¡Maldita hipocresía nuestra de cada día!

¿Cuántos personajes encarnamos a lo largo del día? ¿Todos ellos nos representan fielmente, o en realidad obedecen a la necesidad de amoldarnos a los mil y un requerimientos que nos exige la vida social actual?

Desde la antigüedad las máscaras nos han permitido ocultar nuestras verdaderas “caras” cada vez que por vergüenza o conveniencia lo considerábamos necesario, pero en la actualidad, el hiperdesarrollo de las comunicaciones y su omnipresente demanda, ha provocado determinadas “posturas” que no necesariamente nos representan y que equivocadamente interpretamos como necesarias para sentirnos aceptados por determinados grupos.

Nuestros roles se han multiplicado exponencialmente y al de hijo, hermano, padre, amigo, empleado, patrón, alumno, profesor, director o cualquiera de tantos otros, como situaciones nos plantee la vida,  se suman los que surgen a partir de las redes sociales, las necesidades económicas, la falta de trabajo, la inseguridad o la incertidumbre, por citar sólo algunos, que nos han encajonado y obligado a desarrollar estrategias que no siempre reflejan con honestidad nuestra auténtica realidad.

La palabra hipocresía proviene del latín tardío hypocrisis y del griego ὑπόκρισις (hypokrisis), que significan “actuar”, “fingir” o “una respuesta”. También se puede entender como viniendo del griego hypo que significa “máscara” y crytes que significa “respuesta” y por lo que la palabra significaría “responder con máscaras”.

Fuente: Wikipedia

Puedo entender que la hipocresía es una consecuencia del vértigo que nos impone la vida actual, pero no puedo aceptar que nuestra sociedad la haya elevado a la máxima potencia a lo largo de las últimas dos décadas, por lo menos.

En estos últimos años posteamos y compartimos con gran facilidad y soltura una cantidad de conceptos en las redes sociales que obviamente nos enaltecen, pero que no necesariamente honramos luego con nuestras acciones y actitudes. Llenamos nuestros perfiles de imágenes y videos con hermosos pensamientos que jamás aplicamos y que peor aun, ni siquiera nos damos cuenta de que tampoco nos representan. Todo, porque pretendemos mostrarle al mundo una imagen de nosotros mismos que no es real y que en nuestro fuero interno, sabemos que es así.

¿Acaso nos hemos detenido a pensar si nuestros hijos encuentran una coherencia entre lo que posteamos en las redes sociales y lo que actuamos en casa? ¿Es esa máscara que vestimos en ese entorno un fiel reflejo de nuestro verdadero rostro? Porque menudo mensaje les estamos dando, si lo que ellos leen y ven allí, de nuestra parte, se contradice con el ejemplo que a diario les brindamos en el interior de nuestros hogares, ese sagrado lugar en el que ninguna miseria queda impune, ni oculta.

Nadie esta libre de portar esta peste, nadie puede mirar para el costado haciéndose el desentendido, porque muchas veces la realidad nos embreta y nos obliga a reaccionar, generalmente “como podemos”, que no necesariamente significa, “como debemos”. Obviamente hay quien lucha denodadamente por superar la hipocresía y por vivir una vida en completa coherencia entre su discurso y su acción, pero lamentablemente son cada vez menos y son justamente ellos, los que permiten que el mundo avance aunque sea a los tumbos, cargando sobre sus hombros —y sin percatarse de ello— el peso de quienes prefieren vivir una vida de engaño y apariencias.

Nuestra sociedad está enquistada de hipocresía, empezando por los estamentos políticos, que con su ejemplo han derramado sus efectos hacia la ciudadanía —diciendo unas cosas y haciendo otras completamente diferentes—, siguiendo por los actores públicos, que muchas veces son incapaces de evitar que la imagen que han propagado a los cuatro vientos sea completamente contrapuesta con su realidad y por ende, que muchas veces su ejemplo sea absolutamente lamentable y finalmente en el ciudadano común, el famoso “de a pie”, que por ósmosis ha absorbido esa dinámica y la ha trasladado sin darse cuenta a su propia existencia, generando un discurso oral y actitudinal que no se corresponde en lo más mínimo con su verdadera esencia.

