para mantener una reunión en la que sólo él habló y tras la cual, algunas horas después, el macabro personaje se quitó la vida. El contenido de aquel encuentro nunca se conoció.

Poco tiempo después, aprovechando la precaria situación económica de los herederos del nefasto general, adquirió por intermedio de abogados, la propiedad de la casona, la cual mantuvo inhabitada hasta asegurarse que éstos abandonaron el país para volver a su tierra natal.

Así fue entonces que “La Bestia” apareció en la ciudad como lúgubre personaje, alimentando la imaginación de aquella conservadora sociedad.

Del juramento original que se hiciera Waldemar, sólo una parte se había cumplido, pero faltaba otro aspecto que se emparentaba más bien con lo sobrenatural y lo oculto. “La Bestia” había dedicado aquellos años de paciente espera en el país vecino, al estudio concienzudo de todo lo relacionado con el esoterismo, la magia negra y las fuerzas ocultas. Su búsqueda se centraba en tratar de encontrar algún conjuro que provocara que el alma de aquel macabro asesino, vagara eternamente buscando un descanso que nunca llegaría.

Cuando ya las fuerzas mermaban y la búsqueda se agotaba, se topó con un hallazgo escondido en un antiguo libro llegado a sus manos hacía unos meses, allí estaba la información que le faltaba para conjurar finalmente al maldito.

Levantó lentamente la mirada desde aquellas páginas amarillentas, miró a través de la ventana que tenía a su frente, se quitó los lentes y suspiró, dejando escapar en esa larga exhalación, la congoja contenida a través de tantos años. Cerró el libro y lo apoyó sobre la mesa sonriendo levemente, consciente de que a partir de aquel momento, su espíritu y su mente encontrarían finalmente la paz, a expensas del eterno dolor de un alma vagabunda.

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