Y ahora, ¿qué festejamos los uruguayos?

El primero de Marzo de 2005, el presidente Tabaré Vázquez pronunció una frase célebre para finalizar su discurso de asunción de mando, ante una multitud pocas veces lograda en la historia de nuestro país: “Festejen uruguayos, festejen”. Tan célebre fue, que quedó… 
…arraigada, quizás para siempre, en la cotidianidad de nuestra sociedad, siendo frecuente escucharla en una infinidad de situaciones comunes, gracias a su gran versatilidad de sentidos.

Pero más de una década después, mucho se puede extraer de aquella frase y de todo lo que representó para gran parte de nuestra población. Hay mucho contenido debajo de esa clara invitación a dar rienda suelta al júbilo, a dejar escapar esos gritos apretados durante tantos años en tantas gargantas, a dejar correr esas lágrimas de emoción que brotaban al unísono, con los miles de banderas que ondeaban libres en la fresca noche montevideana.

Ahí, debajo de esas tres simples palabras, anidaban la esperanza, la ilusión y los sueños de un pueblo curtido por los avatares de una nación joven, que a los golpes, intentaba abrirse paso hacia la madurez. Ahí estaban, encendidos, vivos, florecientes, pujantes, llenos de energía y vitalidad, deseosos de vislumbrar aunque más no fuera, algunas señales inmediatas de ese cambio tantas veces anhelado. Y tan fuerte era aquella energía, que llegó a contagiar incluso a quienes se mostraban escépticos —por no pertenecer a las huestes de votantes que habían depositado a la izquierda en el poder político, por primera vez en la historia del Uruguay—.

Durante décadas, la izquierda uruguaya construyó un relato basado en la honestidad, en la implacabilidad contra la corrupción, en la incapacidad de los diferentes gobiernos de turno para mejorar la distribución de la riqueza, en la lucha contra las injusticias sociales, en la excesiva carga tributaria promovida por los partidos tradicionales, a través de la cual se beneficiaba a unos pocos en detrimento de una gran mayoría, y a una serie bastante extensa de razones, todas ellas compartibles, dependiendo del grado de libertad económica con que se contara, o de las convicciones políticas que se tuvieran.

Y el relato obviamente fue calando, apoyado a su vez por una ola progresista que atravesó diametralmente a nuestra América Latina, pero sobre todo, fue alimentando poco a poco la ilusión, la esperanza y los sueños de un pueblo que empezó a creer en que un cambio real era posible, de un pueblo que empezó a creer que había una fuerza que estaba blindada ante las miserias del ser humano, que estaba vacunada contra la corrupción, que estaba destinada a arrojar justicia sobre una sociedad partida, que estaba en condiciones de proveer todo aquello que fuera necesario para una vida en plenitud, que entiéndase bien, no significa abundancia.

A todos los humanos nos atrapan los relatos, las historias, y tendemos a inclinarnos por los finales felices, aún a expensas de que estos adquieran cierto cariz mágico, o incluso fantástico —léase: de fantasía—. Pero esta situación se profundiza cuando el relato se extiende en el tiempo y la trama de la historia nos involucra directamente, transformándonos en sus protagonistas; en esos casos muchas veces el relato es internalizado y ese pensamiento cuasi mágico pasa a ser irrefutable ante la duda de cualquiera que intente convencernos de lo contrario.

Y así entonces, volvimos a poner el hombro, volvimos a creer, las circunstancias recientes parecían suficientes como para que creyentes, desconfiados y no tan creyentes, depositásemos un voto —no necesariamente electoral— de esperanza, en el nuevo proyecto de país y en sus ejecutores.

Y el país arrancó, las cosas parecían encaminarse bastante bien, porque más allá de matices, la gran mayoría de los uruguayos aprobábamos una gestión que parecía encaminarse hacia la concreción de esos sueños; las coyunturas locales, regionales y globales nos favorecían, y en ese marco, muchas reivindicaciones largo tiempo esperadas se produjeron. Pero poco a poco, algunas voces comenzaron a alertar sobre la falta de previsión a futuro, sobre la falta de control en una gran cantidad de áreas, sobre un discurso ciertamente triunfalista de parte de una izquierda que empezaba a creer firmemente en su eterna prolongación en el poder, ante la falta de una oposición sólida y contundente. Pero todas esas voces fueron fácilmente ahogadas, tanto por las circunstancias, como por las cifras récord que presentaba un país bastante olvidado ya de ciertos triunfos —si hasta acariciamos una final del mundo en fútbol, hecho que no hizo más que seguir alimentando a un relato, que ya calaba hondo en gran parte de nuestra población—.

