M’hijo el empleado público

En el año 1903 el dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez escribió la obra teatral “M’hijo el dotor”, un drama rural en tres actos que presenta el choque social entre la gente del campo y la de la ciudad, un conflicto entre dos concepciones diferentes de la vida.

Pero más allá de la propia trama de la obra —la cual goza de un gran reconocimiento internacional—, el título de ésta marcó un sentir en el común de la sociedad uruguaya del siglo XX,  que en buena forma reflejaba el deseo de la gran mayoría de los congéneres de todas las clases sociales de la época, que no era otro que ver a sus hijos recibidos de profesionales universitarios, como una forma legítima de aspirar a un futuro mejor, sobre todo para aquellos que provenían de los sectores menos privilegiados de la sociedad.

Gran parte del siglo XX transcurrió en el Uruguay bajo un modelo social basado en los valores de la educación, el trabajo y el esfuerzo —en ello mucho tuvieron que ver también, los miles de inmigrantes llegados al país con sus costumbres de vida a cuestas— , donde los referentes familiares, tanto abuelos como padres, educaban a sus nietos e hijos, principalmente a través del ejemplo. Ello decantaba obviamente a lo largo y ancho de una sociedad que se jactaba de ser de las más educadas de la región, pero sobre todo, promovía en sus niños y jóvenes, el firme deseo de salir adelante y la sana convicción de que a través del propio esfuerzo, la constancia y la dedicación, un futuro mejor era posible.

Otra cuestión, no menos importante, era la conformación familiar preponderante en la época, donde la gran mayoría de las familias se encontraban constituidas y donde los roles de madre y padre estaban perfectamente demarcados, cumpliendo ambos con su cuota parte en la educación moral de sus hijos, quienes asimilaban los valores fundamentales para la vida en sociedad, dentro de su propia casa.

No es raro entonces, que quienes tienen hoy de 35 años en adelante, sientan muy fuertemente el cambio social que está experimentando nuestro país, basado fundamentalmente en la pérdida de aquellos valores que nos identificaban como sociedad: el respeto hacia el otro y sus pertenencias, el respeto hacia los mayores,  la solidaridad —que no significa aportar un dinero telefónicamente o en persona a una causa, una o dos veces por año—, la responsabilidad, la tolerancia, la perseverancia, etc. Valores que formaban, juntamente con la cultura del trabajo, del esfuerzo y del deseo firme de ir a más y de ser una mejor persona cada día, los cimientos fundamentales de una sociedad que crecía y se proyectaba a futuro, con las carencias propias de un país chico, pobre y con un mercado reducido, pero con la convicción del amor propio.

Algo —cuyas causas finales no logro descifrar totalmente— le fue sucediendo a nuestro país y su sociedad durante las últimas décadas, algo que provocó fuertemente la pérdida de esos valores fundamentales, que transformó diametralmente a generaciones enteras de uruguayos que empezaron a privilegiar el mínimo esfuerzo, la mediocridad, la viveza criolla, el éxito fácil a través de cualquier medio y una serie de deterioros más, que abarcan a una gran cantidad de actividades de las cuales otrora los uruguayos nos sentíamos orgullosos.

Esta decadencia en los valores se puede ver habitualmente en una serie de situaciones cotidianas, como la pérdida de respeto hacia los mayores —en este caso los docentes— por parte de niños y adolescentes en escuelas y liceos de todo el país, agravado en muchos centros privados, donde ambas generaciones llegan a tratar a maestros, profesores y funcionarios como si fueran sus empleados domésticos; en el tráfico vehicular dentro de nuestras ciudades, donde la falta de respeto y tolerancia hacia el otro y hacia las reglas de tránsito, provoca un malhumor generalizado en los conductores y una inseguridad patente entre éstos y los peatones; en el deporte, donde cada vez es más difícil disfrutar de los espectáculos porque la violencia y la falta de respeto hacia el otro se han encargado de eliminar prácticamente a las familias de los escenarios; en la vía pública, donde los graffitis manchan y ensucian prácticamente toda superficie existente, sin importar si se trata de edificios gubernamentales, escuelas, liceos, monumentos, casas de familia, comercios, etc., etc., mostrando cabalmente lo poco que importan los derechos civiles para una gran cantidad de compatriotas;  en las costumbres, donde lamentablemente es cada vez más común ver a personas —muchas veces acompañadas de sus hijos— hurgando en los contenedores de la basura, con el afán de encontrar vaya uno a saber qué cosa y sin sentir ningún tipo de pudor; en la actitud, donde nos hemos acostumbrado a las caras largas, al desgano, a la desidia, a la incompetencia, a la dejadez, a la mala atención y a otra serie de actitudes nocivas que han convertido a una población que se caracterizaba —principalmente en las zonas turísticas del país— por su gran calidad y calidez de servicio y por su atención hacia el otro.

Duele escribirlo, pero más duele padecerlo, experimentarlo y vivirlo a diario en nuestro querido Uruguay. ¿A dónde fueron nuestros valores, nuestros sueños, nuestras ganas, nuestra convicción, nuestra fuerza, nuestra voluntad, nuestra actitud? ¿Qué le está pasando a la gente de nuestro país? ¿Qué presente estamos construyendo como cimiento para el futuro de nuestros hijos? ¿Somos conscientes verdaderamente de que se nos está yendo el tren del desarrollo y que nos estamos quedando a la vera de una vía, que corre a la velocidad de la banda ancha? ¿Estaremos a tiempo de recuperarnos como nación, como sociedad? ¿Encontraremos por fin a esos líderes que nos inspiren y que nos guíen con su vivo ejemplo?

Cuesta creerlo en un país donde se presentan ante cada llamado del gobierno para completar vacantes en la administración pública —ya sea nacional o departamental—, miles y miles de personas, que aspiran a esos cargos por muy sencillas razones: se tiene la concepción desde hace décadas, que ser empleado público en el Uruguay significa contar con un trabajo seguro, en el que se gana bien, se hace poco, se descansa mucho y se prescinde completamente de controles de calidad y rendimiento —reitero que hablo de una percepción generalizada en la población y no de que ello sea efectivamente la realidad—, beneficios que aparentemente superan a cualquier oportunidad que provenga del sector privado, donde obviamente estas premisas son absolutamente imposibles.

Cuesta creerlo en un país en el que pareciera que la figura del empleado público fuera la que guiara las esperanzas de padres y abuelos como mejor futuro para sus hijos y nietos. Si hasta he llegado a preguntarme ¿qué haría Florencio Sánchez en esta época, al momento de buscar nombre y protagonistas para su obra? Difícil saberlo.

Pero a pesar de todo, cada día, cuando llevo a mi hijo al pre-escolar de su colegio y veo su alegría y la de todos sus compañeros, veo la convicción de los maestros, veo el esfuerzo de los padres y veo la semilla de un futuro verdaderamente mejor, ¡vuelvo a creer! Vuelvo a soñar con que algún día podamos ser un país pujante, un país con ganas, con actitud, con voluntad y con ese esfuerzo denodado que aflora sin reparos en los peores momentos, sacando a relucir nuestra tradicional “garra charrúa”.

¡Ojalá!

 

 

 

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