Me entristece profundamente observar que nuestra sociedad uruguaya sea en su gran mayoría tan hipócrita, que no seamos capaces de ensayar un Mea culpa y asumir nuestros propios errores, antes de resaltar a viva voz los del otro. Estoy harto de chocarme diariamente con una infinidad de actitudes hipócritas y sentir una impotencia absoluta ante la magnitud del suceso, que provoca la automática reflexión de no comprender dónde está la punta que aporte una solución para este mal que nos termina afectando a todos sin excepción.

¡Estamos enfermos de hipocresía y no queremos asumirlo!

¿Cómo podemos pedirle a los jóvenes que tengan una actitud diferente si nosotros actuamos contrariamente a nuestros discursos? La mejor forma de educar es por el ejemplo, ellos no hacen lo que les decimos que hagan, porque su subconsciente los va a llevar a hacer justamente aquello mismo que nos ven hacer. “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”. ¿Han escuchado una frase más lamentable que esa? Eso es lo mismo que decir, “Escúchame, pero no me respetes”. Y es eso mismo lo que les estamos transmitiendo, que ni siquiera nosotros mismos nos respetamos, que somos incapaces de asumir nuestra realidad y aceptar que no somos perfectos, que le erramos como cualquiera, que tenemos nuestro lado miserable, pero que luchamos por combatirlo aunque a veces no podamos derrotarlo.

Nos escuchan criticar abiertamente a alguien por su apariencia, pero ven que somos incapaces de empezar una dieta y mantenerla hasta alcanzar el objetivo, ven nuestra incapacidad para reconocer que necesitamos ayuda, que dependemos de que nos empujen, que nos inspiren, porque no las sabemos todas, ni tenemos toda la disciplina que se requiere. Nos escuchan criticar a los gritos a quienes se equivocan cuando manejamos, pero nos ven que seguimos de largo en una cebra o que nos tiramos donde no debemos, porque llegamos tarde al colegio o a la consulta con el médico. Leen todos nuestros “pensamientos positivos” en las redes sociales, pero nos ven quejarnos todo el día en nuestras casas. Miran todas nuestras hermosas e inspiradoras imágenes  de superación personal, pero nos ven ir a trabajar con desgano y con la puteada a flor de labios. Nos escuchan saludar a otros con un “¡todo bien!”, pero ven nuestra infelicidad al no poder colmar nuestras expectativas consumistas. ¿Acaso existe una incoherencia mayor? Pues esa es la imagen que nuestros hijos, sobrinos y nietos absorben permanentemente de nosotros, aunque luego y para ser “coherentes” —¡ja!— le echemos la culpa a la educación —que por cierto tampoco está bien, pero que aquí no viene al caso—.

Lo que está mal, lo que va mal, somos nosotros mismos y hasta que no lo asumamos y cambiemos nuestra actitud hacia la vida y hacia todo lo que hacemos, nuestro entorno no cambiará. Por ende no cambiará nuestra familia, no cambiará nuestra cuadra, no cambiará nuestro barrio, no cambiará nuestra ciudad, ni nuestro país; no cambiará nuestro mundo. Mientras tanto, seguiremos como en el tango, con “la ñata contra el vidrio en un azul de frío” que nos ha congelado por dentro y que nos impide vernos y pensarnos a nosotros mismos.

Hagamos el esfuerzo y derrotemos a esta maldita hipocresía nuestra de cada díahagámoslo por nosotros, pero fundamentalmente hagámoslo por los que nos siguen, porque ellos no merecen pagar por nuestros errores.

 

 

2 comentarios sobre “¡Maldita hipocresía nuestra de cada día!

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    1. Muchas gracias por tu lectura y tus palabras Nohemi, coincido contigo, lamentablemente este fenómeno se ha expandido al mundo entero sí, seguramente como una de las primeras consecuencias de la globalización y la “digitalización” de nuestras vidas. De todas formas, creo importante que rescatemos los valores fundamentales y que encontremos una forma sustituta de proveerlos del mismo modo que antes se hacía en el seno de las familias. Saludos!

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