La contundencia de los guarismos del primer gobierno del Frente fue tal, que el camino para un segundo gobierno estaba abonado y solo faltaba la candidatura de un personaje creíble, querible y con la imagen de un abuelo, ese que es capaz de volcar toda su sabiduría y experiencia para aleccionar a sus jóvenes e inquietos nietos. No parecía haber mejor ecuación posible que la figura de un líder nato, acompañada en la fórmula por el conocimiento técnico de un profesor y connotado profesional. Y la fórmula ganó al tranco, munida de una nueva serie de promesas, que no hicieron más que seguir alimentando al relato, con la convicción de transformarnos en un país de primera y con la concreción del tan anhelado sueño de poner a la educación en los tres primeros lugares de importancia para la nueva administración. No por reiterativo, sino por afirmación de importancia.

Aquí, es muy importante recordar los sueños, la ilusión y la esperanza de un pueblo, los cuales se alimentaron a lo largo de tantos años y que ahora parecían estar ahí, al alcance de las manos. El agua ya estaba hirviendo, y frases como “podemos meter la pata, pero no la mano en la lata” no hacían más que ensillar el mate y dejar listo al cebador. Comprendamos el poder de la ilusión, el poder de los sueños, el poder de la esperanza y seamos capaces de imaginar la energía que mueven, para poder empatizar con el grado de devastación que puede llegar a provocar la confirmación de que estos se vean truncados. De otra forma, es imposible acercarse al dolor que provoca la decepción, la desilusión, la desesperanza y la falta de algo en qué creer realmente.

Poco a poco, comenzamos a percibir algunas señales preocupantes. Previo a la última campaña electoral algunos se animaban ya a formular sendas denuncias contra varios dirigentes del gobierno y contra algunas empresas y organismos del estado, pero la fuerza del relato impedía aún prestarles la debida atención. Claro, a esta altura y con dos períodos de gobierno a cuestas, la fuerza de izquierda comenzaba a tener serias dificultades para demostrar que aún enarbolaba la bandera del cambio y su piel, comenzaba a metamorfosearse con la del resto de las facciones políticas, dando claras muestras de pertenecer a la misma especie que representaba a sus opositores, teniendo como únicas diferencias sus convicciones partidarias. Pero para alcanzar el cambio prometido, era necesario desmarcarse, no se podía representar el cambio siendo más de lo mismo y utilizando sólo un disfraz diferente.

Y así, como todo en esta vida, algunos fueron recuperando la vista, primero quienes habían resultado simplemente contagiados, quedando atrapados en las tinieblas de la magia, todos aquellos que creían ciegamente en el proyecto. Así transcurrió una campaña electoral de tono muy elevado, en la que principalmente dos bandos cruzaban munición pesada y en la que tampoco faltaron a la cita las promesas, las cuales lamentablemente muy poco tiempo después, se caerían a pedazos ante la contundencia de la dura realidad.

