¿Realmente damos lo mejor de nosotros?

Durante la segunda mitad del año pasado tuve la oportunidad —y la suerte— de asistir a una charla del psicólogo Alejandro de Barbieri en el colegio donde trabaja mi esposa, trataba sobre la educación a los hijos y todo lo que ello conlleva para la labor de padres.

La conferencia fue magistral desde todo punto de vista, tanto, que promovió en mi una serie de reflexiones a todo nivel y no sólo en cuanto a mi rol de padre, sino también en los de hijo, hombre y ciudadano.

Este post no está relacionado directamente con esa charla —invito a quienes lo deseen a ver en youtube algunas de las conferencias y entrevistas del psicólogo, valen el tiempo invertido—, sino con una palabra que de Barbieri mencionó allí y me quedó prendida en la memoria con una fuerza inusitada: GANBARIMASU.

Esta palabra de origen Japonés, no tiene una traducción literal al español, pero es utilizada por los nipones para darse ánimos y enfrentar las adversidades con perseverancia. De todas formas, una de las traducciones posibles que podemos darle es justamente “Dar lo mejor de uno mismo”. Y el espíritu que envuelve a esta palabra/concepto es dar lo mejor de uno mismo en todo momento, perseverar, creer en uno mismo y a partir de ahí darlo todo para tener la seguridad y la tranquilidad mental de haber hecho todo lo que estuvo a nuestro alcance.

Es indudable que el uso de esta palabra en lo cotidiano, le dio a Japón un resultado formidable, permitiéndole resurgir como nación luego de haber perdido la guerra, para transformarse luego en una de las cinco potencias mundiales.

Ganbarimasu fue —y sigue siendo— el vehículo a través del cual unos a otros se daban ánimos, fueran cuales fueran las circunstancias, a través de una expresión que todos compartían y respetaban. Claro, es bueno recalcar, que primero que todo, los Japoneses se respetaban como personas, como individuos y ello les permitía “recibir” del otro esa dosis de ánimo, que seguramente muchas veces significó no dar los brazos por vencidos a último momento, levantar la cabeza e intentarlo una vez más, para finalmente lograrlo. ¿O acaso no nos quedamos muchas veces a un metro del oro sin saberlo? Quizás si alguien a quien respetamos nos hubiese “regalado” un Ganbarimasu en el momento justo, seguramente lo hubiésemos logrado, pero claro, por algo las tradiciones orientales nos llevan miles de años de ventaja en cuanto a la vida cívica, moral y espiritual.

Tenemos muchísimo que aprender como sociedad y no estaría nada mal tomar como ejemplo algunas prácticas de las culturas orientales, porque si bien es muy difícil aplicar sus modos de vida a nuestras costumbres occidentales, es mucho lo que pueden enseñarnos sobre valores tan básicos y necesarios como el respeto, la disciplina, la perseverancia o la humildad.

Últimamente me encuentro pensando muchas veces en qué aspectos son los que nos han hecho retroceder como sociedad ¿Qué fue lo que provocó que perdiéramos el respeto hacia el otro de forma tan radical? ¿Qué dejamos de hacer para perder a la disciplina o la perseverancia como pilares del esfuerzo propio? ¿En qué momento dejamos de valorar la sabiduría de los adultos mayores e hicimos oídos sordos a sus consejos? ¿Cómo se nos enquistó la ley del mínimo esfuerzo?

Es indudable que el problema de fondo es intergeneracional, porque quienes tenemos hoy de 35 años en adelante guardamos en nuestra memoria el esfuerzo y la dedicación al trabajo de nuestros abuelos y padres, su perseverancia ante las dificultades y su respeto hacia los demás y hacia las posesiones de éstos, guardamos en la memoria que a la escuela, al liceo o a trabajar se iba aunque estuviera lloviendo o hiciera frío, que se faltaba por enfermedad sólo en caso de tener que hacer cama por prescripción del médico, que si queríamos algo teníamos que esforzarnos por conseguirlo, que no era ningún mérito dejar de hacer una tarea y con ello perjudicar al resto de los compañeros, que si estaba a nuestro alcance ayudar a un amigo o un vecino se hacía sin dudarlo, que la visita del, o al abuelo o la abuela eran una fiesta, del mismo modo en que muchos de sus rezongos nos quedarían grabados para toda la vida, por la fuerza de su verdad.

Ellos fueron nuestros ejemplos y no hay mejor método de enseñanza que ese. ¿Qué pasó entonces? Porque la caída ha sido estrepitosa. Hemos negado nuestra esencia para adoptar vaya uno a saber qué arquetipos diferentes, que obviamente nos están llevando por un derrotero de trágico final. Yo quiero creer que hay luz al final del túnel, me lo propongo todos los días, seguir siendo optimista a pesar de una realidad que te abofetea sin miramientos, ser optimista a pesar de los mil y un ejemplos que me indican lo contrario, yo quiero seguir creyendo que podemos dar vuelta la taba y cambiar la jugada.

Está en nosotros ese cambio, de eso nadie tiene dudas, pero del dicho al hecho hay un trecho y transitarlo no es tan sencillo, para muestra solo basta un sorbo de cruda realidad.

Pienso, si Japón pudo hacer frente a la reconstrucción de un país en la posguerra apoyándose en una sola palabra, ¿no podremos nosotros encontrar nuestro propio Ganbarimasu? Quizás sí. Pero antes, debemos recuperar esos valores fundamentales que hemos dejado escondidos en el sótano.

Seguramente en teoría sea fácil, pero en la práctica ningún Ganbarimasu uruguayo será posible si no recuperamos el respeto, si no recuperamos la disciplina, la perseverancia y la sana humildad, porque las palabras, palabras son, es el sentido que les otorgamos lo que les aporta peso específico, lo que las transforma en armas poderosas o en máquinas de trabajo, capaces de destruir todo a su paso o de levantar naciones enteras.

¿Realmente estamos dando lo mejor de nosotros en cada momento?

Mmmm, si lo estuviésemos haciendo, nuestro propio ejemplo estaría sentando las bases de un futuro muy promisorio, pero la dura realidad nos está demostrando lo contrario, lamentablemente.

Leía por ahí:

“La vida no es solo soñar y empezar proyectos, también hay que ser perseverante e insistir hasta hacer realidad lo que cada uno se propone”.

 

Si queremos podemos, y ¿qué difícil es no querer cuando se mira la carita de un niño verdad? Si nos ven respetar a los demás, si nos ven trabajar duro para conseguir lo que nos proponemos, si nos ven ayudar a otros, ¡si nos ven! —porque eso también es fundamental—, ¿qué creen que van a querer hacer ellos también? Y cuidado, porque lo contrario también aplica.

¡Ganbarimasu!

 

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