Y llegaron las denuncias por corrupción, las peleas intestinas, las aparentes mentiras de altos cargos de gobierno sobre sus calificaciones profesionales, los probables nexos del gobierno con hechos de corrupción que están siendo también investigados en nuestros países vecinos, llegó el viento de frente, llegó el estancamiento económico, llegó el ajuste fiscal —que había sido descartado de plano durante la campaña electoral por el mismo partido de gobierno, aduciendo incluso que eso era precisamente lo que ocurriría si llegaba a darse el caso de que la oposición alcanzara el poder—, en un claro acto de subestimación a la inteligencia de nuestro pueblo. Llegó la constante alza de precios y por ende la tan temida inflación, llegó la falta de empleo y se multiplicaron los trabajadores en seguro de paro o directamente en el paro, se continuaron las carencias en una educación que lejos de ser una triple prioridad, demostró ser una serpiente que se está tragando a sí misma, sin percatarse que su presa no es otra cosa que su misma cola; llegaron ahí mismo los cada vez peores resultados en la pruebas PISA, que nos ubican en el triste fondo de una tabla de posiciones que otrora supimos liderar para orgullo de varias generaciones. Llegaron, como nunca antes, las drogas duras a atacar a nuestros jóvenes —al tiempo que el gobierno legalizaba la marihuana, en una prueba de la que aún no conocemos los verdaderos resultados—, llegaron como nunca antes los traficantes de sustancias, para adueñarse de zonas completas de nuestras ciudades, sembrando el miedo y la muerte a su paso. Continuó agravándose la inseguridad, que atraviesa la piel de una gran mayoría, pegándosele a los huesos con el dolor del miedo. Los barras bravas se adueñaron de los espectáculos deportivos y las familias se retrajeron al interior de sus casas, aprendiendo a vivir las emociones puertas adentro y a través de los televisores. Los más pobres y desvalidos se apiñaron en asentamientos, con la mirada clavada en un horizonte sin esperanzas, perplejos ante la incapacidad del sistema político para elaborar una solución real, a un problema cada vez más crítico. Los jóvenes se alejaron de las aulas y se perdieron en las calles, agrupándose en plazas y esquinas, con la desazón y la incertidumbre como únicas certezas. El resentimiento, la hipocresía, la falta de respeto, la falta de educación social, la pérdida de valores fundamentales, el desmembramiento de las familias, el culto a la viveza criolla, al “lo atamos con alambre” en vez de recurrir a soluciones pensadas y trabajadas profesionalmente, como se estila en las naciones que van a más. La falta de iniciativa, la falta del hábito de trabajo, la pasmosa comodidad de esperar que “papá” gobierno solucione todos nuestros problemas. La falta de expectativas, la falta de ganas, de querer ir a más y la falta de interés por ser cada día mejores personas. Las carencias a nivel de la salud, la alarmante cantidad de personas que requieren de algún tipo de ayuda farmacológica para poder hacer frente a su realidad, las cifras crecientes de suicidios, la falta de reconocimiento a las generaciones mayores, las jubilaciones de miseria que reciben éstos tras una vida entera de trabajo y aportes que al final, lejos de poder descansar, los obliga a rebuscarse trabajando en lo que pueden, porque el sistema les impide mantenerse dignamente. “Vivir así, no es vivir —me dijo una vez una amiga—, eso es meramente sobrevivir”.

Llegaron todas estas cosas y muchas otras más, para destrozar completamente a la ilusión, a la esperanza y a los sueños, pero fundamentalmente para transformar a todos esos ilusos, esperanzados y soñadores habitantes de nuestro querido Uruguay, en personas descreídas, en personas desconfiadas, en personas a las que les costará mucho tiempo y trabajo volver a creer que a través de un voto electoral, puedan aspirar a esa vida que tanto anhelaron. No es justo con los ancianos, no es justo con los adultos trabajadores de nuestro país, pero es absolutamente injusto y cruel con nuestros jóvenes y nuestros niños, porque no merecen de ninguna manera el país y la sociedad que les estamos dejando. Y eso duele, duele profundamente. Es la llaga de la impotencia, que debe padecer en silencio el simple ciudadano de a pie.

Es hora de que los políticos hagan un Mea culpa sincero y enfoquen, por primera vez en la historia, todos sus esfuerzos a la concreción de verdaderas políticas de estado, que actúen en pos del bienestar de toda la sociedad y no del mísero beneficio de sus partidos, ni el de sus intereses personales. Es hora de que la sociedad toda se sincere, abra los ojos y vea, porque esta realidad se cae por su propio peso. Es hora de que comprendamos que quien está a nuestro lado es nuestro semejante, que merece el mismo respeto y consideración que merecemos nosotros mismos. Es hora de dejar de mirarnos tanto el ombligo y empezar a mirar a nuestro alrededor, porque allí están nuestros hijos, nuestros sobrinos, nuestros nietos, nuestros hermanos, nuestros amigos, esperando una mirada cómplice, una palabra de aliento o un consejo sincero. Es hora de que nos levantemos y dejemos de esperar que las cosas nos lleguen de arriba, nada lograremos si no es de nosotros mismos, es hora de madurar como sociedad, para que pueda madurar nuestra nación. El día que cada uruguayo haga lo que debe hacer y como debe hacerlo, daremos el primer paso para llegar a ser algún día, un verdadero país de primera.

Mientras tanto, y si lo pensamos profundamente, nos daremos cuenta de que en verdad tenemos muy poco para festejar y mucho por trabajar, entenderemos que la magia es una ilusión y nunca una realidad, nos despertaremos conscientes de que no somos campeones del mundo, ni lo seremos jamás en la medida que continuemos creyendo que ese título se adquiere por genética o legado, de ninguna manera, los títulos se alcanzan por capacidad, esfuerzo y perseverancia, aspectos que escasean en nuestra triste realidad. Y por último, ojalá asimilemos que nunca es bueno contar los pollos antes de que nazcan. Aprendamos de la experiencia, aprendamos de nuestros propios errores y quizás podamos mirar al futuro con esperanza, y no con la desazón con que transitamos nuestro presente.

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